Violencia e imagen

Alfonso Quljano. La cosecha de los violentos, 1968. Xilografía. 39 x 68,5 cm.

Colectivaoct 1999 - dic 1999· Por Natalia Gutiérrez

Violencia e imagen

Museo de Arte Moderno de Bogotá - MAMBO

Aquí no cabe el arte es una obra de Antonio Caro presentada en la exposición Arte y violencia en Colombia desde 1948, organizada por el Museo de Arte Moderno de Bogotá. Era un letrero dibujado en negro intenso, con las letras tan pegadas, que no dejaban espacio en blanco entre ellas. La sentencia es pertinente porque, frente a la situación de violencia de este país, una pregunta es ¿qué pasa con el arte? La sensación que deja la exposición es que el arte está amordazado, por el espacio ideológico en que vivimos. Dicho de otro modo, la violencia se manifiesta como un exterminio psicológico por parte del mundo ideológico al que estamos sometidos. Contribuyen a ese exterminio no solamente el horror de la violencia física, sino muchos otros factores. Por ejemplo, el efecto multiplicador, al someter a los niños a todo tipo de violencia, sin que medie una sola palabra; la educación y las imágenes de los medios de comunicación, que enseñan a percibir de una única manera, son las encargadas de darle forma a la violencia, dejando de lado otros aspectos que son aún más dolorosos y definitivos como base del comportamiento.

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Sady González. Tranvía, 1948. Fotografía.

También contribuyen algunos llamados artistas, que confunden muerto con muerte y dolor con sangre. Y también contribuye la curaduría de una exposición como ésta, que de manera ingenua tapa, casi extermina, los modos de pensar alternativos, al consagrar un caos visual, en nombre de una historia exhaustiva, como si el historiador no pudiera tomar partido y escoger las imágenes más contundentes porque le dan forma al dolor y a la violencia con todas sus paradojas, y cuáles no. La curaduría de la exposición contribuía a la violencia por amordazar la vida propia de las imágenes, usándolas para ilustrar unas categorías como "Las torturas", "La mutilación de cadáveres", "Las masacres", "De la autodefensa a la guerrilla". Por el montaje de las obras, una al lado de la otra, sin espacios en blanco, como el letrero de Antonio Caro parecía intuir. Era una exposición concebida como un álbum de colección, una feria burguesa de imágenes violentas, la mayoría estridentes, que ahogaban aquellas que sí buscaban darle un sentido más íntimo y con mayor solidaridad humana al problema. ¿Quién, en ese caos visual, podría ver el cuerpo de un perro abandonado, de José Antonio Suárez, o la ausencia, en un archivo muerto de camisas, de Doris Salcedo? Casi nadie, porque el montaje era indiscriminado, contribuyendo, con el tema de la violencia, al arte como espectáculo. La fórmula era "más es más", entre otras cosas, una fórmula aplaudida y calificada de "interesante" por algunos medios de comunicación de masas.

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Antonio Caro. Aquí no cabe el arte, 1972. Dibujo sobre papel. 100 x 120 cm.

Es pertinente traer a la discusión algunas reflexiones acerca de las imágenes de violencia en la televisión, que sirven para preguntarse cuál sería el sentido de las imágenes artísticas, que parece ser una pregunta que está en el trasfondo de la sentencia de Antonio Caro. La reflexión, por ejemplo, de Hernán Montenegro1, que empieza cuestionando el nombre "medios de comunicación", ya que la comunicación es una relación de doble vía, la relación de dos partes que activamente intercambian ideas y afectos a través del lenguaje. Los medios de comunicación masiva, entonces, serían medios de información, porque la llamada comunicación ocurre en un solo sentido. El lector de un periódico o una revista, y más aún el televidente, son pasivos. Por eso, cuando los medios de comunicación de masas creen que son el reflejo de la sociedad, lo más probable es que esto no ocurra, porque no existe una comunicación real.

¿Cuál sería entonces la función de una imagen artística? Una imagen que de alguna manera involucre al espectador, que no lo deje pasivo o mudo frente al problema. Que "lo toque", sin estridencias externas; puede ser una imagen poco sensacionalista, que probablemente no le parece "interesante" a los medios de comunicación, pero construida con profundas tensiones; que quede grabada en su conciencia y despierte, poco a poco, esas sensaciones dormidas. Que apele sobre todo al sentido de solidaridad, que se despierta con el interés por los pequeños detalles de la vida presentes en gestos humanos. Que le dé sentido individual a ese dolor y lo separe de las explicaciones estereotipadas que les dan al dolor y a la violencia esos mismos medios.

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Beatriz González. Retratos mudos. 1990. Dibujo 52 x 206 cm.

La tesis que plantea el autor del artículo al que me refiero es que los medios de comunicación no son un reflejo del mundo en que vivimos, sino que, al menos en lo que a la violencia se refiere, la distorsionan y la "sobrerrepresentan", en comparación con lo que sucede en la vida real. La violencia en la vida real contiene dos elementos: uno es la emoción y la excitación que la hacen atractiva como espectáculo para muchos, y el otro es el componente de horror y rechazo, culpa, identificación, doble juego de víctima y victimario que despierta en todo ser humano, antes y después del acto violento. Ambos componentes están presentes en la vida real, pero en la televisión las imágenes se editan para que aparezca sólo el primero, el acto en sí, la violencia como espectáculo.

Una de las razones, dice el autor, es que los medios de comunicación tienen la necesidad de producir impacto, una necesidad vinculada al afán de lucro y de poder que guía a quienes poseen los medios. El telespectador es un mero voyerista pasivo que no participa en nada de lo que ve pasar ante sus ojos. Y la pregunta obvia es: ¿el artista también?

Entonces, no es noticia la ausencia física, la ausencia de la palabra, la violencia por falta de afecto, de abrazo, de contacto; la violencia por el silencio que se multiplica, la identificación con el asesino o el violador, como única manera de tapar el terror, de repetir el maltrato. Es aquí donde la imagen artística tendría cosas para decir, porque es testigo y protagonista en los ritos sociales y familiares y puede preguntarse desde la compasión. Puede hacer una imagen de los desaparecidos lo suficientemente volátil para que sólo aparezca con el aliento, como en las obras de Óscar Muñoz. O un árbol retorcido, espectador de la muerte, como en los grabados de Rengifo. Bordar lentamente una imagen del periódico para que no se bote a la basura y quede grabada como un bordado en la conciencia, como en las obras de Pablo Van Wong. Hacer retratos mudos de protagonistas de la historia reciente, como los de Beatriz González, porque la imagen no pretende explicar, es una inagotable invitación a la deducción2.Pero a éstas, y a otras imágenes, es necesario darles un espacio para que, simplemente, puedan verse e interpretarse. No rodearlas de juegos gratuitos con la violencia. Es imposible que las imágenes de otros se usen para ilustrar un tema que le fija el sentido al espectador como un signo muerto, sin dejar que aparezcan otras ideas en él, incluso la ternura, el arrepentimiento, el dolor o la perversión. Hay un nivel más profundo y doloroso que la simple clasificación sacada de las categorías de la violencia política, entendida esta palabra como la que es capaz de aceptar la ideología en que vivimos. Es también "político" ese universo ideológico sin palabras y sin imágenes, y es la evidencia de que la inmensa mayoría de las conductas o actos violentos ocurre entre seres relacionados por el afecto3. Sufrir en sí mismo el efecto destructivo de la violencia y el abandono de un ser cercano, y luego la conclusión de que ésta es una señal de la maldad o enfermedad del otro, tiranizando y dándole, esa sí, forma definitiva a los vínculos afectivos que para la mayoría constituyen las redes de soporte psicológico para interrelacionarse con otros en la vida. La exposición dejaba entonces un inmenso vacío. Porque la violencia también se descubre en cada uno como un proceso de autoanálisis que la mayoría de los artistas colombianos están muy lejos de hacer y que una curaduría lineal ni siquiera intuye o deja que aparezca como fisura. Vemos una y otra vez en nuestro país que la violencia más destructiva, más permanente en el tiempo, se da entre seres que comparten territorios concretos o ideológicos. En el microcosmos de la familia, entre padres y hermanos, entre grupos que trabajan en una misma zona, entre pueblos o comunidades que han nacido dentro de la misma cultura. "¡Aquí no cabe el arte!" Tiene razón Antonio caro, porque el arte no se ha preguntado por eso y porque los pocos que se preguntan se muestran escondidos, dentro del caos visual de los medios de comunicación, que la ideología promueve y que, en este caso, el museo (quiero pensar que ingenuamente) consagra, contribuyendo al silencio y a la ceguera.

NOTAS

1. Montenegro, H., Coddou, F, y otros autores, Violencia en sus distintos ámbitos de expresión, Ediciones Dolmen, Santiago de Chile, 1997.

2. S. Sontag, On Photography.

3. Montenegro, H., Ibíd.

NATALIA GUTIÉRREZ

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