Desde que irrumpió en la escena del arte argentino de la década de 1980, la obra de Marcia Schvartz no le ha reservado experiencias apacibles al espectador, y su última muestra en el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos no revela una actitud distinta.
Sus pinturas perturban, se ensañan con el color y la figura humana, hasta arrinconarla en un punto límite. Porque de eso se trata, de cuestiones límite, de márgenes y bordes, los territorios donde siempre se ha detenido la mirada de Schvartz. Morochos del interior del país que buscan humanizar su refugio en la urbe despiadada, indias trasplantadas que arrastran su desolación, sus imágenes, han logrado traducir la pasión cotidiana de habitar Buenos Aires en los bordes, viniendo de los bordes.

Se diría que en el panorama artístico de la Argentina de la última década, habituado a preciosismos distantes, la obra de Marcia Schvartz es la única que se ha animado a ventilar la angustia, la de las "cabecitas negras" y mestizas arrancadas de sus paraísos originales, pero también la de los otros habitantes de esta ciudad que conviven con el drama de una historia oculta. Para aquéllos recuperó en sus pinturas el sueño de bañarse en sus ríos, en las noches de luna llena, mecidos por la maraña de la vegetación. Sólo que nuestro río urbano, el de la Reina del Plata, no tiene cunas verdes, sino lechos de sangre.
Esta última muestra de Schvartz se hunde como una daga en el hondo bajo fondo de ese curso poluto y saca a la superficie los destellos de una memoria que no da tregua. Sus telas y óleografías se convierten en trabajos de amor, locura y muerte que, como los cuentos del gran escritor uruguayo Horacio Quiroga, funden el drama con el desordenado arrebato de la naturaleza. Y como ella, responden a una pulsión interna, que crece transformada en expresión y por fuerza desoye los mandatos de la buena forma.
¿Cómo entender, entonces, el descuidado garabato negro que se incrusta en el pecho del amante en la tela Taliban? En una artista que maneja impecablemente su oficio, nada de esto es comprensible, sino bajo el prisma de la rebelión de Eros ante la muerte.
Se diría que la oposición Eros-Tánatos organizó la muestra de Schvartz este año en Bellas Artes. Es ella la que impulsa la marea sensual de color que insiste en traer, una y otra vez, a la superficie, el espectro de la muerte en la obsesiva serie El río es nuestro río de sangre. Hay en sus imágenes una precisa captación del trabajo de la memoria que, como sostenía Bergson, se desplaza como un río.
Pero en este río-memoria nuestro, la pintura de Schvartz recupera los cuerpos perdidos para hacerlos centellear a la luz de la Luna y transformarlos en los fantasmas que vigilan la ciudad encendida en sus vanidades.
En uno de los textos incluidos en el catálogo, el grabador Fernando Bedoya, que colaboró con la artista en plasmar esas imágenes, se remonta a un mito fundacional de la pintura: a la alfarera de Corinto que dibujó en el muro la sombra de su amante, antes que partiera a la guerra. Ubicar el amor deseo en el origen y nacimiento de la imagen no es otra cosa que otorgarle la estatura de un desafío de vida ante tanta muerte.
En ese enfrentamiento Schvartz hace emerger el pecho del amante —en Tinta roja—, uno de los grandes trabajos de la muestra, como una flor de poderosa energía pictórica sobre la que posa, casi invisible, las alas de una mariposa real. Y es ese pequeño detalle el que vincula estas últimas pinturas arrolladoras con el grupo de cajas abarrotadas de vellones de lana de colores, ramas y espinas, que la artista presentó por primera vez el año pasado en el Centro Cultural Rojas y volvió a incluir en esta oportunidad. Esos pequeños herbarios de jardín de infantes, con bolitas de vidrio, hilos de plata, resinas y animales disecados, reiteran esa vocación por el refugio que habita toda la obra de Schvartz, y se ofrecen como entrañable contrapunto del leitmotiv de la muestra.
Esa rotunda identificación entre pintura y deseo físico que recorre los últimos trabajos de la artista parece pulsar la misma cuerda de aquel monumental trabajo sobre el erotismo que Georges Bataille encaró cuando comenzó a invadirlo la angustia de la muerte.
ANA MARIA BATTISTOZZI
