Reconocido como uno de los grandes maestros vivos del arte latinoamericano, Fernando de Szyszlo continúa desafiando los materiales y la sabiduría de lo sagrado en la creación de su exploración, en constante desarrollo, de la revelación visual de las relaciones entre la naturaleza humana y lo espiritual. Dedicado desde hace mucho tiempo a preservar los antiguos misterios de Los Andes mediante su obra, Szyszlo incorpora el lenguaje de las piedras, patrones textiles, diseños de cerámica y títulos quechuas para desarrollar una iconografía peruana moderna y personal. Impregna sus pinturas de una misteriosa resonancia por medio de sonoros claroscuros y radiantes contrastes de colores que hablan de erupciones volcánicas y espectaculares atardeceres sobre los picos más elevados. Hay altares, vestigios arquitectónicos, ídolos solitarios y cóndores que planean en lo alto. A través de los años, Szyszlo ha captado el inmenso drama del paisaje andino en un estilo que se ha vuelto definitivamente propio, una combinación de abstracción moderna y sensibilidad poética que se manifiesta a sí misma en imponentes estelas y artefactos primordiales elegantemente revelados a través de transparentes velos de color.

Los rituales de Los Andes, que han inspirado muchas de sus obras durante años, son todavía muy evidentes en esta exposición de pinturas y esculturas producidas en el último lustro. Tituladas como una continuación de la serie Camino a Mendieta, que inició en la década de 1970, estas obras pertenecen a la serie Dos Caminos a Mendieta, de años recientes. Aunque pueden describirse como la segunda manifestación de la serie, todavía involucran la creación de enigmáticas imágenes que tienen el efecto de transportar al espectador por una ruta sagrada. A lo largo del camino, experimentamos los poderes misteriosos de vestigios arqueológicos aislados contra un cielo azul celeste y presenciamos las llamas del sol que ilumina un altar de color magenta. Las ofrendas dejadas en el árido desierto se convierten en metáforas de la soledad humana y las inexplicables tribulaciones de la existencia cotidiana. Paisajes de montañas se revelan como el hogar de los grandes cóndores, imponentes aves que se comunican con el mundo de los espíritus y vigilan la entrada a otro reino. El poder de los ambientes rituales de Szyszlo nunca había sido más fuerte.
Parece haber un aligeramiento de la paleta y una apertura del espacio en las pinturas. Una abstracción en azul pálido se reduce a una simple forma rectangular que le rinde tributo a ruinas arcanas y al hermoso azul del cielo y el mar peruanos con fluidas pinceladas de color y una mínima atención al detalle. Otra, un díptico, consta de todos los tonos neutrales y, en ella, el color de las piedras blanqueadas y los cenicientos grises no disminuyen en absoluto la vitalidad de la extraña estela que le sirve de tema; una artística traducción que nos recuerda a la Deidad Principal o a la Diosa de los primeros pobladores del Perú del Horizonte Chavín. La complejidad del vocabulario ritual peruano ha sido dominada por Szyszlo e incorporada a sus propias obras para crear un lenguaje pictórico único y reconocible.
Este mismo lenguaje pictórico que emplea la iconografía andina precolombina como su base en las pinturas inspira una dramática instalación de esculturas en bronce de diversos tamaños. Al igual que los estilizados monolitos de Tiahuanaco o los ídolos guardianes de Chavín de Huantar, las esculturas imponen una majestuosa presencia y un poder telúrico. La majestuosidad de la piedra es captada en estos objetos de bronce, y los diseños peruanos precolombinos se mantienen en su superficie para preservar aún más las inquietudes formales de Szyszlo y la iconografía ritual dentro del contexto de su rica herencia cultural. Huarmi, 1997, una de las piezas en bronce más grandes, combina una visión moderna de la armonía espacial y el control volumétrico con los diseños andinos cuidadosamente inscritos que la colocan en un concepto arcaico y místico. En Pasajero, 1995, y en muchos de los objetos esculturales de la exposición hay un carácter antropomórfico. A pesar de que en la cualidad fragmentaria de las obras hay referencias arquitectónicas a los grandes monumentos de piedra y a los templos encontrados a lo largo de Los Andes, hay también una extraña personificación que habla de ídolos, estelas, y criaturas míticas que se convierten en piedra en las leyendas incas. Para Szyszlo, el bronce reemplaza las obras maestras de piedra del pasado, pero él retiene su energía y su sagrada presencia.
CAROL DAMIAN
