Saúl Kaminer (1952) pertenece a esa generación de artistas mexicanos que no se dejó influenciar por el movimiento geométrico que se impuso en México durante la década de 1970. Él ha afirmado también su independencia frente a un sinnúmero de grupos (frecuentemente espontáneos y efímeros) que preconizaban durante el mismo decenio la renovación de un arte mural militante liberado de las restricciones formales e ideológicas del muralismo. Saúl Kaminer, a quien su formación de arquitecto le predispuso a un espíritu constructivo, ha sabido orientar su trabajo sobre las formas hacia una doble explosión- implosión, en respuesta a la alternancia espacial de vacíos y llenos que constituyen la base estructural de su trabajo. Es un artista cuya originalidad se expresa en un sistema pictórico personal que ante todo propone un cuestionamiento sensible del espacio. Los códigos que conforman ese sistema son a la vez formales (dibujo y volumen) y pictóricos (manejo del color y densidad de la textura); sin embargo, la iconografía se impone como la armazón indispensable y constructiva de su pensamiento plástico.

Si es cierto que los maestros, desde Miró a Lindner, o de Magritte a Toledo, bien pueden ser sus puntos de referencia, Kaminer no deja de ser por eso un inventor de formas y un narrador de ficciones multiculturales donde trasluce una poética de la narración en la mejor tradición de lo real-maravilloso al estilo de Alejo Carpentier. Saúl Kaminer no se contenta con haber asimilado y vivido las lecciones artísticas de sus experiencias parisienses; también ha logrado desarrollar y enriquecer los frutos de su estadía en París, indagando y poniendo en duda su conocimiento del mundo desde hace más de 15 años. La distancia ha desempeñado un papel catalizador innegable en el fortalecimiento de sus raíces culturales, en el establecimiento de los límites y la medida de sus fronteras, y en la aceptación de su realidad, que ya no es virtual. Kaminer, laureado en 1998 por el Ministerio de la Cultura de México, ya ha regresado a su país de manera casi definitiva y trabaja desde hace más de un año en el proyecto Cruce de caminos, un recorrido temático, a la vez que geográfico y ritual.
La exposición individual que Kaminer presentó recientemente en París (óleos, esculturas, obras sobre papel y objetos de 1998 y 1999) confirmó la perennidad de la inspiración (la búsqueda del sentido), la realidad (la existencia) del imaginarlo, la capacidad de transfigurar y de transponer la anécdota cotidiana en metáfora, y la coexistencia o el diálogo entre referencias rurales (fauna, flora) y urbanas (bañera, teléfono) en la creación de un universo onírico autónomo. Es una obra donde encontramos también ese clima de vibraciones visuales, tanto externas como internas, que funde la mirada a la vez maravillada e interrogadora del artista, en una temporalidad que Kaminer coloca fuera del tiempo, a la vez inscrita en las imágenes locales y universales. Así, el artista es tanto testigo como actor de la transformación que se opera en una cultura recobrada y compartida donde se confrontan la tradición y la modernidad. En sus más recientes obras, el agua está omnipresente (Entre dos aguas, acrílico sobre papel, 1998, o Los ríos, tríptico, técnica mixta, 1998), así como la mujer (Adán, Eva y el diablo, biombo, técnica mixta, 1999), con una explosión de colores en donde las figuras parecen iluminadas desde el interior, con una fluorescencia que a veces adquiere el efecto de un aura (Au bout du fil, óleo sobre papel, 1999, y El diablo, la sirena y la mano de Dios, 1999).
Estas diferentes dualidades, que sirven de punto de referencia para la comprensión de su obra, son captadas y utilizadas por el artista como esencia de su reflexión tanto intelectual como pictórica. Su conocimiento del arte y su dominio del dibujo y del color le permiten audacias (recortes, verdaderos o en forma de trompe l'oeil; construcciones y deconstrucciones; líneas de fuga; perspectivas truncadas; yuxtaposiciones; alusiones; transformaciones; relieves) en la superficie-piel del lienzo. También explican el refinamiento del trazo, el cuidado, la atención al detalle, cualidades que para muchos bien podrían significar un exceso de decoración, o establecer un límite a la expresión de un verdadero despliegue de fuerzas, de tensiones y de cosas no dichas que son la materia de su inconsciente impregnado de una sensualidad discreta. Pero este aparente dominio de la forma es también el resultado del control simultáneo del sentido y de los sentimientos, mediante lo cual Kaminer —en su permanente búsqueda de los aspectos constructivos— logra trascender, de manera cuidadosamente calculada, tanto el ser individual como el ser en el mundo. Es un verdadero y constante desafío, traducido y reproducido por su arte con cierta lentitud, pero con plena constancia y una coherencia total entre su propia filosofía y aquella de la cual la creación —su más secreta cara visible— es la verdadera depositaría.
CHRISTINE FRÉROT
