Exposición Individualene 2000 - mar 2000· Por Marianne De Tolentino

Julio Valdez

Museo de las Casas Reales

Una exposición de pinturas y dibujos demuestra la sorprendente madurez de un artista joven, Julio Valdez, residente en Nueva York, apegado a su país de origen y al Caribe. El está en el corazón de sus obras, mediante la reiterada presencia física del autorretrato. 

Evocamos aquí la pregunta de André Breton a Alberto Giacometti: "¿Por qué cabezas? Todo el mundo las sabe hacer", y el famoso artista respondió: "Yo, yo quiero probar". Preguntaríamos algo similar al pintor dominicano, sorprendidos de la frecuencia del autorretrato, un recurso casi gastado. Y él podría respondernos también que quiere probar, que la autorrepresentación tiene para él alcances desconocidos y que, más allá del parecido físico y el narcisismo, el cuadro-espejo es una visión del mundo.

El interés de Julio Valdez se centra en la forma. Según pinturas y dibujos, él diseña rostro y busto, cuerpo vertical, figura de frente y perfil, aun incluyendo piernas. Aunque cada modalidad se expresa en cualquier momento, observamos la tendencia a introducir una imagen anatómica cada vez más completa. Al mismo tiempo, proceso contrario, una mano logra cargarse de significación introspectiva total: la silueta otrora tan marcada va a sustituirse por un signo distinto, o llega a diluirse en el entorno y desaparece, no obstante la impronta del pintor.

Exposición Individual: Julio Valdez — imagen 1
Julio Valdez. Autorretrato de fin de siglo, 1998. Dibujo y collage sobre papel. 190 x 182 cm.

El autorretrato aquí difiere de una propuesta de semejanza con el modelo. Obviamente, Julio Valdez no trata de pintarse motivado por una fijación sobre el Yo y el Ego, como lo han hecho, por ejemplo, Pablo Picasso y Francis Bacon. El no quiere que lo (re)conozcamos o identifiquemos por una semblanza inequívoca. La lectura es mucho más abierta y deja al espectador una libertad de participación conceptual.

La figura, colocada en el medio y, por consiguiente, dominando la superficie, pasa de la representación individual a un grado metafórico, a una dimensión de alegoría. Vemos, en un sentido metafísico, al hombre como centro de grandeza y, a partir de él, exploramos el campo visual y existencial que le rodea y, en cierta medida, determina su destino. Julio Valdez propone una evaluación de la condición humana.

La clave nos es entregada por el pintor al mencionar el "fin de siglo"/fin de una era, "tocando fondo"/ inmerso en el mundo.

Presenciamos una ubicación, en la naturaleza, en la historia. De la geografía hablaremos más adelante. Hábilmente, la obra guía la percepción —óptica y sensorial—y nos lleva simultáneamente por un camino conceptual e intelectual.

La claridad, y la oscuridad, fusionadas según capas de pigmento superpuestas, propician, desde el orden plástico y una luminosidad ambigua, una reflexión sobre la existencia. Una atmósfera mágica y envolvente particularmente rica en ciertas obras, transmite la densidad del mundo que nos acosa. El artista sobreentiende que, coyunturalmente atrapados, necesitamos una purificación: aire, plantas, fauna. Víctima de la era finisecular, él llega a enjaularse, bajando entonces el cromatismo hasta tonalidades tenebrosas. Pero, en otra imagen, consigue "regalar una rosa" y embriagarse de naturaleza, escapando de la desesperanza y volviendo a la serenidad.

Nada está perdido definitivamente cuando del corazón brota una flor, y entonces una ventana de luz proyecta el mediodía sobre las zonas nocturnales. Evidentemente, signos y símbolos se funden, una suerte de paisajismo, a la vez interior y exterior, unlversaliza las sensaciones individuales, al igual que el autorretrato asciende a una connotación de humanidad. En el artista se cristaliza la totalidad de los seres vivientes.

Por otra parte, no estarían equivocados quienes interpretaran, en aquellos retratos, una imagen hagiográfica. Una sacralización de la criatura interviene, deriva de la colocación espacial: el centro y finalmente un cuadro dentro del cuadro, gracias a un contorno insistente, un marco delineado o un cambio tonal. El hombre es aquí realidad y mito, ocupando el lugar principal en el universo. Luego se agrega la Inserción de la mano, signo de advertencia, "mano poderosa", o palma lesionada con un estigma. Lo que nos retrotrae a una alusión religiosa y la noción de sacrificio. Sin duda, ese elemento amerita la mayor atención.

Decimos que el autorretrato se unlversaliza y se superpone con la condición humana. Ahora bien, hay otra lectura más, y viene entonces la referencia geográfica. Julio Valdez, "dominicano ausente" según llaman a los ciudadanos dominicanos que viven en el exterior, quiere entrañablemente a su país, su isla, su archipiélago. El pertenece a Quisqueya y al Caribe. La prueba es que él representa al hombre-isla, que puede sustituir el autorretrato por una mapa: República Dominicana y Haití o la región del Caribe. Sus raíces allí moran, sus sueños, él los funde en el título de la exposición: Raíz de sueños. El lagarto, reptil arquetípico y mascota, sobreviviente de la prehistoria, es uno de los signos favoritos.

Un laberinto protege la isla, dificultando el ser agredida. Un círculo rodea al hombre-isla, al ancestro resucitado. Esos entornos y contornos se convierten en mandalas, en figuras y expresiones de la armonía suprema. El elemento sacralizante se impone nuevamente e invita a meditar.

Julio Valdez no es un artista geométrico ni constructivista. Entonces, geometrías y construcciones, estructuras, polípticos y marcos interiores constituyen elementos básicos para contener los signos, realzarlos, aclarar o disimular sus respectivas funciones, pues, entre grafismos y motivos de lectura inmediata, se encuentran otros que preservan sus misterios, a la manera de la iconografía taina que todavía no ha sido totalmente descifrada.

El artista, todavía en plena juventud y sorprendentemente maduro, va de éxito en éxito, cosechando premios y distinciones, solicitado por museos, galerías y colecciones prestigiosas. Mantiene el mismo ardor al trabajo, la misma pasión de la búsqueda, la misma conciencia profesional. No se puede disociar la personalidad de la obra.

Hombre-isla, raíz de sueños, él continúa fiel a sus orígenes. El marco histórico del Museo de las Casas Reales conviene a esta exposición impecable, perfectamente montada en el gran salón, una simbiosis de memoria colectiva y reafirmación individual.

MARIANNE DE TOLENTINO

Julio Valdez, por Marianne De Tolentino | artnexus