Las formas juegan con el ojo del que mira, mientras que el color baila en las pinturas que Gachi Hasper presenta en el nuevo espacio de la Galería Ruth Benzacar. Son siete pinturas de gran tamaño que aún cuando respiran alegremente, por el enorme lugar que se les concedió en el montaje, compiten por su potencia entre sí por la mirada del observador. La serie de obras con colores plenos, acentuados, se opone a las de trazos contundentes, pero a la vez etéreos.
Hasper, nacida en Buenos Aires en 1966, es una de las artistas más representativas de esta década que concluye, en la que comenzó a darse un incipiente debate, aún no saldado, acerca de un arte presuntamente liviano que generan algunos artistas, contrapuesto al de carácter político que impulsarían otros. En este sentido, Hasper —en conversación con quien esto escribe— declaró que cree de todos modos, "que el arte por definición es inútil, es el abismo, entra en conflicto con el mundo en que vivimos. Me parece que el arte no tiene función social, si la cumple es inadvertidamente. Puede ocurrir que un artista tenga intenciones políticas, pero que su obra sea tan buena que supere esas intenciones y eso termine no importando. No creo que se pueda siquiera pensar en términos de 'el pueblo debe ser educado en el arte'. Mi obra no pretende enviar ningún mensaje. Tampoco es representativa de una sensibilidad femenina. Eso me importa fuera de la obra."

Lejos de plantear frías abstracciones y geometrías distantes, la pintura engañosamente seductora de Hasper elude las metáforas convencionales y no asegura significados irrefutables. Es un trabajo íntimo y honesto que corre por coordenadas estrictamente privadas, que no está dispuesta a revelar en su totalidad. No quiere condicionar al espectador; por lo tanto, tampoco pone títulos a sus trabajos. Algunos ven un componente místico, mientras que otros intuyen claves personales. Sólo ella sabe cómo se sentía el día que las pintó o a qué parte de su experiencia remite el color o la forma que empleó. Lo que sí se puede percibir es mucho de lo placentero de sus obras, algo de la inteligencia con la que las pensó, y la sensibilidad con la que las realizó.
"Las preguntas son más que las respuestas. Sin certezas," Hasper confiesa que en las pinturas de esta exposición vuelve a trabajar con sus errores. "Habitualmente trabajo sobre una grilla, un pensamiento matemático, pero mis obras no son perfectas, hablo de la imperfección, de la contractura. Utilizo fórmulas matemáticas secretas y una numerología absurda. Pero yo bastardeo, desarmo la grilla y cambio las variables. Uso la grilla para apoyar estructuras débiles". Hasper conoce los preceptos de la composición, pero se solaza en quebrarlos, porque "las reglas están para ser rotas".
Las tramas que inventa o que toma de la naturaleza, la calle, los bazares, objetos de la cultura de masas, diseños anónimos, reaparecen irreconocibles y de una manera nada azarosa. Pero lo que más le importa son la luz y los colores, que —dice— son la esencia de la visión. "La pintura es una construcción lumínica, pero la mente duda, no sabe si la luz es sólo un sueño, y la oscuridad —externa al cuadro—, la realidad".
El resultado es una obra que se ocupa sobre todo de la pintura. Se presenta con una festiva austeridad que libera el color, juega con la imperfección y solapadamente promueve la disolución. Sus arbitrarlas manipulaciones quedan camufladas por la tensión entre los colores, que constituye el verdadero drama, la verdadera teatralidad de su pintura.
Su interés por hablar de los problemas de la pintura fue evidente desde que comenzó a mostrar en 1989. Y aun cuando su trabajo atraviesa diferentes materialidades simultáneamente —casi siempre, pinta y, a veces, hace fotos—, todo le sirve para volver a hablar de la pintura, para debatir acerca de la dinámica misma del lenguaje pictórico.
Así, desde la lejana Argentina, se sintió libre para tomar cierta tradición de la pintura norteamericana, de las vanguardias constructivas, del arte concreto argentino, y mirar hacia atrás para saltar hacia adelante. Las audaces citas, por ejemplo, resistieron bien en el lugar de origen del minimalismo. Cuando expuso en la Galería Annina Nosei (1998) de Nueva York, sus piezas fueron bien recibidas.
Desde esa perspectiva, las obras de la muestra de Hasper parecen confrontar el pasado y también acercar un futuro promisorio, o por lo menos con algunos destellos esperanzados. Aunque sea por un rato, en la impecable sala donde reina la pintura, brilla la técnica y se instala el color. Desde donde no se ve el mundo, pero sí las obras de Hasper.
VICTORIA VERLICHAK
