Exposición Individualene 2000 - mar 2000· Por José Luis Barrios

Eduardo Abaroa

Museo Carrillo Gil

Eduardo Abaroa (México, D.F., 1968), integrante originario de La Panadería1, expuso parte de su trabajo realizado a lo largo de los últimos ocho años, en el Museo Carrillo Gil de la ciudad de México, durante el verano-otoño de 19992.

Instalaciones, video instalación, arte objeto y pintura son los materiales que conforman esta muestra. En ella, como ya es común en los artistas contemporáneos, se trata de una textualización del arte. Es decir, se trata de jugar y entender que las obras son más un significado conceptual y discursivo que una expresión estética. Discurso al que se une, en el caso de Abaroa, un cierto tono irónico y pervertido en la intención de sus trabajos.

Un par de trabajos en videoinstalaciones donde el artista busca establecer un juego equívoco de significados: en la instalación llamada Límite (Estreno de repostería incógnita), intenta, y más bien no lo logra, el juego entre una serie de imágenes de explosiones que se transmiten en el monitor de televisión, y una suerte de arqueología/disecación de panes bimbo que el artista coloca frente a una charola, no sin antes traerlos en su mano durante un tiempo, hasta que alguien le pregunta la razón de cargar con un pan, entonces los hace bola y los pone en la charola mencionada, según explica la ficha técnica de la pieza. Si la intención de esta obra es el desconcierto, tanto del espectador que se enfrenta a la composición, como de aquellos que en su momento se intrigaron por el pan de cajas, desde luego no queda clara en su puesta en escena. Por una parte, el enfrentamiento con el video y los panes no produce mayor efecto; por la otra, la lectura y explicación del ejercicio en la ficha técnica convierte en obvia la intención que pudiera tener. ¿Texto, imagen y/o contradicción?

Exposición Individual: Eduardo Abaroa — imagen 1
Eduardo Abaroa. Aromas de oficio 3 (elefante), 1997. Técnica mixta. 15 x 30,5 x 30,5 cm.

En la instalación Obelisco roto portátil para mercados ambulantes —mejor lograda que la anterior—, Abaroa diseña un monumento armable de plástico y tubos, iguales a los de los mercados sobre ruedas de los tianguis mexicanos. La apuesta es clara: quiere ridiculizar el uso solemne que tiene el obelisco en la cultura. Aunque el concepto resulta interesante, la resolución, pienso, no transmite el discurso. Pareciera que el artista no logra involucrarse del todo a la hora de trabajar con estos soportes técnicos y, en general, con la tridimensión y el volumen interior propios del lenguaje de la instalación, pero además existe una distancia vital con este tipo de objetos, cuyos referentes culturales son más de orden social y popular, que íntimos y personales.

En cambio, el trabajo, la obra pictórica, corre con mejor suerte. Más próxima a algo que es característico de su intención estética: la ironía; el políptico Mi aventura en el espacio muestra mayor claridad de discurso, intención e imagen.

Se trata de una serie de historias —con guión de Abaroa y realizadas por Marco Arce—, donde se juntan elementos de lo monstruoso, la ciencia ficción, la perversión erótica en términos de intención, con cierta narrativa propia del cómic o el storyboard. En ellas, el juego que se establece con el espectador tiene sutilezas que no poseen, en términos generales, sus instalaciones: la referencia visual inmediata a la historieta a través de la construcción narrativa, a partir de la repetición de los cuadros y el uso de ciertas tipologías de representación, tanto de las figuras como de los textos. Una vez que se percibe esto, y visto en detalle, se pueden captar la violencia y el caos de estos polípticos. Es interesante el modo como la hipérbole de los gestos de dolor o de placer, o incluso la exageración en la presentación de genitales masculinos y femeninos, logran producir un fenómeno de atracción-repulsión en el espectador.

Lo más logrado de la obra de Abaroa son los trabajos de arte objeto. En la series de Pertinencia anatómica y Figurillas de acción se pone de manifiesto la base de su discurso artístico: el anudamiento entre lo manual, la memoria infantil construida a través de la caricaturas y los juguetes, y las perversiones propias de los juegos de infancia. Sin duda, estas series se construyen desde una iconoclastia del recuerdo y la propia memoria. Al verlas, pareciera que uno entra en el mundo de los juegos, donde cada objeto es la réplica de alguna fantasía. Sobre todo de las que tienen que ver con la violencia de los ya clásicos serial killers norteamericanos o con los programas infantiles de la televisión mexicana, como el del Chavo del Ocho. Abaroa no hace juicios en torno al valor que estos iconos puedan tener o no, más bien se trata de una mezcolanza de recuerdos, impulsos y fantasías a la hora de conformar estos juguetes para armar. Algo similar sucede con las figurillas del nacimiento en la serie de Impertinencia anatómica. En éstas el artista echa mano de una dislocación de la iconografía tradicional; para ello retoma una vez más las tipologías de los personajes de caricaturas, pero además invierte las acciones, funciones y roles representativos que los personajes de los nacimientos realizan tradicionalmente. No son el caballo, el elefante y el camello los animales que montan los Tres Reyes Magos, sino a la inversa, son los animales los que se montan en los Tres Reyes Magos. Algo similar sucede con la interpretación del rol asignado en los nacimientos tradicionales al buey, al asno, a María y a José. Son los animales los que reproducen la posición devocional frente al Niño Dios, mientras que la Virgen y su esposo están echada y en cuatro patas, respectivamente, dando calor con su aliento al recién nacido. Así, la inversión caricaturizada de los personajes se convierte en una iconoclastia construida a través de la ironía. Un elemento completa la construcción de estas manualidades lúdicas, la de la casi obsesiva y recurrente referencia a la relación entre la perversión sexual, la monstruosidad caricaturesca y la memoria infantil.

Al final, una tónica predomina en los trabajos de Eduardo Abaroa, la que tiene que ver con la ironía como valor del discurso artístico, ironía que en su caso es el reflejo de su generación: la de los mass media y los imaginarios que éstos producen. Construida a través de un cruce y una ruptura de significantes, esta exposición es una urdimbre entre la memoria y la transgresión de los recuerdos de infancia, y las imágenes culturales. Es cierto, estas obras, sobre todo las que evocan el mundo infantil de los juegos y sus juguetes, arrancan una carcajada al espectador, pero están muy lejos de ser obras transgresoras. Se trata de unas muy ingeniosas travesuras igualmente infantiles.

NOTAS

1. La Panadería se fundó en 1994. Espacio artístico que se ubica en la colonia Hipódromo-Condesa, ha resultado ser uno de los lugares de desplazamiento de los circuitos tradicionales de exposición artística en la ciudad de México.

2. El nombre de la muestra fue Engendros del ocio y la hipocresía, 1991-1999. El curador de la misma fue Patrick Charpenel.

JOSÉ LUIS BARRIOS

Eduardo Abaroa, por José Luis Barrios | artnexus