Recientemente asistimos a la apertura de la muestra Fugas, que reúne las últimas propuestas de Julio Pacheco Rivas y Sydia Reyes. Ambos artistas, de reconocida trayectoria, han desarrollado un trabajo sólido, que les ha procurado un merecido reconocimiento: la oportunidad de exponer en los principales museos del país y representar a Venezuela en eventos internacionales, como la Bienal de Venecia, en el caso de Pacheco Rivas.
Fugas plantea un interesante diálogo entre lo bidimensional y lo tridimensional y establece el reto de dos creadores compartiendo ideas, en función de un resultado común: la puesta en escena conjunta de sus trabajos más recientes. Las pinturas de Pacheco Rivas recrean el mundo de los recuerdos de infancia. La escala de los objetos representados evocan la percepción que tienen los niños del mundo de los adultos. Es como si, luego de mucho tiempo, regresaramos a los lugares en donde pasamos nuestros primeros años. Todo lo que creíamos inmenso, constatamos que es más pequeño, creándonos la sensación de ser ahora gigantes, en un mundo de enanos. Las obras están trabajadas en acrílico sobre tela y en tonalidades de grises que afianzan esa idea de repertorio de recuerdos.

Es admirable cómo Pacheco Rivas, sin complejos, reivindica el oficio de pintor, aun en momentos en los que, aparentemente, la pintura tiene poco que decir. El artista apela a los recursos tradicionales de este género, como en la pieza Con/clave, única del conjunto que no sólo recurre al boceto previo, sino que plantea problemas de perspectivas en el más puro espíritu renacentista. Quizás sea ésta la única obra del conjunto que nos ancla a los trabajos anteriores, como Compendium, perteneciente a la colección de la Galería de Arte Nacional. El resto de las pinturas están hechas por computadora. El tradicional tema del bodegón, tal y como la concebían los académicos, queda aquí reemplazado por el recurso de la máquina. El artista compone con este medio como aliado, lo que le permite jugar de manera arbitraria con las escalas (un cepillo de dientes gigante junto a una cafetera de iguales dimensiones). Piezas como Instrucciones al dorso nos muestran dos caras de un mismo espacio, uno visto de manera frontal y otro lateral. Esa posibilidad de introducirnos en el plano pictórico, al tener la opción de ver lo que sólo lo tridimensional nos permite ver, nos hace cómplices de esa situación lúdica presente en todas las piezas del autor. Pacheco Rivas se permite crear con absoluta libertad. No se siente limitado por el compromiso de ser fiel a la realidad. De alguna manera, su intención va en sentido contrario, casi hasta llegar al punto de verse complacido en transgredir la naturaleza de los objetos.
El empleo de las gamas de grises tiene en estas obras una doble función: la primera, la de evitar el desvío de la atención del espectador hacia lo más llamativo, como son los colores propios del bodegón; y la segunda, que los grises sean el enlace entre las pinturas de Pacheco Rivas y las piezas de Sydia Reyes, quien, como señalamos al principio, comparte el espacio con el pintor. El trabajo de Reyes es más extrovertido. Mientras Pacheco Rivas circunscribe sus pinturas al mundo del taller, Sydia Reyes vuelca su mirada al paisaje, a esa gran urbe, colmada de edificaciones modernas emplazadas de manera arbitraria en la geografía.
Surgen entonces estas esculturas silentes, mimesis del árbol, de lo vital y hermoso de la ciudad. Pero es en éste —no un árbol extraído de su medio natural, sino el tronco descontextualizado— donde el acero suple a la madera. El árbol se planta en el interior de frías construcciones, con climas artificiales y de espaldas a la naturaleza circundante. No será la primera vez que Sydia Reyes denuncia los problemas ambientales de las grandes capitales. Hace algunos años nos sorprendió con aquellas alcantarillas que, a manera de parásitos, alteraban la fisonomía de las calles, y se convertían más en un objeto incómodo e inútil, que en lo que eran en definitiva. Más recientemente, en 1997, en el marco de la I Bienal de Mercosur, en la ciudad de Porto Alegre, Sydia Reyes centró su atención en uno de los problemas que más urgencia requiere de parte de nuestros gobiernos: los niños de la calle. El resultado de esta propuesta fue una suerte de ambientación, donde se proyectaban imágenes tomadas por ella en los alrededores del mercado y centro de la ciudad, que alertaban sobre esta situación.
Quizás, lo que diferencia los proyectos anteriores del trabajo que hoy comentamos es que los recientes hablan de una síntesis y una sutileza propias de quien ha madurado y crecido como artista. Estos grandes cilindros están concebidos con un gran sentido estético y de la escala.
Lejos de atemorizarle el tener que compartir el espacio con las pinturas de Pacheco Rivas, Sydia Reyes aprovecha al máximo esa convivencia; al punto que por instantes sentimos como si esas esculturas salieran del plano pictórico y se adueñaran de pisos y paredes. Constatamos, entonces, cómo la exposición Fugas resultó ser una feliz alianza entre dos disciplinas: la pintura y la escultura; dos visiones del mundo, el íntimo y personal y otro netamente urbano, permanentemente alterado y violentado.
ANITA TAPIAS
