Esteban Lisa (1895-1983) es uno de los iniciadores, en la década de 1930, de la abstracción en Argentina. No obstante la significación de su obra, fue, hasta hace poco, un artista desconocido.
Es indudable que su personalidad operaba en sentido contrario del reconocimiento. Se trata de un extraño caso de voluntaria marginalidad que contraría totalmente los hábitos del circuito artístico. Nacido en Cardiel, provincia de Toledo, España, y naturalizado argentino, vivió en Buenos Aires a partir de 1907. Allí, su contacto con artistas, galeristas o marchands fue nulo. Tampoco concretó en vida ninguna exposición. Solamente mostraba sus pinturas al grupo de allegados más íntimos, es decir, a sus amigos y discípulos.
El antes y el después en lo que hace al reconocimiento de su obra está dado por la publicación, en 1997, de una monografía de Nelly Perazzo y Mario Gradowczyk, en la que se analizan las distintas etapas de su evolución, se trazan paralelismos con artistas europeos y se define su ubicación dentro del modernismo argentino.

En su obra pictórica, Lisa desarrolla una abstracción gradual, partiendo de los modelos de la naturaleza, como, por ejemplo, de la forma triangular de la cala. Luego del primer período "figurativo", la lección del cubismo se hace efectiva en una serie de obras abstractas, por momentos de parco cromatismo. A mediados de la década de 1930, sus pinturas se componen de formas geométricas —cilindros y esferas— antepuestas a un sistema de planos. Conjugando geometría y organicidad, razón y sentimiento, ellas contribuyen a sentar las bases de lo que sería considerado luego una vocación del arte latinoamericano: la "abstracción sensible".
Con la madurez, Lisa alcanzará la espontaneidad del niño. "Para pintar como un clásico —observa— Picasso sólo necesitó dos años, pero para pintar como un niño, le fueron necesarios 40 años". En su última producción, con mucho menos apego a la geometría, resalta el lirismo y la vitalidad de la línea y del color. Juegan allí espirales, remolinos, curvas y arabescos. Precisamente, el título de sus pinturas de las décadas de 1950 y 1970 es Juego con líneas y colores. Opera en ellas una poética centrada en el espacio-tiempo, acorde al interés del artista por la cuarta dimensión, tema recurrente de sus investigaciones.
A Lisa le gustaba trabajar en el pequeño formato y sobre soportes humildes: cartones, papel común, hojas de enciclopedias o avisos de publicidad. Pintaba a veces las dos caras de esos soportes, denotando el carácter experimental de su trabajo, como también el hecho de hacerlo para sí mismo y no para el mercado. No caben dudas de que sus acciones resultan, en todo momento, un contraejemplo del artista integrado.
Tan grande fue su desinterés por la profesión de artista y por la fortuna crítica de su obra como su interés por la investigación y por la docencia. Autodidacto, fue un estudioso de la filosofía, de la teología, de la ciencia, de la estética, de la ética, y un paciente investigador de todo lo que tuviera que ver con la formación espiritual del hombre. Su inclinación por la lectura se debió, sin duda, al buen empleo de su tiempo cuando se desempeñaba como bibliotecario en el Correo Central.
Prueba de su interés por el análisis de la obra de filósofos y de científicos es su libro Kant, Einstein y Picasso (1956). Más adelante, en 1972, publicará su propia Teoría de la cosmovisión.
Lisa —humanista— creyó firmemente en el perfeccionamiento del hombre a través del arte. De allí su devota entrega a la enseñanza, en el seno de la Escuela de Arte Moderno de Buenos Aires. Las cuatro dimensiones que él creara en 1955, año en el que se produce la caída de Perón y el surgimiento de un interés cultural nuevo.
Enseñaba Lisa que el hombre pleno es el hombre estético, ser armónico que manifiesta la armonía del universo. En ese hombre ideal, lo racional y lo sensible deben encontrarse equilibrados. Coherente con tal ideal, su interés por la geometría no supone frialdad, sino observación constante de la naturaleza. Esta filiación organicista, que mantiene a lo largo de todas sus etapas, lo ubica en los antípodas de la vanguardia concreta argentina de la década de 1940.
La conexión que la obra, como microcosmos, debe mantener con el macrocosmos es parte del carácter expansivo de las composiciones de Lisa. "En una superficie de 10 x 10 cm es posible introducir la totalidad del universo", decía. Por eso sus pinturas, de tamaño reducido, no resultan intimistas, sino expansivas, prolongables —imaginariamente— en el espacio.
¿Por qué no cultivó Lisa en el arte el mismo protagonismo que buscó en más de una decena de investigaciones publicadas, en su labor docente y en sus más de 400 conferencias dictadas? Se podría pensar en la autosuficiencia, en el orgullo, en el temor a la crítica, en el hecho de que el desarrollo personal que él hizo de la abstracción no lo identificaba con ninguno de sus contemporáneos y, por sobre todo, en el afán de hacer de su obra pictórica el lugar de una reserva a la que sólo podían acceder los iniciados.
Con la presentación de más de 80 trabajos realizados entre 1930-1975, en el Museo Nacional de Bellas, el círculo se abre y permite la valoración histórica de un artista singular. Nuestro museo mayor contribuye, sin lugar a dudas, a saldar una deuda.
ELENA OLIVERAS
