Exposición Individualene 2000 - mar 2000· Por Santiago Espinosa de los Monteros

Enrique Guzmán

MARCO, MAM, Museo de Aguas Calientes

Se presentó durante 1999 la exposición Enrique Guzmán. Su destino secreto, en el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey (MARCO), en el Museo de Arte Moderno de la ciudad de México (MAM) y en el Museo de Arte Contemporáneo de Aguascalientes. La curaduría corrió a cargo de Luis Carlos Emerich. Se trata de la obra de uno de los creadores cuya vida productiva marcó incuestionablemente el desarrollo de las artes plásticas mexicanas. No obstante sus pocos años de vida, Enrique Guzmán (Guadalajara, Jalisco, 1952, Aguascalientes, agosto, 1986) dejó en su trabajo una de las pautas más significativas para su generación y para quienes con el tiempo verían en su obra uno de los puntos de partida para blandir, replanteados y modificados, símbolos antes intocables y en apariencia inamovibles.

Un ejemplo de ello es la reciente exposición de Nahum Zenil (reseñada en ArtNexus No.33), cuyo corpus estaba cargado de referencias directas a la vida de Enrique Guzmán y a la iconografía que utilizó recurrentemente, como los símbolos patrios, en especial la bandera mexicana, imágenes religiosas y todo un catálogo de objetos kitsch que habitan de manera irónica sus telas. Adolfo Patiño, otro importante creador mexicano, ha sido también influido en su momento por la iconografía de Guzmán.

Exposición Individual: Enrique Guzmán — imagen 1
Enrique Guzmán. Zapato, 1973. Óleo sobre tela. 35,5 x 30,5 cm.

Tildado en su momento de irreverente, no dudó en cambiar el escudo nacional por una máscara mortuoria prehispánica, un zapato o una enorme boca abierta. En este caso particular (La Patria, 1977), un elegante zapato pisa literalmente la bandera mexicana, cuyo escudo ha sido cambiado. Sobre ella también está una rosa completamente abierta que nos refiere a la iconografía sacra (especialmente la guadalupana), cuya fuerza expresiva en México es contundente y, como la experiencia lo demuestra, casi intocable, cuando no sea para expresar con la ortodoxia aceptada por los seguidores, la fe que se profesa a esta virgen.

Aunque Guzmán no fue propiamente un militante político como lo entendemos actualmente, sí trabajó cuidadosamente una mezcla iconográfica de elementos cuyos valores, después de ser utilizados por él, adquirieron nuevas significaciones. La vecindad de una bandera con un excusado, una navaja de afeitar y el retrato de niños jugando en un espacio frío y habitado apenas por desordenados objetos geométricos, nos dan la señal para asegurarnos que nada en su trabajo es ni accidental ni inocente.

Sin embargo, esta sagacidad, lograda por lo general con una llamativa economía de medios, crece en su contundencia, en tanto que sus telas son por lo general receptoras de trabajos cuya mansedumbre visual es, sólo en apariencia, inofensiva.

Aunque abrevando en pintura como la de René Magritte, por citar a uno de los creadores con más presencia en su trayectoria, Guzmán no deja de hacer una suerte de combinación simbólica que nos recuerda los juegos infantiles de adivinanzas basadas en imágenes, cuya ubicación dentro del plano nos otorga una lectura diferente de la que ellos, en sí mismos y por separado, tienen. Así, un zapato con un mar en su interior, un alcatraz (o cala) que brota de una caracola marina, puede convertirse en metáfora de inagotables historias.

En los últimos años de creación de Enrique Guzmán fue patente su búsqueda por la adquisición de nuevas sensaciones que le produjeran estados creativos alterados —si se acepta el término— utilizando estupefacientes. Suicidarse no fue un acto inesperado para quienes le rodeaban aunque no por ello menos sorprendente. Tres años antes de morir, el 31 de mayo de 1983, escribió en la parte trasera de un cuadro, entre otras, estas líneas: "no podía entender cómo renunciar a todo si la vida es para conocerse. Ahora pienso que el secreto está en la dirección sutil que se dé al pensamiento y llevarlo al sentimiento auténtico; no importa en lo que trabajemos".

Hallamos a un creador cuya introspección viaja de manera clara hacia una propuesta plástica que, con los años lo hemos visto, vaticinaba, adelantándose a su tiempo, una manera de abordar temática y conceptualmente el hecho creativo y, en su caso, el producto final, su pintura.

La obra de corte casi geométrico que realizó en una etapa de la década de 1970 parecía alejarlo de la cuidadosa narrativa que le identificaba. ¿Corta amarras con este filón? Nunca lo sabremos. En obras de 1983 parecería no tener cabida una figura reconocible más allá de las formas puras. En otras, pese a la carga geométrica de sus últimos trabajos, encontramos rostros, navajas, brazos, aves: figura.

Ya su arquitectura se había tornado perfecta en su irracional e ilógica existencia; construcciones fantásticas de sus personales e íntimas ciudades interiores. Las escaleras no conducen sino a sus sueños, ese cielo enorme que habita buena parte de su producción, cielo en el que están, cuentan, el bien y la salvación. ¿De quién?, parecería preguntarse Enrique Guzmán. Al parecer descubrió a tiempo que La felicidad es como un barco encallado en el desierto, y una pareja (¿sus padres?) mirándole fijamente, para descubrir que el casco del gran buque es, en realidad, un enorme cielo al que se llega pero del que nunca se vuelve.

SANTIAGO ESPINOSA DE LOS MONTEROS

Enrique Guzmán, por Santiago Espinosa de los Monteros | artnexus