Exposición Individualoct 1999 - dic 1999· Por Ernesto Sosa

Carlos Márquez

Galería Pecanins

Joseph Beuys pontifica desde el trono de Inocencio X, revisitado por Francis Bacon, durante uno de sus performances, Cómo enseñar el arte a una liebre muerta; en el ángulo inferior el tapón de la botella del perfume How, en presentación explicateur, un pequeño conejo parece interrogar a la liebre muerta objeto de ese momento didáctico y solemne, y a la vez asimilar la sesuda explicación del artista. Hay un tono burlón, una vena sarcástica recorre las pinturas de esta serie que presenta el artista Carlos Márquez.

En la segunda más antigua galería de la ciudad de México, la fundada hace treinta y cinco años por las hermanas Pecanins, se presentó durante junio y julio la exposición Perfumes, de Carlos Márquez (Aguascalientes, 1956), con la que esta galería retoma el impulso innovador que la caracterizó durante las décadas de 1960 y 1970, en las que fue un espacio de experimentación y diálogo cultural entre esa ventana española a la modernidad y al mundo que ha sido Cataluña, específicamente Barcelona, y el México jubiloso que rompía con la escuela mexicana de pintura y la estética oficial.

Exposición Individual: Carlos Márquez — imagen 1
Carlos Márquez. How, parfum, explicateur. 1999. Acrílico sobre lela. 180 x 150 cm.

El perfume, considerado por Márquez como un elemento más de status dentro de la sociedad de consumo de bienes simbólicos, es el pretexto para trabajar sobre conceptos que refieren la historia del arte, la sociedad, la política y hasta la economía. Presentados en forma de grandes frascos o como seductores carteles publicitarios en soportes tradicionales de la pintura, como bastidores o telas, los perfumes son una síntesis de arte conceptual y plasticidad formal. La serie es significativa por ir a contrapelo de la tradición de la modernidad, que incorporó elementos extrartísticos en el arte, como la influencia de la escultura céltica o el arte africano en el cubismo de Picasso o el celebérrimo urinario de Duchamp, o el sinnúmero de objetos de consumo que el movimiento pop elevó a la categoría de arte. La incorporación más reciente se refiere a las obsesiones personales, las afirmaciones identitarias que proliferan en las manifestaciones artísticas contemporáneas y que convierten al mundo del arte en un universo en infinita expansión.

A diferencia de esta tendencia, Márquez utiliza las imágenes del gran arte, el gran estilo al que se refiere el escritor triestino, Claudio Magris, para incorporarlas a un producto pretendidamente masivo, pero cuyo filón publicitario se basa en su valor elitista y personal. Hasta aquí podría ser sólo la mirada de un esteta que se regodea en imágenes sugestivas (la mayoría de los trabajos poseen belleza formal, una de las categorías que la modernidad, y específicamente la edad de los manifiestos, expulsó del arte y que encontró refugio seguro en la publicidad), pero los perfumes contienen un referente cultural enmarcado en sutiles paradojas o contrastes que dan al conjunto de la obra un tono decididamente paródico.

Con esta acrobacia conceptual el artista lleva a cabo la celebración de los iconos que constituyen los cimientos culturales de Occidente, observados desde la periferia geográfica y cultural. Periferia que también es vista como mercado de bienes culturales y de consumo, que inundan con nombres y marcas en inglés o francés y que nos azoran con el paradigma de la primer mundialidad.

Sin duda, el concepto clave en este trabajo es la ironía, ironía que es a la vez crítica del arte convertido en mercancía, depositario de los valores del consumo y nostalgia evocadora de una totalidad perdida. En este último sentido, pareciera que sólo es posible la celebración del relato moderno del arte a partir del humor y de su transmutación en un objeto banal, pequeño y fragmentario, al mismo tiempo cotidiano pero cargado de cualidades excepcionales, como un frasco de perfume.

En Pedigree se habla del abolengo de la pintura del siglo XX. Al deconstruir El grito de Munch, utiliza el puente con los dos personajes grises del fondo, alegoría del expresionismo, y cambia al personaje central por una de las señoritas de Avignon, como homenaje a Picasso, al que se une la subversiva broma dadaísta de poner bigote a la Mona Lisa. Por fondo, un edificio fantasmal y metafísico de Chirico, y como cielo, un fragmento de un cuadro de Kandinsky. ¡Qué mejor celebración de los artistas vigesémicos que este melting pot visual! El cartel publicitario se crea cuando irrumpe sobre este fondo un brillante frasco de perfume cuya leyenda es avangardisateur, como una fragancia recomendable para quienes quieran incursionar en el arte contemporáneo con esencias claves.

En Duchamp, parfum sans arôme, se establece una analogía que deja en claro la paulatina desaparición del objeto artístico que ha conducido a la muy proclamada muerte del arte en nuestro siglo. Una botella a rayas con la imagen de La fuente al centro en presentación de vaporisateur, en la que Márquez busca reafirmar la idea duchampiana de que el arte puede prescindir de la manualidad y del objeto, como un perfume puede prescindir del aroma, sin que por ello pierda la esencia poética. A partir de esta concepción de lo artístico es que se establece un vínculo con el arte en forma lúdica en el que éste aparece como un referente atable, en una visión de mundo personal. Así el pintor ha elaborado perfumes que aluden a la Democracia como un perfume a cuentagotas, o Crisis, como la experiencia (económica) permanente, o bien Style, como parodia a la huella identificare del artista.

La banalización de los objetos artísticos por el consumo y el destino paradójico de los desafíos vanguardistas que, a decir de Octavio Paz, fueron sacralizados en el museo o adquiridos por una burguesía ávida en las subastas son elementos de crítica presentes en esta exposición. Que el arte no pueda vivir sino en él y con el mercado, constituye sin duda la más grande ironía del espíritu de rebelión que experimentó nuestro siglo. Los productos artísticos-carentes no sólo de su carga explosiva también han perdido su cualidad denotativa, son objetos mudos, símbolos de status que se van diluyendo, y no porque el concepto sea privilegiado por sobre el objeto, sino por su desgaste y rutinización en el mercado, hasta devenir fragancia.

ERNESTO SOSA

Carlos Márquez, por Ernesto Sosa | artnexus