Lina Espinosa, actual directora del departamento de Artes Plásticas de la Universidad de los Andes, es una artista que, en medio de la polémica que se ha suscitado en los últimos años respecto de las prácticas tradicionales del arte, ha tomado una posición decidida en pro del poder de la pintura, de la validez y vigencia de la imagen pintada. Su creencia se fundamenta en la convicción de que más allá del lenguaje verbal existe una forma de referirse a los procesos de construcción mental con los que estructuramos la realidad, que únicamente se puede realizar a través del proceso pictórico o por medio de la poesía, en virtud de que estos lenguajes no se ajustan a la lógica del discurso, privilegian lo intuitivo y su finalidad radica en la construcción de una imagen. Es así como muchas de las obras expuestas en la Galería Diners durante el mes de octubre han tomado prestado su título de la obra de distintos poetas; por ejemplo, Por el camino de tu lengua y Para vestirse de silencio provienen de la poesía de la colombiana Piedad Bonnett, y otras se relacionan con Borges, Kavafis, y algunas con otro poeta colombiano, recientemente fallecido, Raúl Gómez Jattin.

La muestra estaba compuesta de telas de diverso formato, todas ellas trabajadas en acrílico a lo largo de este año. El conjunto revela una actitud reflexiva acerca del medio utilizado, así como un vehemente deseo de reiterar las posibilidades expresivas que se suscitan a partir de la espontaneidad del gesto, del fluir del pigmento sobre la tela, y sobre todo evidencia una fina sensibilidad hacia el color, que en algunas de ellas se inclina por el juego de grises, mientras otras veces se opta por un cromatismo en el que se conjugan diversos matices en los que el rojo interviene de forma un tanto abrupta y violenta.
Los términos en los que Lina Espinosa se refiere a sus pinturas, mapas o territorios mentales definen con exactitud el carácter de las mismas, constituyéndose cada una en una compleja trama de espacios conformados por sucesivas capas de pigmento en las que el mundo objetual irrumpe a través de diversos procedimientos, a la manera de un signo o de un guiño que se hace al espectador, con el que se altera el carácter abstracto de las telas que se percibe a primera vista. Algunas veces se apela a un dibujo esquemático, otras, a la representación de fragmentos de imágenes trabajadas con gran detalle, así como se recurre a procedimientos puramente pictóricos, de manera que, en la medida que el ojo viaja sobre la superficie bidimensional comienza a descubrir las relaciones sutiles que se establecen entre los signos y fragmentos que parecen flotar y algunas veces atravesar las superficies de color, y en ese viaje se van descubriendo asociaciones inusitadas que generan a cada instante nuevos sentidos, a veces un tanto lúdicos, como el cuerpo de una mujer que flota en medio de dos planos, cuerpo que se resuelve con un dibujo rápido, esquemático, como ocurre en Furtiva la casa, o en otra ocasiones se insinúan aterradores sentidos cuando la boca roja y entreabierta de una mujer deja ver con claridad la hilera de sus dientes en el extremo de un extenso campo pictórico, o en el momento en el que de un pequeño recuadro surge con extrañeza otra boca que infla una especie de bomba, o cuando la silueta negra de un helicóptero se agita amanzante sobre una superficie azul; estas apariciones sorpresivas y fragmentarias del mundo objetual actúan como detonantes que intrigan e interrogan al espectador.
El trazo esquemático al que aludíamos anteriormente, se repite una y otra vez en las distintas imágenes que conforman la muestra, casi siempre revelando siluetas de mujer que en ocasiones pueden leerse como una especie de autorretratos, pero el trazo no se detiene para captar el detalle de una fisonomía precisa, sino que más bien en su acción trae a la imagen una presencia femenina, como en el caso de Diálogo de mudos, una tela trabajada en tonos tierras y grises, en la que el pincel, impregnado de color verde, a través de su recorrido sobre la superficie, trasforma con suma agilidad el perfil de un rostro en una mesa para luego llegar a ser un ramo de flores y culminar sobre una zona de color. En otras telas, como la ya aludida Para vestirse de silencio, de pequeño formato, la presencia de la mujer se insinúa a través de un cuerpo que se construye mediante la sobreposición de veladuras, de manera que sobre la superficie flotan zonas de color difusas que sugieren la presencia de un torso, de unas piernas que visten medias con rayas de colores, presencia que se insinúa en una atmósfera de variados tonos pasteles que oscilan entre los verdes y azules salpicados de naranja, de manera que se suscitan resonancias cromáticas que, como también ocurre en Por el camino de tu lengua, insisten en esa posibilidad que tiene el color de crear vibraciones, acordes, que nos remiten al campo sonoro, como alguna vez lo formuló Kandinsky.
Dada la densidad de las telas, ellas exigen que quien se enfrente a ellas esté dispuesto a asumir una actitud contemplativa, es decir, es necesario que el espectador se tome su tiempo para detenerse, para observar, para concentrar su atención sobre lo que acontece en el lienzo para así establecer un diálogo visual con cada una de las imágenes pintadas, imágenes que, como muchas de las pinturas que han surgido en los últimos años, revelan que pintar, además de ser una forma de ver, una manera de representar y presentar el mundo, es ante todo un procedimiento lento, lleno de sensualidad y también de reflexión, un procedimiento en el que se acumula gran parte del actuar del arte occidental y que, como lo asume Lina Espinosa, da cuenta de una forma peculiar de estructurar y concebir la realidad.
MARTA RODRÍGUEZ
