Exposición Individualene 2000 - mar 2000· Por Katherine Chacón

Francisco Bugallo

Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Ímber

A partir de la obtención del Premio Arturo Michelena en 1983 y, más aún, después de haberse hecho merecedor del Premio de Pintura en el Primer Salón Nacional de Artes Plásticas de 1988, Francisco Bugallo se ha convertido en una de las figuras jóvenes más resaltantes dentro de nuestro ambiente plástico. Sin embargo, esta notoriedad ha sido, en su caso, fruto de un evidente talento y de una constante indagación en lo pictórico, y no el reflejo vacuo de los galardones.

La obra de Bugallo viene adentrándose cada vez con mayor profundidad—y mesura— en lo que podríamos llamar la materia misma de la pintura. Ésta comprende no sólo los temas, famosos iconos de la Historia del arte, sino la recuperación, a través de éstos, de una forma como clave formal ya perdida. Me imagino a Bugallo como un pariente cercano de aquel Pierre Menard borgiano que reescribiera El Quijote con todos sus detalles.

Pero Bugallo no busca la exactitud. Y quizá sea este acercamiento inexacto, esta reinterpretación lo que más nos seduzca de su pintura. Como bien lo señala el crítico Adolfo Wilson en el catálogo de la exposición, la obra anterior de Bugallo se valía de los contrastes colorísticos para definir los contornos y las formas. Ahora, "el contraste entre figura y fondo [...] resulta casi suprimido, transformándose los cuadros en planos emparentados con la idea de lo monocromo, donde las imágenes se sumergen en una dimensión infinita e imprecisa". Es este decantamiento extremo de la figura, este punto medio entre la elocuencia figurativa y la imagen brumosa de la ensoñación, lo que otorga mayor fuerza expresiva a estas obras. En sus Cristo muerto según Mantegna, Descendimiento de Cristo según Bouts, La crucifixión según Grünewald, La piedad de Avignon según anónimo de la Escuela de Provenza, las figuras aparecen apenas sugeridas mediante un delicadísimo juego cromático, que va, lentamente, del negro al pizarra y al gris oscuro. En El Cristo, el decidido escorzo se patentiza en una masa que nos parece doliente, al desdibujarse entre los chorreados de la superficie. Quizá sea La piedad la obra más lograda de esta exposición. En ella, los contrastes de color apenas sugieren una forma, creando una obra compacta de mínimas—por muy sutiles—referencias figurativas.

Comparto las opiniones de Wilson cuando afirma que las obras de Bugallo, en su particular pathos, adquieren la fuerza de “mementos mortis” contemporáneos. Ellas trascienden lo meramente anecdótico o el simple juego experimental, para convertirse en imágenes que nos hablan hondamente de lo humano.

KATHERINE CHACÓN

Francisco Bugallo, por Katherine Chacón | artnexus