Todo en el proceso de José Antonio Suárez parece trabajar para la falsa idea de que lo suyo es anacrónico y repetitivo. Alguna vez, lo confieso, caí en este error. Suárez dibuja, ilustra bajo los parámetros —repitámoslo— de una supuesta tradición ya muerta. O que en todo caso derivó desde la figuración de los ilustradores del siglo XIX hasta ciertos artistas actuales de las artes gráficas. Pero, estrictamente, no podemos hablar de un ilustrador reconocido por su irrestricta fidelidad a unos códigos artísticos, sino de un creador que renueva, como Dokoupil, por ejemplo, la noción de figuración, y afirma, eso sí, aquello que la mano esconde en su insospechado depósito de imágenes.

Pero ya en el ajuste de cuentas a las llamadas vanguardias —el obsesivo Jean Claire—, el camino para situar tareas como éstas se ha allanado y contamos con una positiva distancia para objetivar el problema. La contemporánea es la mirada del artista, y no el medio artístico de que éste se vale para expresar un contenido determinado. Por lo pronto, José Antonio Suárez ha liberado lo que llamamos ilustrar, respecto a la dependencia de un texto dado, y aquí el contenido, lo narrativo, es la misma ilustración en sí. Esto es importante.
Igualmente, no podemos hablar de "pequeño formato", sino de un redimensionamiento del concepto de escala, pues Suárez nos vuelve a recordar que lo monumental no puede confundirse con lo colosal, y sí con la sabiduría, para legitimar una escala determinada. Por supuesto, referirse a la miniatura sería un error fatal. Lo que sí nos dice Suárez es que la figuración despojada de su relación con los imaginarios carecería de su verdadera legitimación, como es el recuerdo de lo no vivido, el derecho a leyendas y a códigos estéticos que supuestamente no son propios, o sea, esa otra zona desconocida de la memoria, situada no en el pasado personal, sino en los vastos dominios del ancestro humano. La figuración se hace así imagen pura.
Esto lo ha puesto en claro en su magnífica exposición en la sala de Suramericana donde su lema es persistencia de la imagen. Porque en una realidad donde precisamente ese suelo común de los ancestros, esa infinita e impredecible memoria de lo humano es suplantada por las falsas imágenes de la TV y el cine, por el vacío de la falsa crónica fotográfica, es decir, como señala Regis Debray, por la desaparición de la verdadera imagen, esta tarea afirma contundentemente lo que está en peligro. Aun cuando en una realidad disparatada como la nuestra no podamos decir que esta suplantación ha sido totalmente llevada a cabo. Lo mediático elimina la imagen, en la medida en que lo antropológico es suplantado por las imágenes vacías de la actualidad, por una experiencia vital vacía, huérfana de esas imágenes primarias donde se nutre el imaginario colectivo, y que llegan con el proceso de los años a convertirse en una especie de patria invisible de cada ser humano en particular.
Suárez recaba en este suelo nutricio de Imágenes y crea nuevas y renovadoras asociaciones, cercanas a la estética surrealista. El dibujo carece así de la connotación académica donde estas asociaciones inesperadas —esta especie de escritura automática— no pueden darse, a causa de la exigencia de su literalidad, y busca nuevas fronteras entre la línea como límite y el color como superficie libre, entre aquello que el dibujo configuró hasta volverlo costumbre, como identidad de rostro, pelo, boca, uña, árbol, y esa frontera que crea la sombra al incidir sobre la superficie de una mesa o la redondez de un fruto.
Estas asociaciones libres donde desquicia las fronteras de lo dibujado y de lo estrictamente pictórico se presentan entonces como una espléndida hibridez, no en el sentido sociologizante que le concede a este término García Canclini, sino como aquello que escapa de la cárcel de lo establecido para buscar eso que los grandes maestros del dibujo de todos los tiempos establecieron: estatua, mármol metamorfoseado, el jardín de Bomarzo, el grifo y la cariátide.
¿Un retardataire? Romper con las injusticias de las vanguardias es recuperar la dimensión de tareas como las de José Antonio Suárez, o sea, la del creador solitario capaz de hacer ' precisas las razones del día y de la noche, la persistencia del misterio y de lo intangible frente a la tarea devastadora de lo mediático. Oponer, como lo señala Virilio, la página a la pantalla, la mano al ordenador.
Y esto es posible por la lucidez que nace de un conocimiento absoluto de las normas que definen este concepto de figuración del cual parte y al cual sondea analíticamente hacia todas sus posibilidades o falencias para ir construyendo lentamente un inusitado orden visual con el paso de los días.
DARÍO RUIZ GÓMEZ
