Las instalaciones y piezas en medios mixtos de Laura Anderson Barbata exploran las historias y constructos que trazan nuestra identidad. Combinando símbolos religiosos, objetos contemporáneos y otros muy desgastados, con el toque lírico de la naturaleza, la artista, nacida en la ciudad de México, trae a la memoria las afirmaciones de la autorreflexión cultural. The One Who Rests Among Tender Roots, 1999, se yergue como testamento evocador de la mezcla de influencias sociales examinadas por Anderson Barbata. Sobre una mesa metálica negra con patas largas y débiles sobre ruedas está colocada una astillada butaca-escalera negra salpicada de capas subyacentes de pigmentos rojos y crema. Sobre una repisa que sobresale de los peldaños intermedios de la butaca se encuentra una caja de madera llena de tiernos y exuberantes brotes de trigo. Dominando el trigo desde su posición en lo alto, una figura de Cristo sin cabeza levanta sus manos en actitud de bendición. En la parte superior de la butaca hay una caja más grande de verdes ramas de trigo, detrás de la cual se encuentran apilados textos religiosos en dialecto náhuatl y, sobre ellos, la diminuta armazón de una casa, hecha con ramas de un rosal. Otra armazón de una casa, hecha de palitos de cerillas y colocada de cabeza, está suspendida de una extensión de madera de la mesa. El resultado es una encantadora amalgama de elementos que reflejan complicadas historias: las raíces indígenas, la doctrina católica, el abrazo doméstico y la presencia preponderante de la naturaleza.

En un contexto más cargado desde el punto de vista político, Your Land-Our Lords, 1999, de la misma artista, trata de los conceptos de identidad dictados por el Estado. Esta es la pieza más impactante de la exposición. Destacándose contra la pared, la sección media de una vieja canoa es empleada como piso, para simbolizar una especie de límite entre México y los Estados Unidos. Sobre uno de los apoyapies del bote hay un par de botas militares pegadas con cinta a las desintegradas suelas de las sandalias que usan los indígenas de México. En efecto, los guardias fronterizos estadounidenses, representados por las botas, pisotean a la población inmigrante. A lo largo del borde de la canoa, pedazos irregulares de vidrio sobresalen amenazadoramente de entre cemento gris, con el claro propósito de dificultar el paso. Medios similares impiden que se puedan escalar los muros que rodean las edificaciones en México. Un jirón de tela blanca cuelga de un clavo cercano, como acto simbólico de rendición, o bien, los restos rasgados de la camisa de un inmigrante. Finalmente, a la altura de los ojos, un catálogo de exposición con fotografías de familias mexicanas está allí para que lo examinemos; pero, al igual que las otras figuras de Anderson en la exposición, toda la gente retratada está descabezada. En el lugar en dónde deberían estar las cabezas, la artista recortó óvalos, despersonalizando a los individuos, de tal modo que se convierten en las estadísticas anónimas que el Estado emplea para categorizarlos.
En términos generales, esta exposición resuena porque cada pieza difiere de la siguiente, pero la moldea, llevando al espectador a basarse en la impresión anterior. En Thought, Word, Deed (and O-Mission), 1999, tres altas pilas de libros de altura similar apoyan las referencias que Anderson Barbata considera fundamentales para nuestras historias. Cada colorida torre de volúmenes contiene una selección de Biblias y Nuevos Testamentos en diversos idiomas. Haciendo equilibrio sobre una de las torres de libros se encuentra una escalera de juguete hecha a mano, recubierta en hojilla dorada y dirigida hacia arriba, como si se elevara al cielo. La segunda pila sostiene una figura de madera tallada a mano, sin hombros y sin cabeza, pero vestida. Es una presencia silenciada efectivamente. Sobre la torre restante hay una armazón grande de una casa, hecha de espinosas ramas de rosal. Lo doméstico, lo emocional y lo espiritual surgen de los cimientos bíblicos, cada uno tan estable y cierto como las irregulares pilas que podrían derrumbarse con una ligera presión.
Finalmente, El madero antiguo es sustituido por, 1999, es una pieza que resuena de manera inquietante, fusionando identidades en una especie de trono ritual. Sobre una radiante cama de pétalos de flores rojas bordeados a cada extremo por pétalos amarillos que sugieren el borde de un tapete, se encuentra un asiento creado a partir de una destartalada butaca de metal gris. Las frágiles patas del asiento son conos dorados de plástico, algunos de los cuales todavía tienen restos de hilo color magenta, azul zafiro y azul lavanda. Un desteñido cojín color ciruela está amarrado al asiento con cordones de zapato, y dos desgarbados alambres crean un arco que soporta dos espinosos tallos que se unen por encima con la marca registrada de Anderson: la armazón de una casa, a modo de corona. Es un efímero trono contemporáneo, armado a base de restos de vida moderna, hechos mágicos con su casa coronada de espinas y su majestuoso tapete rojo de pétalos. Al comienzo del nuevo milenio, Anderson Barbata sintetiza de modo efectivo la evolución de la humanidad al resumir nuestras propias historias, permitiéndonos reflexionar sobre lo que hemos llegado a ser.
MARY SCHNEIDER ENRIQUEZ
