Las telas de la exposición de Luis Roldán aparecían ante el espectador como enormes paisajes. Construidas sin horizonte, eran un panorama visto desde arriba sobre el cual flotaban pequeñas formas orgánicas a manera de archipiélagos que atravesaban el espacio. Más que flotar, las formas pasaban frente al espectador y en algún momento podían desaparecer, de la misma manera que se ve la geografía desde un avión o las formas y manchas en los videos.
El efecto en la galería era envolvente, como si el artista intentara separarse de la Tierra y ver sus referencias desde arriba, y sobre todo verlas en movimiento. Y el efecto se lograba porque las manchas no tenían peso; parecían moverse como pequeños conejos abstractos sometidos a fuerzas que los llevaban un poco a la deriva. Dichas fuerzas se manifestaban en la forma de la mancha, con salientes orgánicos y con una muy particular y analítica teoría del color. No había colores primarios que pudieran permanecer visualmente sobre la tela. Los fondos, algunos muy negros, estaban manchados de tal manera que las formas no permanecían sobre ellos, sino que las sostenían muy sutilmente. Las formas, que en un principio podían ser de colores intensos, estaban cubiertas por veladuras que les quitaban peso visual. Sin embargo, el efecto era ambiguo; algunas manchas pretendían mimetizarse con el fondo, pero de pronto se veían rodeadas por rosados, amarillos o verdes que en un primer momento el espectador podía reconocer como cercanos a los colores tierras o a los ocres, pero que con el tiempo se percibían mezclados con la intensidad de los verde limón o magenta propios del color de la publicidad, que de nuevo localizaba las formas como islas en el espacio. Las pinturas de esta exposición tenían un manejo del blanco que como una gasa invisible, además de iluminar, sostenía las formas, unas veces fundiéndolas y otras separándolas del fondo. La pintura era un complejo efecto de camuflaje.

Como siempre, la obra de Roldán se mueve hacia otros territorios, por ejemplo, el de las pantallas digitales, que indudablemente transforman la manera de ver la forma y el color. Su principal efecto es una cierta estabilidad momentánea y una iluminación de cada color desde atrás, que cambia los tonos. La pintura, entonces al constatar dichos cambios, se ve enriquecida. Pero lo importante es que esos movimientos del pintor, que le permiten aceptar todo tipo de referencias, tienen que ver con una acumulación de capas de oficio ininterrumpido, para decirlo de alguna manera, y con una teoría de la pintura que tiene en la conciencia, y que se mezclan en un pensamiento en movimiento sensible a la historia del arte y a los cambios de percepción en el mundo contemporáneo.
La actitud de Roldán como pintor en estas telas se podría definir como una concentración en los problemas de un oficio, y por esta razón la pintura se puede referir a problemas ideológicos. Indudablemente, los antecedentes inmediatos de esta exposición son Las franjas, construidas con bastidores alargados uno sobre otro, pintados con formas orgánicas propias de los uniformes de camuflaje, de colores, unas veces miméticos y otros no, y vistas un poco desde arriba. Una de ellas la presentó recientemente en Bogotá en Puntos de Cruce, la exposición de la Biblioteca Luis Ángel Arango. Estas Franjas eran una evidente referencia a un país como Colombia que vive en espacios ideológicos separados, militares, políticos y sociales, pero una referencia desde la pintura misma.
La capacidad de transformar un medio y de avanzar en él radica en estar consciente de los límites de un lenguaje, y así como la especificidad de un fotógrafo o un videoartista está en entender las posibilidades de la máquina, el pintor cuenta con el color, que es un límite infinito con el cual Luis Roldán experimenta con ojo agudo, como de pájaro, atento a los cambios de percepción y sensibilidad.
NATALIA GUTIÉRREZ
