La galería Marlborough de Nueva York inauguró en el mes de mayo la primera muestra de Tomás Sánchez en esta ciudad. En la meca del urbanismo y el materialismo, los cuadros de este artista cubano presentaron una visión contrastante en la que reinaron la naturaleza y la espiritualidad. Más de 20 obras, realizadas especialmente para la exposición, representaron casi todas las series desarrolladas durante su trayectoria artística. Sin caer en la repetición y demostrando un talento excepcional, Sánchez realizó un paneo retrospectivo en el que incluyó la mayoría de los temas que componen su repertorio visual. Uno de los primeros cuadros expuestos, Contemplador del blanco (1999), es una tela blanca que sirve de fondo a una imponente selva tropical. El punto focal de la obra es un hombrecito muy pequeño, sentado de perfil en posición de meditación, que mira hacia el lado blanco del cuadro. La obra trata un tema común en la obra de Sánchez: el acto de contemplar como estado ideal, no sólo para el artista (el personaje representado es un autorretrato), sino también para cada una de las personas que observan la obra. El cuadro representa un estado de contemplación y a la vez invita a observar, a apreciar el mundo y a meditar sobre él. El color blanco del fondo hace que esa contemplación trascienda la simple mirada y se convierta en un acto más espiritual e introspectivo. En este caso, como en la mayoría de las obras de este artista, la temática está estrechamente ligada a su experiencia personal, inspirada principalmente en la filosofía Hindú y en el yoga. Desde el punto de vista estético, el cuadro muestra la maestría de Sánchez como paisajista. La forma minuciosa con la que reproduce cada detalle se aprecia particularmente en el reflejo de la hierba que crece en la orilla. Al crear una naturaleza casi perfecta y sobreponerla a un plano completamente blanco, el artista juega con planos de luz y color creando una obra con un doble carácter realista y abstracto.

El paisaje, reproducido en forma tradicional, se convierte en una obra más contemporánea al estar enmarcado por amplios espacios en blanco. Otra de las obras que trata el mismo tema es Meditador en la orilla (1998), un cuadro en el que la selva se impone majestuosa con toda su riqueza natural ante un cielo nublado. Una estrecha apertura deja entrever el interior del follaje que un pequeño personaje contempla desde la orilla.
El manejo del color es particularmente intenso en este lienzo. Sánchez utiliza múltiples verdes opacos siguiendo la gama cromática del cielo. Una de las características importantes de su obra es precisamente la utilización de paletas monocromáticas a partir de las cuales crea una multiplicidad de tonos que enriquecen y hacen más emotivo el paisaje.
En su mayoría, los cuadros de la muestra transmiten sentimientos de paz y tranquilidad. Es el caso, por ejemplo, de Otra vez la orilla desde el blanco (1999), una obra que recuerda el dibujo Desde las aguas blancas, realizado en 1980 y con el que obtuvo el XIX Premio Internacional de Dibujo Joan Miró. La tela, completamente blanca, está atravesada por una fina línea que se esfuma en el horizonte. Sólo observando detenidamente se puede descubrir en la angosta franja de color la frondosidad de un bosque y su reflejo en el agua. El uso de la línea ha sido siempre fundamental en la obra de Sánchez. En varias de sus series, el cielo, la selva o el bosque, el reflejo de éstos en el agua y el agua misma son representados como líneas o zonas de color. En algunos casos, las franjas son tan angostas que difícilmente se pueden identificar los elementos representados. En otros, las franjas de color están compuestas de minuciosas representaciones de selvas y bosques imaginarios, que impactan por la riqueza
del color y el detalle. Es el caso, por ejemplo, de Orilla que se esfuma en lo blanco (1997) y de Orilla que se esfuma en lo negro (1997), dos versiones de un mismo paisaje, uno diurno y otro nocturno, incluidas también en la muestra de la Galería Marlborough. En el paisaje nocturno se destaca particularmente el manejo de los tonos negros azulados que dan a la composición una intensidad impactante. Una de las obras más llamativas de la exposición es Reflejos nocturnos (1998). En ella, los planos horizontales del cielo, la selva y su reflejo en el agua son atravesados por una apertura vertical. Inicialmente, la franja parece ser un claro similar al de Meditador en la orilla, una entrada que deja entrever una laguna interior y la espesura del interior del bosque. La presencia de dos hombrecitos enfrentados, sentados en posición de meditación en las orillas de cada costado, sugiere que se trata quizás de un reflejo, como si fuera un espejo, aun cuando la naturaleza en cada extremo es ligeramente distinta. El ambiente nocturno, la presencia inusual de dos personajes, el uso de tonos oscuros y el reflejo de la luna en el agua (representado por una delicada línea blanca en la laguna interior) dan al cuadro un aire mágico. De todas las obras de la exposición, Contemplador de nubes sobre el valle (1998) es una de las más novedosas. Este lienzo enorme (200,7 x 249,6 cm) muestra un hombrecito contemplando una imponente cadena de montañas que emerge al fondo de un frondoso valle. Las montañas se imponen sobrepasando la altura de una cadena de nubes y ocupando gran parte de la franja del cielo. La grandiosidad del paisaje y la visión aérea con la que el espectador contempla la escena son propias de la obra de Sánchez, la cual se ha caracterizado siempre por ser a la vez ecológica y espiritual. Lo novedoso, en este caso, es el dinamismo que transmite el cuadro y que contrasta con la tranquilidad y la paz que inspira la mayoría de sus obras. El detalle de la hierba que aparece en primer plano, doblada como si un viento fuerte la moviera hacia el centro del cuadro, sugiere un eje diagonal que continúa en el relieve y culmina en el pico de la montaña más alta. El uso de líneas de fuga diagonales contrasta con la horizontalidad que predomina en las obras anteriores. La curva de la loma donde aparece el personaje también sugiere una variación. Esta se hace más evidente en Desde el silencio (1999), una obra donde el personaje se encuentra rodeado por montes ondulados y en la que las líneas curvas presentan un fuerte contraste reforzado por juegos de luces y sombras. La muestra presenta un resumen de 20 años de trabajo artístico e introduce nuevas tendencias en la obra de Tomás Sánchez. Los cambios que se perciben en el nivel formal provocan una confrontación más dinámica por parte del espectador, sin alterar el significado espiritual que la caracteriza. Cada una de las obras sigue inspirando una especie de elevación espiritual que coloca al público en un nivel distinto, en un mundo muy diferente del que existe en su propia cotidianidad.
FRANCINE BIRBRAGHER
