La utopía de una cultura democrática, tolerante y abarcadora es una invención nueva. La asimilación de una variedad de influencias y culturas en el contexto de una sociedad diversa es un fenómeno complejo. El deseo social de apertura, asociado con la "tradición" de cambio y ruptura, caracteriza al arte moderno más que ninguna otra cosa. La escuela del primitivismo y la apropiación de elementos del folclore africano y polinesio por parte de Picasso y otros pueden considerarse la piedra angular de la vanguardia en las artes de nuestro siglo. Durante las últimas décadas, innumerables artistas han sido influenciados por objetos ritualistas, artes y artesanías tradicionales de todo el mundo, así como por toda clase de artefactos hechos a mano, algunos de los cuales incluso han sido aceptados en el contexto del arte moderno como expresiones espontáneas del arte étnico y foráneo; sin embargo, el lugar e importancia que estas obras tienen fuera de sus culturas originales, todavía es objeto de debate. ¿Son aceptadas como parte de una actitud paternalista y multicultural hacia lo simple, lo subdesarrollado? ¿Es un gesto de condescendencia hacia el mítico buen salvaje de Rousseau? ¿Son simplemente devoradas como mercancía y reducidas a su valor decorativo?

Maruch Sántiz es un caso interesante de canibalismo cultural contemporáneo. Sántiz es una indígena chamula que nació en 1975 en la aldea de Cruztón. En 1993, empezó a participar en el Proyecto de Fotografía de Chiapas, un programa diseñado para ofrecerles a los indígenas acceso a los instrumentos y materiales de la fotografía, con el objeto de "ayudarles a desarrollar destrezas en el empleo de cámaras, películas y procedimientos para la utilización del cuarto oscuro, y para estimular el uso de la fotografía para sus propios fines", como lo expresa la monja y artista Carlota Duarte, creadora del proyecto y directora del Archivo Fotográfico Indígena.
Inicialmente, Sántiz recogió y tomó nota de las creencias y consejos de sus padres, sus mayores y vecinos para preservarlos en cortos, hermosos, fascinantes y, ocasionalmente, convincentes pasajes:
"Si un ruiseñor pasa cantando en la noche, es una advertencia de que alguien va a enfermarse. No debes comerte la primera tortilla que sale de la parrilla, pues te volverás muy hablador y dirás cosas malas sobre otras personas".
Más tarde, decidió ilustrar sus textos con fotografías, "para que todo el mundo pueda entender las imágenes", y creó la serie Creencias. La mayoría de las imágenes de Sántiz están concebidas con sorprendente pureza formal, ingenuidad y austeridad. Muestran escenas cotidianas, herramientas comunes, animales y personas en impactantes fotografías en blanco y negro, a través de las cuales ella explora un reino mágico que nos recuerda la obra de Marta María Pérez y la forma como incorpora la santería cubana en sus fotos e instalaciones. Maruch Sántiz crea brillantes naturalezas muertas (generalmente objetos aislados), retratos y paisajes llenos de drama y energía. En sus fotografías podemos identificar lo que parecen composiciones abstractas, como en Apubil, en la cual cuatro tortillas sobre un lustroso comal, una olla de barro y un par de ramas evocan una pintura de Klee. Otras fotografías parecen influenciadas por el simbolismo (como Jach'ubil's), el surrealismo (las extrañas patas de pollo de Vax Alak), y toda la serie parece inspirada por el conceptualismo. Al establecer estos paralelos y comparaciones con obras canónicas, nos vemos obligados a preguntarnos: ¿hasta qué punto es legítimo comparar esta obra creada por fuera de cualquier tradición académica occidental, con lo que consideramos arte moderno? Tenemos que recordar que la obra de Maruch Sántiz ha sido creada en el contexto de una comunidad obsesionada con la protección de sus tradiciones y renuente a permitir que los turistas tomen fotografías de sus pueblos (especialmente San Juan Chamula), sus ritos religiosos y ellos mismos.
Es obvio que Sántiz no aspiraba a convertirse en una artista reconocida mundialmente, ni se imaginó que sus fotografías serían mostradas internacionalmente o que serían objeto de acalorados debates acerca de la naturaleza del arte. Las fotografías de Sántiz podrían considerarse como documentos antropológicos pero, por otra parte, no son imágenes neutrales, sino artefactos estéticos. Es notable la ausencia total de referencias políticas en la obra de una artista que vive muy Cerca de la zona de guerra, en el estado de Chiapas, al suroriente de México. También es muy interesante y, probablemente, sintomático que ninguno de los fotógrafos indígenas que participan en el proyecto de Carlota Duarte haya tratado de mostrar imágenes de la revolución zapatista, y que más bien hayan escogido fotografiar pacíficas imágenes, como si estuvieran tratando de reafirmar la estabilidad de su universo, congelándolo a través de sus fotografías. Ninguno de ellos parece ansioso por congelar el statu quo.
Casi en la misma forma en que las fotografías de Sántiz han sido apropiadas por el mundo del arte, la artista, en su esfuerzo por preservar su herencia cultural, ha transformado su visión de esas tradiciones en su propia expresión personal.
NAIEF YEHYA
