Rolando Peña es un artista venezolano que ha llamado la atención internacional desde hace ya largos años. Con su obra reciente, presentada en el MACCSI, eleva sus preocupaciones constantes por el más puro "arte de las ideas", como definió su obra el crítico de arte, ya fallecido, Roberto Guevara, hasta los niveles más sublimes de las interacciones entre las posibilidades que ofrecen al hombre el conocimiento humanista y las dimensiones Inusitadas de las nuevas tecnologías. El modelo estándar de la materia: tributo al siglo XX, título muy significativo en la obra de Peña, es una gran instalación definida por él mismo como "virtual multimedia, siempre utilizando el barril de petróleo dorado como módulo estructural, creando un laberinto que converge en la representación simbólica de los constituyentes básicos de la materia". Demuestra así que el poder de la ciencia y la tecnología, junto al poder del conocimiento humanista de la civilización, puede concluir en juicios de valores en los que una perspectiva problemática sobre el cuestionamiento del arte mismo como objeto de valor, permanece abierta.

Varias instituciones se unieron al museo para construir, en el marco conmemorativo de los 40 años del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC) y los 23 años del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, CONICIT, la instalación multimedios interactiva concebida por Peña en su concepto y su producción, y que se presenta como una nueva estética resultado de una sensibilidad Independiente que trabaja en un territorio cultural inédito. Una gran sala aloja un laberinto de espejos (¿el río infinito de Heráclito?), en cuyo interior, sorpresivamente, 16 barriles de petróleo (constante en la obra del artista) forman el modelo enunciado, constituyéndose éste en una suerte de unión simbólica de átomos y otras partículas. Por otro lado, una serie de imágenes computarizadas de gran formato crean gigantografías que se proyectan en una pantalla del modelo estándar de la materia, del barril de Einstein (teoría de la relatividad), del modelo atómico griego, de la fisión del uranio, del decaimiento alfa, del mesón, del átomo de helio, del modelo atómico de Thompson, del protón, del noble sendero óctuplo: decúpleto de partículas extrañas, de la repulsión electromagnética, del noble sendero óctuplo: octeto, del decaimiento beta y del modelo atómico de Rutherford. Una Información completa y extraordinaria de todo lo que acontece en el universo teórico científico-filosófico de la obra, se halla depositada en varios computadores situados en la parte de atrás de la Instalación para el consumo y consulta del público.
Peña formula un sistema cuya complejidad es mayor que la de los segmentos que lo constituyen. En consecuencia, una reflexión perceptiva convencional no conduce a una comprensión cabal sobre la instalación tributo al siglo XX que el artista propone. Cada elemento participante conlleva mensajes separados, pero que, sin contradicciones, conforman un significado que se inserta en lo más contemporáneamente válido de la realidad del arte a finales del milenio. El todo, la obra en su totalidad, reverbera como una grandiosa metáfora que conjuga el arte, la ciencia y la tecnología. Claudio Mendoza, astrofísico^actuó como asesor del proyecto, para quien el modelo estándar de la materia es uno de los logros científicos fundamentales del siglo XX, como sumatoria de las propuestas realizadas por diferentes investigadores en el campo de la química, la física, las matemáticas y la filosofía, partiendo desde los primeros planteamientos de los pensadores y filósofos griegos. Para Mendoza, la Instalación propuesta por Peña "hace referencia a las primeras manifestaciones desplegadas en las construcciones de Stonehenge, las pirámides mayas, los muros incas y los templos griegos, a los aceleradores de partículas más contemporáneos y a la estructura del modelo estándar en sí. La instalación también evoca el abuso, la codicia y el olvido ecológico que han tenido lugar con el uso indebido de los poderes surgidos de esta búsqueda científica".
Para llegar a la formulación de esta obra suprema, Rolando Peña (1942) ha recorrido un largo camino, desde sus primeros momentos, a mediados de la década de 1960, cuando sus performances y happenings lo ubicaron como un artista no convencional, como un transgresor de los códigos tradicionales, debido al uso de un lenguaje múltiple en el que conjugaba varias opciones teóricas y plásticas. En 1980 inició una exploración en el tema del petróleo crudo como una metáfora de una realidad integral de su país, Venezuela. Según Fernando Castro Flórez, quien escribe la presentación del catálogo para la instalación del MACCSI, Peña "reescribe el simbolismo del petróleo, partiendo de la visión que los indígenas tenían de él como neme, una gruesa sustancia que servía para calafatear canoas, hasta las referencias a la excavadora o al obsesivo código del barril. El petróleo no sólo es un elemento de identidad, también es un símbolo ambivalente que remite tanto a la riqueza como a la pobreza extremas o a la dialéctica de orden social y desorden natural".
Refinando este tema, el negro líquido va a servirle de vehículo de comunicación y de expresión de sus obsesiones artísticas. Peña va a identificarse con el petróleo hasta hacerlo suyo. Asi, en la década de 1980, la tecnología y el arte se unen para que el artista se exprese a través de instalaciones multimedios, como El petróleo me pertenece, 1984, en el Museo de Arte Moderno La Tertulia, Cali, Colombia; o El petróleo soy yo, 1985 y 1986, en el Museo de Bellas Artes de Caracas y la Maison de L'Amérique Latine, París, respectivamente.
Para concluir, es importante anotar que la obsesión del petróleo de Rolando Peña actúa como una interacción de sistemas en donde actúan varios códigos: estéticos, artísticos, sociales, políticos, económicos y comunicacionales. Radica allí la complejidad de ideas y conceptos, así como la aparente simplicidad de la presentación. Peña crea atmósferas filosóficas y existenciales para legitimar un proceso en el que se entrelazan realidades verdaderas y ficticias. El mismo es su demiurgo, él mismo es el alquimista ordenador de su obra. La invención, como estrategia fundamental del arte, se redimensiona en las manos creadoras y rigurosas del artista que se plantea el arte como un desafío.
BÉLGICA RODRÍGUEZ
