La muestra de la pareja de fotógrafos argentinos Julio Grinblatt y Bibi Calderaro, que se llevó a cabo en agosto pasado en el Instituto de Cooperación Iberoamericana de Buenos Aires, se iniciaba con Pasillos, de Grinblatt, una serie de tomas en blanco y negro de halls, escaleras, ascensores y demás espacios de circulación pública, en estado de total vaciamiento. Las fotografías, de un tamaño apenas mayor que el de un contacto, estaban expuestas como si fuesen una colección de miniaturas que, vistas de cerca, se volvían extensas como repentinamente se vuelve extensa la visión a través de una mirilla; una imagen que se alcanza desde un espacio exterior —el oscuro espejo del fotógrafo— y desesperadamente encerrado en sí mismo. El origen de esta disociación entre el fotógrafo-espectador y la imagen proviene sin duda de la radical abstracción de las arquitecturas públicas que Grinblatt eligió fotografiar; abstracción que, entre oirás cosas, parece derivar del total alejamiento de estos ámbitos de la figura canónica de la arquitectura, que es la casa.

La treintena de fotografías fue presentada por un prólogo de Reinaldo Laddaga, que hacía referencia a las fotos, en tanto que "alucinaciones, cada vez diferentes, del interior mismo, y como de la entraña, de la cámara". Alucinaciones abstractas, desoladoras, cercanas a algún tipo de terror, que para el autor están íntimamente ligadas a sus impresiones de "no pertenencia" y de "exclusión", que sintió en éstos, sus dos primeros años de Inmigrante en Nueva York. Las tomas son frontales, y en la mayoría de los casos tienen un punto de fuga central. La miniaturización de la imagen hace que ésta se vea de un modo abstracto, enfatizando su cualidad de emblemas. Es en este sentido que la serie se asemeja a una colección; al mismo tiempo que Grinblatt expone la visión acerca de la ciudad, persigue un tipo determinado de imagen que, mediante miniaturización, deviene en diseño abstracto puro. Lo que resulta particularmente interesante es que Grinblatt invierte la operación más estereotipada de la abstracción en fotografía: si ésta proviene en general de un encuentro de abstracción en los detalles de una figura mayor, en los Pasillos, la abstracción surge de la visión exageradamente empequeñecida de una totalidad. La secuencia de pasillos y escaleras, es decir, de caminos perspectiva dos, se interrumpía por algunas fotos anómalas, que representaban en la secuencia momentos de detención y encierro: puertas de ascensores, un hall iluminado, una especie de enorme pantalla ciega. Si los pasillos conformaban un laberinto imaginarlo", estas anomalías estaban allí para indicarnos que la de Grinblatt era una deriva infinita.

La segunda sala del ICI, ocupada por la obra de Bibi Calderaro, aparecía vacía a primera vista. Sus 35 pequeñas transparencias de 6 x 6 estaban distribuidas estratégicamente en las paredes de la sala, de manera tal que mientras el espectador no comenzara a recorrer el espacio, las fotos no se veían. Agrupadas en conjuntos azarosos, éstas estaban pegadas al muro, formando un ángulo de 45°, bastante alto, como para que el espectador, levantando la cabeza, pudiera verlas.
Las fotos son paisajes al borde de la desaparición; fuera de foco y a la vez expuestos a una cantidad de luz mayor de la necesaria; paisajes velados cuyo tema es la luz que, excedida, encandila y enceguece. Para hacer este trabajo Calderaro experimentó en los márgenes de la visión; dejó que la imagen se inundara de luz blanca, y exploró esos límites hasta conformar un grupo de obras que, en su conjunto, atentan contra toda anécdota, exponiendo al espectador a una imagen que no se llega a ver, que frustra y rehúye su propia existencia.
Calderaro tituló a esta serie Psicogeografía suprematista, en homenaje "a la deriva situacionista y a la búsqueda de abstracción de Malevich". La obra está afectada entonces por la complejidad de este doble homenaje, en el que la percepción de una multiplicidad, el paisaje, se cruza con la síntesis absoluta, el concepto de fotografía blanca. La obra no aspira a una iconoclastia radical, en el sentido de hacer del blanco su objeto; la veladura blanquecina sobre los árboles, los edificios y los mares acaba desplegando una insoslayable connotación melancólica Completando la defensa de la nada que implica la decisión de extinguir casi por completo las anécdotas y, con ellas, la imagen, Calderaro presentó en una salita contigua una película de tres minutos y medio filmada en super 8, en la que se ven los movimientos de un hombre y una mujer patinando sobre el hielo. "Me interesa que al espectador se le hagan muy presentes esos 3 minutos y medio que dura el rollo filmado, que perciba el tiempo transcurrido", comenta la autora. La imagen de los patinadores permite, como los paisajes blancos, pensar en otra cosa, pasar, a través del movimiento hipnótico de los personajes, de la pasividad de la contemplación a la liberación del imaginario.
INÉS KATZENSTEIN
