Una singular curaduría constituyó la muestra Del siglo que se va. Doce Artistas del siglo XX, en Espacios Unión. En manos de Anita Tapias quedó la responsabilidad de seleccionar a doce artistas venezolanos que, de acuerdo con su perspectiva, han producido obras que implicaron cambios, conflictos o rupturas en determinados momentos de este siglo.
Doce que no necesariamente son los únicos representativos de nuestra historia plástica contemporánea. Quedaron ausentes algunos protagonistas importantes en determinados momentos del arte del país. No obstante, toda selección supone una toma de posición, y éste es uno de los valores de esta exposición.
Los artistas expuestos han tenido un rol fundacional en el contexto del arte nacional, y algunos, incluso, internacional. La muestra, que busca una mirada particular y retrospectiva de nuestra historia ante el inicio de un nuevo milenio, da cuenta de doce perspectivas distintas de creación. Simultáneamente, en las obras escogidas se encarnan las virtudes o elementos plásticos innovadores, de acuerdo con su respectivo momento y circunstancia.

El siglo XX se inicia en Venezuela con una serie de rupturas frente al arte conservador y académico heredado del siglo XIX. Aparecen el Círculo de Bellas Artes, y luego, la Escuela de Caracas. La obsesión por el paisaje y, posteriormente, el criollismo, el realismo social y el surrealismo van conformando nuevas imágenes plásticas durante la primera mitad del siglo que, de alguna manera, dan paso a una voluntad cada vez más imperiosa de modernización. No obstante, un espíritu que se rebela contra las convenciones —y aislado por voluntad propia— crea una obra sin parámetros, que no es normativa: es Armando Reverón, quien, a su regreso de España y después de su experiencia en el Círculo, decide trazar su propio camino dándole al paisaje una dimensión y trascendencia hoy plenamente reconocidas. Francisco Narváez, por otra parte, valorando lo plástico en la naturaleza, siente profunda admiración por los diversos tipos humanos con sus "manifestaciones de vida", tal como decía. Con él, la escultura se abre a la modernidad, incorpora nuevos materiales (como, por ejemplo, la talla en madera y el lacado, definitorio de su etapa criollista) y trabaja la figura humana con voluptuosidad y "orgullo de nacionalidad", como bien señala la curadora. Más tarde, se aleja de la representación figurativa para indagar en nuevos materiales y profundizar en formas cada vez más abstractas.

Bárbaro Rivas es una de las figuras excepcionales en el arte venezolano. Solitario, sumido en el. abandono, la miseria y el desasosiego, realizó una obra singular, ajena a cualquier clasificación. Se trata de una pintura libre, sin ataduras ni cánones académicos, razón por la cual los espacios pueden ser dislocados, y lo divino y lo mundano coinciden en un mismo plano. En línea adversa, Alejandro Otero irrumpe en 1945 contra el dogmatismo impartido en la Escuela de Artes Plásticas y Aplicadas de Caracas. Desde París, influye notablemente en la difusión de las nuevas corrientes artísticas, siendo reconocido hoy como principal propulsor del arte abstracto en Venezuela. Las Cafeteras (de finales de la década de 1940) y los Coloritmos (década de 1950) son referencia fundamental en la obra de un artista que fue crucial en el desarrollo de la modernidad en el país. Con el cinetismo, el espectador participa lúdicamente con la obra y asume con placer la experiencia de observar sus transformaciones mediante efectos ópticos, o bien por el movimiento propiamente dicho. Soto, por otra parte, es el maestro de la transparencia y de la obra inmaterial por excelencia. En otro sentido, Carlos Cruz-Diez acentúa las alternativas cinéticas aprovechando las virtudes del color, visto no como coloración de una forma, sino en transformación continua en el tiempo y en el espacio. Las Fisiocromías de Cruz-Diez, inicia das artesanalmente, han dado lu gar a una relación estrecha entre arte y tecnología, al cobrar éstas dimensiones urbanas y carácter industrial.

Ante el fuerte panorama abstracto imperante, un joven artista, Jocobo Borges, trabaja en una figuración crítica y agresiva, en la década de 1960, cargado de violencia y voluntad de cambio político y social. La nueva figuración toma como eje central a la figura humana, no aquella idealizada de la década de 1940, sino al hombre expresado en su total distorisón, participe de una sociedad convulsa y corrompida. Mientras tanto, Mario Abreu dejaba atrás la disputa entre figuración y abstracción. Sus pinturas pertenecen a la categoría de lo fantástico, mientras sus Objetos mágicos tenían carácter ceremonial. Sus obras dejan huella en artistas posteriores que han reconocido su importante influencia.

Representante de la nueva figuración y del arte pop en escultura es Marisol Escobar. Mediante la talla de madera, crea un universa poblado de seres cotidianos y anónimos, generalmente extraídos del contexto urbano. Estos seres, por lo general, están diferenciados mediante la combinación de superficies planas con volúmenes, el ensamblaje de elementos incorporados, así como el juego de texturas, vaciados y recursos gráficos (A. Tapias). En oposición, Gego conduce a la escultura, desde el punto de vista de los materiales, a los límites de la austeridad. Trabaja con tres elementos: el espacio, el vacío y la línea, por lo que los límites entre el dibujo y la escultura son difíciles de definir. En ambos, el espacio constituye el protagonista principal de su obra.

La década de 1970 no puede figurarse sin la presencia de Eugenio Espinoza. En esos años centra su atención en obras conceptuales, de las que trasciende su Impenetrable, instalación que ironiza con humor los Penetrables de Soto. En la década de 1980 sobresale con Karakana, serie en la que la cuadrícula es sometida a saturantes transformaciones mediante los medios de la propia pintura, constituyendo una obra emblemática de esa década. Posteriormente, durante la década de 1990, su versatilidad y capacidad de cambio caracterizan su trayectoria. Auto-abstracción es sólo una muestra de ello. La nueva generación queda representada por José Antonio Hernández-Díez. Este joven ha sobresalido por la creación de obras en las que incorpora nuevas tecnologías (sistemas de video, monitores), dando lugar a un discurso plástico sorprendente y muy personal. Lo lúdico y el humor predominan en sus ensamblajes, en los que, simultáneamente, la referencia a la realidad social — con su precariedad y pobreza—, así como nuestras sensaciones más primarias—e incluso, la experiencia de la propia muerte—, son temas que otorgan trascendencia a sus obras. Del siglo que se va. Doce artistas del siglo XX propone una revisión de nuestra historia, así como un diálogo abierto acerca de nuestro pasado y presente; acerca de nuestra tradición y las nuevas corrientes. Una exposición realizada con fino criterio y absoluto placer.
SUSANA BENKO

