Cuando los hombres de la vanguardia plástica, en la década de 1960, en Venezuela, tenían la oportunidad de viajar para complementar sus estudios y su visión de mundo, Alirio Palacios (1938) tomó la decisión de establecerse en Pekín y estudiar dibujo y grabado con viejos maestros. Eso fue entre 1961 y 1966. Posteriormente, entre 1968 y 1974, cursó grabado en Varsovia. Así, cuando Alirio Palacios regresó a Venezuela, en 1975, traía una concepción de la obra y de la imagen diferente de la que en ese momento ocupaba el escenario de la plástica en Caracas, sean el cinetismo o la figuración narrativa o politizada. Alirio Palacios, entonces, y desde el dibujo, impulsó otras certezas expresivas, centradas en el hombre y en la violencia de la naturaleza.

La obra de Alirio Palacios reafirma y renueva el lenguaje y el decir figurativo. Su trabajo sobre papel es sistemático, rico y experimental. En su técnica combina nociones de dibujo, artes gráficas, pintura e incluso el collage. Sus formatos son enormes. En 1992 el artista hizo una exposición en el Museo de Bellas Artes de Caracas, Entre lo real y sus signos, que reveló la categoría de su oficio, el delirio de su imaginación y, además, la vigencia de su fraseo pictórico, en momentos en que, en Caracas, parecía negarse el trabajo de taller. Ahora, y en el mismo museo, Palacios presenta Xilografías y concretografías, grabados monumentales en papel, madera y concreto, que son memorias e imágenes que conciernen a una tierra y a un colectivo que llamamos Venezuela.
Esta exposición de Alirio Palacios refiere la vigencia del oficio plástico y la capacidad de riesgo creador de su autor. Ambas cualidades son un solo hecho expresivo para el artista. La madera es plancha, es soporte para un discurso sobre la pintura y también es una pieza de arte única, todo ello en proceso. La madera grabada es llevada a situaciones extremas, a partir de un motivo simple, un florero, un rostro, un caballo —y en esas composiciones, como detalle paralelo, introduce un perro, un rabipelao o un diablo, con la intención de agregar un elemento misterioso—, perforándola, pintándola y anexándole o quitándole partes. Así, cada resultado es distinto, original.
La economía del color que define una intención del grabador es, a la vez, una profusión expresiva. La línea es abierta, siempre diferente, establece el objeto o la figura, todo concluye en lo fantástico, en la revelación. Palacios exalta el grabado en madera y la tradición del mismo. Imágenes medievales, tributos a Vermeer, guerreros milenarios del imaginario oriental, constituyen su repertorio. Quizás sería prudente sugerir una apertura temática a la riqueza cultural de Venezuela, a las confluencias espirituales de nuestra sociedad y la naturaleza voraz del delta natal del artista.
Por la escala de sus formatos, la intervención de la madera, la concepción de la plancha como obra pictórica, el justo recurso del color —hacer timbres cromáticos a partir del negro imperante—, el tiraje limitado, y ahora el soporte de concreto como nueva posibilidad expresiva para el grabado, la exposición de Alirio Palacios muestra un grabador completo, sin igual.
JUAN CARLOS PALENZUELA
