Exposición Individualene 2000 - mar 2000· Por Darío Ruiz Gómez

Rony Vayda

Suramericana

La situación de Rony Vayda en el panorama del arte colombiano de las últimas décadas se aclara gracias a esta rigurosa retrospectiva donde lo que se puede observar, en primer lugar, es su capacidad de fe en los predicados estéticos que tempranamente escoge y se impone a sí mismo. Con esto quiero decir que no es lo intuitivo lo que marca su proceso, sino fundamentalmente una persistente idea de racionalidad lo que le va imponiendo pautas a su proceso.

El peligro de sus esculturas en los primeros años de trabajo era el de caer en el juego de taller de arquitectura donde mentalmente se elude la problemática específica de lo escultórico —vacío, volumen— y se prefiere lo meramente gráfico. Pero el reto y el problema de colocar las esculturas en lugares públicos, gracias a una política —hoy desaparecida por desgracia— de exigir obras de arte en edificios y conjuntos residenciales, le llevó a concretarse en las exigencias de lo escultórico.

Exposición Individual: Rony Vayda — imagen 1
Rony Vayda. Zaquizamí, 1999. Acero, bronce y cristal. 33 x 33 x 12 cm.

Aquí el artista debe responder no sólo a unas tradiciones modernas de lo geométrico, sino a algo más difícil, como son las tradiciones locales, las arraigadas costumbres y deformadas ideas de considerar lo escultórico únicamente bajo la directriz de lo monumental o sea de la retórica de Arenas Betancourt, por ejemplo, de los conjuntos de Salvador Arango o de Justo Arozemena, respuesta escultórica dispuesta siempre a satisfacer esas costumbres de la manera más fácil.

El estar colocadas a la entrada de un conjunto residencial ya suponía, frente a una arquitectura de consumo, falta casi siempre de calidad, la necesidad de crear con el objeto geométrico una noción de referencia mental mucho más potente que la de la mera anécdota de nombres de flores, batallas, efemérides patrias, etc. Aquí se señala una pauta donde se recuerda la necesidad de un orden.

Aquí el objeto escultórico en su plena rotundidad de forma por la forma desafía la irracionalidad perniciosa de lo telúrico, la falsa idea de que al genius loci lo constituye lo que estaba ahí en la topografía, y no lo que se construye a partir de un nuevo sentido del espacio, de un propuesta diferente de uso del espacio en su cotidianidad.

Estas formas que se inscriben en una geometría personal son autónomas precisamente en la medida en que rechazan cualquier intermediación del entorno, de lo que está ahí como fatalidad geográfica.

El diálogo del artefacto no es un a priori, como sucede con lo orgánico, que busca realzar el paisaje circundante, la textura original de la tierra o la roca, sino un a posteriori, pues el efecto de modificación sobre este entorno apenas comienza.

Y el diálogo será con un interlocutor que está a la espera, un interlocutor que ha escapado de lo anecdótico, del falso localismo. Otra virtud de estos artefactos geométricos es entonces su discreción, esa extraordinaria virtud que desconoce lo colosal o el retoricismo figurativo.

No es que deliberadamente haya eludido el referirme a lo racional, sino que otra de las virtudes de esta propuesta de Vayda es el haber sabido sobrepasar la polarización estética que este término había comportado en las últimas décadas. Gabo, Pevsner, nos enseñaron la existencia de formas cuya racionalidad involucraba, además de la propuesta de otro orden diferente del existente, un subfondo sígnico donde aparece latente una idea de sueño, una idea de poesía.

¿Qué otra cosa buscaron si no acercarse a los espacios de una simbología necesaria, una simbología despojada de traumas religiosos, telúricos? La pequeña escultura no es aquí parte de un proceso o de una investigación, tal como suele suceder con cierto racionalismo cuyos objetivos se encaminan a modificar todo un orden, sino que son formas inventadas, objetos agregados a la realidad.

El racionalista pretende, como recuerda Eduardo Subirats, rediseñar el mundo en todos sus espacios, órdenes, sin dejar opciones a otras propuestas. El objeto que fabrica Vayda se coloca en la realidad física para, silenciosamente, conmoverla al recordarnos que frente al desorden y la vulgaridad existe la necesidad interior de la armonía, y para recordar a la escultura que su tarea consiste en hacer posible nuevos contenidos de vida.

La sensación de rotundidad que se desprende de esta retrospectiva proviene de otra virtud escasa en nuestro arte: la serenidad. Serenidad frente al grito destemplado de quien destruye sin proponer alternativas, lección de lo que significa la tarea como el ejercicio diario de buscar, frente al vacío, la forma autónoma que es logro y expresión de una nueva espiritualidad.

DARÍO RUIZ GÓMEZ

Rony Vayda, por Darío Ruiz Gómez | artnexus