Exposición Individualene 2000 - mar 2000· Por Belgica Rodríguez

Max Jiménez

Museo de Arte Costarricense

Ha sido un privilegio tener la oportunidad de ver la mayor parte de la obra de Max Jiménez, sus documentos, fotografías, cartas y muchos otros materiales biográficos, en la muestra retrospectiva organizada por el Museo de Arte Costarricense. Amalia Chaverri, directora del museo y entusiasta seguidora de la muestra retrospectiva del insigne artista costarricense, califica su trabajo como "un conjunto innovador, vanguardista, crítico, polémico y subversivo". Todo eso es cierto. Pero lo más subversivo que, particularmente, encontramos en esa obra es que es endiabladamente autobiográfica. A través de ella, Jiménez logró legitimar su pensamiento artístico, teóricamente resumido en sus famosas "candelillas". Al analizar los rostros de sus figuras, en los que se mezcla lo romántico con una carga visual humanista, así como los suyos propios siguiendo los cambios que en él se operaron a lo largo de su vida, es evidente que todas sus pinturas fueron pretextos para sus autorretratos, especialmente concentrados en el fuerte acento de los rasgos faciales. Autorretratos que se acercan a lo "real" propiamente dicho, por estar basados en la parte espiritual, psíquica y moral del artista. Basta ver las fotos de Max Jiménez en su contexto contemporáneo, para leer a su alrededor un aura misteriosa que lo acercaba a un destino ya premeditado e ineludible. Comprometido deliberadamente con la modernidad más actualizada que le tocó en correspondencia creativa, todo él resumió un espíritu moderno, una inteligencia y una sensibilidad sin límites. No sólo por la insistencia en una propuesta contemporánea, sino por la presencia visible del espíritu y del cuerpo, presentados ambos en fragmentos, en trozos o en perceptibles rasgaduras del Ser. Esos fragmentos de vida, los suyos, con su problemática existencial, se hacen visibles en imágenes, no importa de qué género, que establecen una categoría estética correspondiente a la cultura visual de su tiempo. Esta fue su respuesta al colectivo psíquico universal. En él no hubo lugar al "escándalo", sino a la sobriedad colorística, al recogimiento, a lo íntimo, a lo más profundo de un Ser que se presenta casi desarraigado de su propia existencia. Con el paso del tiempo, el artista se fue pareciendo más a sus figuras macizas, abotagadas, desmesuradas en lo físico y en lo espiritual, todo expresado dentro de una estética evidentemente inédita. Se dirigió al hombre en general, al que tomó de la calle, y a un hombre en particular, él mismo.

Exposición Individual: Max Jiménez — imagen 1
Max Jiménez. Mujer que emerge de las aguas, 1979. Óleo sobre lienzo. 76 x 61 cm.

Max Jiménez, durante todos sus períodos creativos, estuvo en consonancia directa con los artistas supremos del momento y con los centros de importante hegemonía artística. En este sentido, es imprescindible colocar a este artista costarricense en contexto, teniendo en cuenta la importancia del valor absoluto e intrínseco de su propuesta arístico-plástica. Desde la década de 1920 enuncia sus principios plásticos basados en la desmesura de las proporciones de la figura humana, concretándolos como impronta de una estética visual a partir de la década de 1930. Para la misma época y bajo la misma influencia del Picasso neoclásico, como una fermentación colectiva, un grupo de artistas latinoamericanos hacía exactamente lo mismo. En Brasil comienza la forma volumétrica bidimensional agigantada con Vicente Do Rego Monteiro y Tarsila Do Amaral, seguidos por Candido Portinari y Emilio Di Cavalcanti. En México la deformación de la forma figurativa tiene buenos exponentes en los pintores muralistas José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros, en Colombia la practicó Luis Alberto Acuña, y en Argentina podríamos nombrar a la figura de Antonio Berni, para nombrar sólo a unos pocos artistas, hoy fundamentales en el arte de América Latina.

En conclusión, lo que es absolutamente cierto es que Max Jiménez siempre tuvo la libertad como premisa personal y artística y, sin perder lo esencial, nunca tergiversó el mundo misterioso de la pintura como horizonte.

BELGICA RODRÍGUEZ

Max Jiménez, por Belgica Rodríguez | artnexus