Luis Fernando Peláez es un arquitecto antioqueño que hace aproximadamente 20 años viene incursionando en el campo de la artes plásticas realizando piezas tridimensionales de diverso tamaño que tienen la capacidad de evocar la infinitud del paisaje, natural o urbano, y la vasta extensión de la memoria, ámbitos que en su producción no pueden existir de forma independiente, pues como él mismo lo comenta: "Mi paisaje viene de la memoria y mi memoria viene del paisaje".

La casa, la "morada", parece ser el lugar privilegiado de la última muestra de Luis Fernando Peláez, titulada Lluvia en la montaña, que se exhibió en la Galería El Museo en septiembre. La exposición estaba conformada por siete obras de piso, nueve de pared y una columna en metal y vidrio que recibía al espectador. Ante éstas, como es común en su producción, nos encontramos con una gran economía de recursos plásticos: las formas son escuetas, exentas de detalle, y los materiales privilegiados son el vidrio y el metal, de manera que su aspecto se puede emparentar con el rigor del arte concreto y minimalista, pero hay una diferencia sustancial, a cambio de la frialdad y carencia de significados más allá de la forma misma, en cada una de la piezas de Luis Fernando Peláez: el tiempo parece estar congelado, preservado, de manera que cada obra actúa como una especie de detonante visual que, en medio de su hieratismo y mutismo, tiene la capacidad de activar la memoria afectiva del espectador hasta hacerlo descender a estratos subterráneos que yacen más allá del presente inmediato y muy cerca del olvido, rasgo absolutamente contrario a las intenciones de las tendencias antes referidas.
Las obras de piso elaboradas en metal y cubiertas de resina, algunas de color oscuro y otras de blanco, se distribuyeron en diagonal sobre el piso de la sala. Cada una de ellas, con el mínimo de recursos que intervienen en su elaboración, evoca un paraje de formato rectangular en el que estratégica y solitariamente se ha colocado hacia los extremos una casa, la casa arquetípica de dos o más pisos con su techo de dos aguas; en ellas se alude a la localización, al acto de habitar, a la apropiación de un lugar, acción que parece haber sucedido en algún momento remoto, originario, pero así mismo decisivo, que por alguna extraña razón permanece detenido sobre el metal y bajo el barniz.
En las piezas de pared, por la relación que establecen con el muro, éstas pueden recordar la función de la pintura naturalista, en la medida que pueden asociarse con una ventana con marco de metal que, en virtud de su transparencia, deja observar un paisaje lejano, brumoso y frío en el que el tiempo se acumula sobre los techos inclinados. Pero también en virtud de su apariencia y estructura, estas obras de formatos alargados y a veces cuadrados, actúan como cajas en las que —entre el grueso marco que las delimita y la presencia de un vidrio que las cierra, casi siempre empañado por la humedad— preservan intacto el tiempo. En estas evocadoras cajas o ventanas, entre las gotas de lluvia que ruedan a torrentes sobre el cristal, o tras el vaho que lo empaña, se puede ver cómo se erige solitaria la casa, la casa habitada, hermética, silenciosa, pero siempre cálida y acogedora, unas veces elaborada con metal un tanto oxidado, otras veces levemente coloreado.
En esta muestra Luis Fernando Peláez insiste en su alusión al paisaje y a la memoria, rasgo que ha estado presente en otras series que se han titulado Ciudad, Instantes y Puertos. En todas ellas, tal vez a causa de las proporciones, o de la peculiar escala que poseen sus objetos, se respira una extraña atmósfera de silencio, de soledad y ausencia, pero que así mismo sugiere la presencia y la calidez de algunos gestos del hombre, que se suscitan en un acto particular y decisivo de su existencia, por ejemplo, en ese instante preciso en el que el hombre toma conciencia de "ser" en un lugar, ese instante privilegiado en el que el tiempo aparentemente se detiene y que puede ser fundador del transcurso posterior de toda una vida. Es esa experiencia que se sucede en el tiempo la que parece quedar para siempre albergada o congelada en sus obras, con toda la carga afectiva que le dio lugar, en este caso particular con la presencia de la casa perenne, la casa ancestral que habita en la memoria y que se percibe a través de una lluvia perpetua que lentamente cae desde la montaña.
MARTA RODRÍGUEZ
