La primera edición de Gala di Arte, en 1991, presentada en el Centro de Convenciones de Willemstad y auspiciada por el Banco Maduro y Curiel, había sorprendido a todos los visitantes foráneos y aun a aquellos procedentes de las otras Antillas Holandesas. Por inverosímil que parezca, muchos curazoleños no conocían a cabalidad el potencial artístico de sus vecinos de Aruba, Bonaire, Saba o Sint Marteen, y viceversa. Con mayor razón, los antillanos más distantes y los no caribeños estaban descubriendo un nuevo caudal de creadores contemporáneos.
En 1992, con la conmemoración del Quinto Centenario, cambió la situación interna de la región caribeña. Por cierto, la Bienal del Caribe y Centroamérica, una iniciativa de República Dominicana, contribuyó al arranque de los intercambios artísticos y, un año más tarde, en el propio Curazao, la inmensa muestra intercaribeña Caribart enlazó a anglo, franco, hispano y holando hablantes de las islas. Los diálogos cruzados han continuado.
Actualmente, ocho años después, se presenta en Willemstad la segunda edición de Gala di Arte, con los auspicios del mismo mecenas, bajo el nombre de Arte 99, Identidad ayer, hoy y mañana. 300 obras compitieron, sin límites de categorías ni edades, y 91 fueron seleccionadas, de 65 autores. Resulta interesante ver su procedencia: 28 artistas de Curazao, 7 de Aruba, 17 de Holanda —con más de cinco años en las Antillas Holandesas—, 2 de Saba, 2 de San Marteen, y 9 maestros fuera de concurso.

La selección estuvo a cargo de un comité local, y la premiación fue confiada a un jurado internacional, compuesto de los críticos de arte María Lluïsa Borràs (Barcelona), Edward Sullivan (Nueva York), Marianne de Tolentino (Santo Domingo). Los tres han estado involucrados en importantes proyectos de arte caribeño en el Caribe, Europa y Estados Unidos.
Una organización ejemplar, encabezada por la comisaria general Jennifer Smit y la curadora de la exposición, Nicole Henríquez, se repartió en comités especializados —selección, catálogo, educación, relaciones públicas, logística, museografía—, con decenas de personas, incluidos jóvenes voluntarios. La puntualidad, el orden y la información eran inmejorables. Igualmente, la distribución de las obras en los dos pisos de un viejo almacén, propiedad del Banco Maduro, y perfectamente acondicionado: el "Mangansina di Arte".
Aunque Curazao sólo tiene 160.000 habitantes, unas 1.500 personas asistieron a la apertura. Ahora bien, sorprende menos, cuando uno comprueba que el mejor arquitecto restaurador guía gustosamente, por la parte antigua, a los turistas una vez por semana, o que el único Museo de África —del Caribe—, establecido en Willemstad, es propiedad de un empresario y museólogo apasionado que colecciona, investiga y también guía personalmente a los visitantes. Se nota un especial espíritu de servicio en la isla.

En el arte de todo el Caribe insular existen tres legados culturales: el precolombino, el africano y el europeo. En las Antillas Holandesas, según esta gran muestra colectiva, predominan las últimas dos improntas: la afroantillana como herencia étnica y presencia ancestral; la europea/holandesa, con muchos artistas estudiando y pasando temporadas en los Países Bajos. Por otra parte, hay una voluntad evidente de referencia a la isla de origen —naturaleza, clima, gente, tradiciones— y una neta afirmación de idiosincrasia cultural.
Ello no quiere decir que abundaban las pinturas y las obras costumbristas o realistas: encontramos muy pocas, ¿un asunto de preselección?
La escultura y la cerámica —a pesar de ser dueñas de una sólida tradición local—fueron minoritarias. La fotografía se redujo a una sola representación. El dibujo y el grabado tampoco brillaron.
Lo fuerte, contundente y contemporáneo surgió de las instalaciones. Indudablemente, la categoría mejor representada cuantitativa y cualitativamente en todas las islas, la única que exhibió Aruba. Ese rasgo causó impacto en los espectadores, sobre todo los foráneos. Confirmamos así la opinión de que la instalación tiene vigor, llegando a lo obsesivo, en la región entera, no solamente en la República Dominicana, Cuba, Puerto Rico o Trinidad.

Ahora bien, esa presencia mayoritaria mostró una característica que conocemos de sobra: todos los artistas, que son o se sienten jóvenes, optaron por la instalación, pero con resultados desiguales.
Nos apenó por ejemplo que excelentes pintores y escultores hayan mezclado su reputada especialidad, dentro de un conjunto de objetos, sin que haya integración ni mensaje ni coherencia espacial. Lamentamos así la "autoeliminación" de las exquisitas acuarelas de José Flores, de la abstracción pictórica y la madera "encontrada" de Ludwig de Lisie, de los retratos de Tony Monsanto—participante habitual de los eventos del Caribe—, piezas (con)fundidas en instalaciones. Hasta el maestro Yuri Kirindongo, pionero del reciclaje de artefactos, con tanta influencia en los jóvenes, sucumbió a la tentación de componer un "ambiente" con sus hábiles y expresivos ensamblajes de metal, que casi se neutralizaron.
La otra vertiente pertenecía a los que dominaban el lenguaje de las instalaciones, como una categoría auténtica y singular; por ejemplo, los arubanos, un rasgo que tal vez se explica por el liderazgo de Elvis López —adrede, él no participó—, atrevido instalador de fama internacional. Cada elemento se hacía interdependiente del otro, en lo plástico y lo estético. La introspección, legible, daba profundidad a la obra, sin disminuir las preocupaciones sociales y colectivas. Los materiales pobres, medio idóneo para los jóvenes, se volvían espléndidos, metafóricos; por ejemplo, el brassiere de hierro oxidado con encajes de cucarachas, de Glenda Heiliger (que puso un anuncio para conseguir bastantes insectos), y la iguana gigante en soga de Chirino, que recorría el techo entero del almacén.

La pintura quedó en un segundo plano, careciendo generalmente de originalidad, repitiendo estilos pasados, o apocada dentro de instalaciones. Como excepción positiva de pintura-instalación integrada estuvo Helen Cornet, de Saba, que construyó un entorno con paneles de rain forest o bosque húmedo. Citaremos, entre lo mejor de la pintura/pintura, un tríptico, estilo "geometría sensible" en encáustico sobre papel, de Klapwijk, y el óleo orgánico, de doble lectura, abstracta y figurativa, de Wilson García. Así mismo, en escultura, el zapato multicolor de papier maché, de Sini Jago y, en dibujo, los detalles hiperrealistas de cuellos y bocas de Ana Mezas llamaban la atención.
Tres premios se habían previsto, y resultaron cuatro. El jurado prefirió la premiación de determinadas cualidades sobre la jerarquía habitual. Hubo que agregar un reconocimiento y cuatro menciones. A pesar de ello, el jurado se quedó con la sensación de que el nivel era tan alto que muchas más obras hubieran podido obtener distinciones. Cuatro de los ocho galardones se atribuyeron a Aruba —más de la mitad de sus artistas seleccionados—, sin que el jurado conociese la procedencia y el nombre de los artistas expuestos.
El Gran Premio se otorgó a la magnífica y emocionante instalación de Ozaira Muyale (Aruba), gigantesco traje de novia en el cual se entraba, pisando una alfombra de fotos de boda de la autora, y mirando un video que filmaba un lento descenso en paracaídas de la propia artista. El frescor y la poesía, el sufrimiento y la libertad reencontrada eran valores y mensajes, instrumentados por una realización impecable.
Dos premios ex-aequo a la creatividad se dieron a dos hermanos, Vincent y Theo van Delft, curazoleños que viven en Holanda. Ambas instalaciones expresaban la nostalgia y el amor por la isla, con un aprovechamiento óptimo de materiales muy distintos y estructuras también casi contrastantes: cajas de cartón, binoculares y fotos de Curazao (Vincent), versus elementos transparentes de vidrio, resina y sales (Theo).
El Premio Joven fue para Ryan Oduber (Aruba), artista idealista y creativo, por una instalación que sumaba preocupaciones sociales (volvimos a encontrar los calipsos usados) y ecológicas. El joven está pidiendo a los presidentes del mundo comprar un pedazo de la Amazonia para salvar la selva.
Una mención especial se concedió a Ciro Abath (Aruba) por su instalación, muy finamente trabajada, que recurre a la naturaleza caribeña, a la flora y a los insectos. Aruba, y por una instalación igualmente, recibió la mención a través de Alida Martínez; investigación iconográfica, altares votivos y retablos.
La pintura de Philippe Zanolino, mención, reveló el cambio excepcional que se operó en ese muy buen artista polifacético, francocurazoleño, que produce hoy telas irradiadoras, límpidas y de un colorido impresionante. Otra mención estimuló la única fotografía, técnicamente admirable y de tendencia pictórica: su autora es la holandesa Ellen Spijkstra, que vive en Curazao. No se quiso olvidar la cerámica: un grupo de figuras, firmadas por Yvonne van Gogh, artista holandesa que también vive en Curazao, obtuvo una mención por su calidad formal, matérica y expresiva. Cabe señalar que todos los galardones fueron atribuidos a la unanimidad por parte de los tres miembros del jurado.
Colocadas en un mismo panel, las obras fuera de concurso, en su mayoría bidimensionales y de pequeño formato, destacaron la participación del maestro de la pintura José Capricorne, y la de May Henríquez, fina artista y principal auspiciadora de la exposición, que había fallecido pocos días antes.
Arte 99, identidad ayer, hoy y mañana, animada diariamente por talleres y actividades educativas, quedó abierta hasta finales de noviembre.
MARIANNE DE TOLENTINO

