En Santo Domingo, pocas exposiciones recientes han provocado tantas interrogantes como la individual de Fernando Varela, que se ha presentado en dos tiempos —casi simultáneos— y en dos espacios: el Centro Cultural de España y la Galería Larrama. La primera muestra proponía pinturas, instalaciones y ensamblajes, focalizada en el concepto del miedo, individual y colectivo, y plásticamente en la tridimensionalidad. En la segunda, a la vez eslabonada con la primera y diferente, el miedo fue desapareciendo, y la pintura triunfó como lenguaje de la introspección y los signos.
En el Centro Cultural de España, alojado en la antigua capilla de un edificio colonial restaurado, la instalación y pieza principal de la exposición tenía una dimensión intrínsecamente plástica, si se le miraba desde la segunda planta. Ubicada en el fondo de la nave central, lucía impecable en su estructura compuesta y sus proporciones. A ambos lados, pizarras negras parecían paneles hagiográficos, enmarcando un altar o una plaza sacramental.
Los espectadores convencionales, pidiendo a la obra de arte limitarse al aspecto visual, Inmediatamente captado por la mirada, podían sentirse satisfechos. Visto desde arriba, se destacaba el diseño perfecto, camino al minimalismo, con elementos estéticos permanentes: forma, espacio, textura, materiales. El colorido, con sus gamas apagadas, sordas y relajantes, llamaba a la meditación.

A distancia pues, la propuesta filosófica y sociológica no se percibía, y pese a las objeciones escuchadas por la necesidad de una lectura plural y progresiva, era de cerca cuando el conjunto cobraba toda su intensidad y sus atractivos. La instalación era portadora de una encuesta sobre el miedo como el sentimiento más frecuente en todas las sociedades y todos los hombres, aun en la totalidad de los seres vivientes, llegando hasta el terror y la parálisis de todas las facultades.
Confesiones expresadas por gente de distintas generaciones, acerca de sus temores respectivos, estaban transcritas en el piso y en un soporte circular, mientras los visitantes marcaban (y borraban) sus aprehensiones o juicios de valor en pizarras laterales. En la pared frontal, el texto de un filósofo alemán convertido al orientalismo conceptualizaba la esencia del miedo. Fernando Varela buscó una participación todavía más activa del espectador — ¡y vencer su miedo! —, al pedirle introducir su mano en la hendidura/herida, bordeada por púas, de un gran corazón/ urna de cerámica, y sacar un rollito de papel. Este reproducía el texto de la pared: el mensaje quería imponerse de cualquier forma, y que nos devolviésemos hasta el corazón sangrante... Nunca Fernando Varela ni otro creador dominicano había emprendido un proceso de toma de conciencia tan radical a través del arte. Nadie se había aproximado tanto al arte conceptual, pero haciendo coexistir las ideas y su proyección tangible. El discurso global, especie de exorcismo, finalmente pretendía liberar del miedo y traducir una investigación metafísica/sociológica al mejor lenguaje plástico.
Aunque había otras buenas piezas tridimensionales y una pintura, la segunda obra más impactante consistía en un políptico de cinco cajitas, medios mixtos e instalación de pared, que era un homenaje a Josef Beuys, probablemente el maestro a quien Varela admira más y se ha referido en obras anteriores. Al mismo tiempo que consigue preservar su personalidad original, el artista explica en varios "tiempos" la obra de Beuys: amor a la naturaleza, hojas y rosa, su flor preferida; los animales y el coyote, famosa performance para vencer el miedo. Los enigmas de la grasa y el fieltro, incluidos retrato y sombrero, con su poder de calor y protección. El expositor dominicano también trabajó con el cuadrado, una de las figuras geométricas predilectas de Beuys.
Fernando Varela se apropia de los signos y planteamientos venusianos, y simultáneamente recrea una obra de autoría inconfundible: líneas y proporciones, organicidad construcción, compromiso intelectual y signos. Luego demuestra cómo formatos muy pequeños adquieren una connotación de homenaje monumental, con base en elementos bien elegidos y meta-forzados.
La otra muestra de Varela fue presentada en la Galería Larrama, una sala privada de reciente apertura, cuya profesión de fe es el arte contemporáneo, sin importarle las preferencias del mercado local. Esa segunda exposición, si desconcertaba menos por incluir esencialmente pinturas y dibujos —o más bien pinturas sobre papel—, era de hecho más difícil que la primera. La participación del espectador ya no se definía por una integración a la vez visual, intelectual y corporal, se situaba en el reino de la estética pura y el concepto existencial.
Nuevamente la lectura se hubiera empobrecido, basándose únicamente en la exquisita proporción de los espacios, la dosificación minuciosa de los tonos, las texturas sofisticadas de la superficie. No cabía reducir la expresión a un proceso minimalista.
Dualidad, por cierto, el título de la única pintura de la primera exposición, conformaba el común denominador de casi todas las obras, pero no tanto a manera de una oposición entre Eros y Tanatos, la vida y la muerte, sino como dos etapas sucesivas, ambas positivas: el origen y la creación, el pensamiento y el lenguaje.
La pintura de Fernando Varela persigue el equilibrio interior, de fuente mixta, occidental y oriental. De ahí sugiere repetidamente un mándala, y recordamos la reflexión de Cari Jung: "La contemplación de un marídala aporta la paz interior, la sensación de que la vida ha vuelto a encontrar su significado y orden".
Aquí, ese signo y símbolo cósmico de armonía suprema puede ser un cuasi círculo, un espiral ascendente, dos grafismos simétricos. El mándala de Fernando Varela suele compartir la superficie con simples puntos (as) o un manojo de letras. Lejos de ser una confrontación con el vacío, significa una zona de paz o un concepto en gestación, que pronto se expresará. La propuesta metafísica deriva de la primera figura, sagrada y geometrizante, la compensa mediante un óptimo balance, formal y mítico. Se trata de un sustrato pluri-religioso en pos de la esencia, más que aferrado a un dogma particular.
Las letras fortalecen el enigma, si tratamos de ordenarlas en combinación semántica y descifrar un mensaje. Por el contrario, debemos reaccionar... como iletrados, meros testigos de un potencial expresivo, de un eslabón previo a pensamiento y lenguaje formulado en la cadena de la creación. Así, cuando Varela encola páginas de la Biblia, no pide que (re)conozcamos algún versículo, sino que observemos la presencia de las Santas Escrituras. De lo contrario, sus collages utilizarían cualquier periódico o libro.
Situada entre austeridad perfeccionista y sensibilidad sutil, la pintura de Fernando Varela va perdiendo su hermetismo cuando la mirada se prolonga. La imagen resultante comunicará una fuerte emoción estética a la cual, salvo una actitud obstinada ante esa clase de iconografía, el contemplador no resiste... Mirar culmina en fruición y recogimiento, sigilosamente transmitidos por armonías formales, componentes cromáticos, gamas mediatizadas: violencia y estridencias se rechazan. La creación artística sigue el itinerario de la Leyenda personal, como el héroe de El alquimista, de Paulo Coelho, y así mismo Fernando Varela triunfa... Si su primera exposición, en el Centro Cultural de España, se titulaba La magia del miedo, podríamos decir que en la segunda, presentada por Larrama, el miedo se desvanece y la magia se impone definitivamente.
MARIANNE DE TOLENTINO
