La 23° Bienal Internacional de Arte Gráfico de Eslovenia es una espléndida realidad. Si, como se dice, hacer arte es un acto de fe, hacer grabado lo es por partida doble ya que, a pesar de ser el antecedente inmediato de la Imprenta, la obra gráfica siempre fue considerada como la versión más modesta del arte con mayúsculas. Así, organizar hoy una bienal de estas características y con estos ingredientes se constituye en algo milagroso, porque mientras persisten los viejos prejuicios frente al grabado, se asoman nuevos recelos de la mano del desarrollo de la informática.

La 23° Bienal Internacional de Arte Gráfico está organizada por el Centro Internacional de Artes Gráficas y se lleva a cabo actualmente, y hasta el 30 de septiembre, en la bella ciudad de Ljubljana. Creada en 1955, la Bienal ha invitado hasta el presente a más de 4.800 artistas de 80 países. El actual encuentro reúne los trabajos de más 50 artistas seleccionados individualmente y las obras de los artistas de los 30 países invitados, "por encontrarse entre los más activos..., componiendo el mapa gráfico del mundo". La presencia de América Latina estuvo garantizada esta vez por la participación de Argentina, Brasil y Puerto Rico.
En esta ocasión el gran premio de honor fue otorgado al artista británico Richard Hamilton, mientras que Brasil recibió la distinción al envío nacional de manos de un jurado liderado por el crítico francés Pierre Restany. Hamilton fue uno de los líderes del movimiento pop en Gran Bretaña en la década de 1950. Conocido también como pintor, comenzó en su juventud haciendo montajes con material fotográfico en donde fundía escenas de la vida contemporánea con el lenguaje de la publicidad. Las obras que le valieron la distinción se originan también en fotografías ampliadas en gran tamaño, impresas a través del proceso iris, un método que asegura la mayor fidelidad. Son escenas cotidianas tomadas en un baño, una oficina, una sala de estar, que, sin embargo, encierran una misteriosa presencia y una ineludible melancolía.
Durante la multilingüe inauguración, que incluyó las palabras del director de la bienal, Zoran Krzisnik, y la ejecución de música contemporánea eslovena por la orquesta filarmónica local, los invitados pudieron verificar la importancia que el país otorga a esta disciplina y a sus artistas.

La bienal —desplegada en cuatro sitios relevantes de la ciudad, mayormente barroca, con toques de Art nouveau y con cerca de 300.000 habitantes—es una prueba contundente del vigor del arte gráfico al fin de este siglo, y de sus numerosas posibilidades.
El lugar principal de exhibición, por su estructura y cantidad de salas, es la Galería Moderna, el museo de arte contemporáneo que ha sido desocupado momentáneamente para ser destinado casi en su totalidad a la gráfica.
A este espacio se le sumaron diez salas de exposición que se hallan en la sede de la bienal, ubicada en el elegante castillo Tívoli donde funcionan el centro dedicado a la promoción e impresión de las artes gráficas, y los talleres para el uso de artistas locales. El tercero de los espacios utilizados para esta ocasión es la Galería Jakopiceva, un centro cultural en donde aún se pueden ver vestigios de conquistas romanas.
La inauguración se concretó en la llamada "residencia Cankarjev" —un moderno edificio, centro de convenciones y acontecimientos culturales—, en donde está desplegada la obra de los premiados de la muestra anterior, entre ellos, el británico David Hockney, el japonés Kohei Wakatsuki y el argentino Leonardo Gottlieb.

Los creadores argentinos que representaron al país fueron Juan Lecuona, Matilde Marín, Teresa Pereda y Tiny Weil, y edifican pacientemente una poética nacional. Sus trabajos, en torno a la Identidad nacional, la memoria, los sentimientos, el cuerpo, contienen rasgos de carácter común que posibilitan un diálogo entre ellos y recrean la luz y textura del sur del continente americano.
Marín crea una sintaxis propia para poner a transitar en su obra los instantes próximos e insondables que ofrece la vida. Captó los gestos de sus manos, remedando un antiguo juego indígena que alerta contra lo inmutable. Mientras que Pereda recoge Imágenes y voces que remiten a la tierra tangible y al espíritu inasible de las culturas que conviven aquí y ahora. Por su lado, la obra de Lecuona parece remitir a la situación de los detenidos-desaparecidos de la última dictadura militar, al utilizar moldes de confección para trazar una suerte de mapa en dónde marcar y multiplicar las ausencias. También, de tanto repetirse, la apariencia del antiguo retrato infantil de Weil se esfuma hasta convertirse en un arquetipo que llama a explorar la identidad colectiva.
Por Idioma y herencia cultural, Puerto Rico es considerada como una de las representaciones latinoamericanas Según palabras de la curadora Myrna E. Rodríguez, la participación individual de Puerto Rico en acontecimientos artísticos Internacionales cobra suma importancia, puesto que permite exhibir el quehacer y la tradición de su pueblo. Es un hecho político. La selección polariza edades y experiencias artísticas. Mientras que el más joven e isleño, Martín García Rivera, incorpora elementos místicos y musicales afrocaribeños en sus obras de rica gestualidad, las piezas de la neoyorquina Susana Herrero Kunhardt reparan "tensiones urbanas" que se traducen en una cuidadosa ejecución. Finalmente, la premiada presencia del Brasil exhibe un arco de expresiones que tiene como soporte al papel de diario y que incluye la maravillosa literatura de cordel de J. Barros, las litografías de Feres Khoury, los grabados de Claudio Mubarac, pasando por la reproducción digital de Luiz Monforte. La doble instalación de Uiara Bartira completa la selección de la curadora María Bonomi, quien, recordando la comparación hecha por Van Gogh entre el trigo y el grabado, demostró que de éste nacen muchas vertientes, al igual que de una sola semilla brotan muchas plantas.
VICTORIA VERLICHAK

