"Ahora la tarea del artista esta de deambular por la historia del arte, apropiarse de lo que le interesa para luego proporcionarle una nueva inocencia" Gillo Dorfles
Con el propósito de problematizar los mecanismos de reconocimiento vigentes en el campo artístico, el Grupo Provisional ha presentado la muestra La tarja, integrada por 33 placas donde se conmemora la defunción simbólica de un conjunto de obras emblemáticas del arte contemporáneo venezolano. El carácter controversial de esta exposición, realizada entre el 22 de abril y el 9 de mayo en la Sala Mendoza, se origina en una premisa paradójica, según la cual el reconocimiento encumbra, pero mata, pues separa las obras de su contexto original y las coloca en una galaxia ficticia en la que habitan como fetiches. La propuesta se distingue por el manejo diestro de recursos intertextuales articulados de manera irónica y donde se conjugan el tono laudatorio de la Inscripción y el carácter lúgubre del soporte.

Juan Carlos Rodríguez, David Palacios, Juan José Olavarría, Domingo de Lucía y Félix Suazo se nuclearon en torno al Grupo Provisional en 1997. Desde entonces han desarrollado una estrategia de creación abierta, basada en las especificidades del contexto, hecho que les ha permitido incursionar en diferentes espacios, manteniendo con éstos un diálogo orgánico. La muestra colectiva El Salón, presentada en octubre de 1997 en un pequeño local perteneciente a una distribuidora de materiales de arte, fue concebida como un simulacro donde los artistas participantes, las obras y el curador eran de ficción. La fiesta del agua fue realizada entre el 6 y el 12 de abril de 1998 en una zona residencial urbana en el barrio La Bandera de Caracas. En ésta, la articulación de la experiencia se nutrió de problemas contextúales relativos a la escasez de agua y las implicaciones materiales y simbólicas que esta cuestión tiene para la comunidad. Finalmente, en Del prebacheo al montacargas, propuesta multimedios desarrollada el 20 de junio de 1999, planteaba similitudes entre el campo del arte y el sistema de producción. Para esto, el Grupo se trasladó a la planta de pigmentos para el arte de la empresa Artquimia.
Este grupo trata en realidad de aproximarse críticamente a diferentes campos de la actividad humana, gobernados por una serie de comportamientos más o menos reglamentados. Quizás es demasiado pretencioso o decente, pero las propuestas no están destinadas a la producción de objetos de deleite estético, sino al análisis crítico de los procesos y creencias que permiten la cohesión de los campos culturales, ya sean estos institucionales o alternativos. De ahí ia condición efímera de estas experiencias, el énfasis en lo performático y el uso de recursos de documentación fotográfica y audiovisual, según el carácter de la experiencia y las posibilidades del contexto.
La tarja es el proyecto provocador más reciente, concebido como una gran instalación. Trata de homenajear a través del soporte de las placas de condecoración (recurso altamente insignificante por su fácil accesibilidad) al grupo de artistas contemporáneos que durante los últimos 30 años se han mantenido en esa persistente tendencia. Simultáneamente, esas tarjas son usadas como un triste o laureado símbolo de defunción y, automáticamente, son también un panorámico ready-made de carácter histórico, que afortunadamente brinda la oportunidad de llevar el vacío que deja el pasado en la memoria. Así, estas obras tendrían otro tipo de continuidad en sus proclamas y harían resistencia al habitual castigo del olvido.
El espectador es inducido a ver hacia las tarjas con una cruel curiosidad. Las obras son irónicamente encerradas en una metáfora mortuoria para sepultarlas definitivamente o "provisionalmente", todo a través de una falsa dignidad dentro de una zona de nebuloso congelamiento.
Es importante señalar que los artistas incluidos en La tarja son aquellos que trabajan dentro de los parámetros del arte contemporáneo. Por lo tanto, están excluidos los nombres de Jesús Soto, Carlos Cruz-Diez y otros vinculados a las corrientes cinéticas y constructivistas. Sólo están aquellos que vienen actuando en nuestras barricadas
racionales y extranjeras, como Carlos Zerpa, Javier Téllez, Roberto Obregón, José Antonio Hernández-Díez, Meyer Vaisman, y los representantes de la generación más reciente, como Luis Romero, Diana López, Carlos Molina, Alessandro Balteo, Juan Nascimento, y otros.
El Grupo Provisional está fuertemente entrenado para realizar estrategias que impliquen múltiples esfuerzos técnicos, artesanales y conceptuales. En este sentido, muy pocas veces se han desarrollado experiencias multidisciplinarias como ésta que comentamos, pues en el arte venezolano de las últimas décadas ha predominado una actitud más conservadora y solitaria por parte de los creadores. Dos de sus integrantes —Félix Suazo y David Palacios— son artistas cubanos residenciados en el país. Por su parte, Juan José Olavarría, quien obtuvo su formación en Venezuela, está fuertemente Influido por la disciplina y profundidad crítica del arte de esa isla. Su enfoque artístico está muy canalizado hacia la discusión política. Juan Carlos Rodríguez, por otra parte, es un pastor de la iglesia evangelista, que actúa como tal en los barrios más pobres de Caracas. Domingo de Lucía, finalmente, es un artista que viene del medio empresarial.
Pese al precario valor estético de esta muestra —precariedad a veces característica del arte latinoamericano de la época colonial a nuestros días—, impresiona el poder explosivo que ella genera para la reflexión. Se siente el eco afónico y la angustiosa impotencia en la definición y ampliación de nuestro contexto sociocultural. También se siente la ansiedad en la búsqueda de respuestas en la pasada tradición del arte contemporáneo. En cierta forma, estos artistas se han reunido aquí para demostrar lo patético del rol del artista consagrado en Venezuela.
El gran logro de la muestra ha sido la múltiple interpretación crítica que produce esta instalación en el público, especialmente entre los artistas. Uno se molestó por haber sido incluidos, otros por no haberlo sido.
Las obras no estaban allí para ser descubiertas estéticamente, sino para servir como factor detonante de una discusión abstracta. Sin embargo, la metáfora de una morgue —más que de un cementerio— late en nuestra mente, para terminar en una pregunta que se ha repetido en varias oportunidades: ¿con qué autoridad pretende este grupo enterrar tres décadas de arte venezolano? ¿Habrá aquí una estrategia nueva de invasión-apropiación, no del trabajo, sino del prestigio del artista? Debido a su carácter lógicamente subversivo, La tarja se incluye al final de esta suerte de crónica, participando del mismo encumbramiento y falleciendo también junto al resto de las obras reseñadas en la muestra.
Quizá, un aspecto evocador de esta exposición es la influencia recibida de los métodos curatoriales y museográficos, en los que falsos argumentos se confunden continuamente con las verdaderas pretensiones de una élite especializada.
EUGENIO ESPINOZA
