Con una doble presentación y una veintena de obras en los dos lugares, la joven artista mexicana Yolanda Gutiérrez (nacida en 1970) expuso recientemente por primera vez en París, en el Musée du Jeu de Paume, en su calidad de tercera invitada del ciclo Americana, que consiste en presentar la obra de un joven artista latinoamericano al mismo tiempo que una importante retrospectiva (en este caso, Yolanda Gutiérrez compartió el sitio con la colección Pompidou); y en el Espace d'Art Yvonamor Palix, en el marco del ciclo Bajo el cielo gris de México, proyecto que presentará la obra de artistas jóvenes de México durante 1999.
En el arte de Yolanda Gutiérrez existen a la vez una relación con el cuerpo y una relación con la naturaleza, es decir esas dos formas de interacción con el mundo que el tiempo y la cultura separan o funden para hacer del arte una respuesta sensible a las preguntas de orden filosófico y existencial —y, por tanto, de identidad y del sentido de la vida— que se hacen los artistas. A nivel "formal" y en cuanto a las fuentes se refiere, sería interesante tener en cuenta que la joven artista mexicana ha integrado, conscientemente o no, la tradición de la relación con el material natural que otro mexicano, el pintor Francisco Toledo, ha experimentado continuamente en su obra prolífica y poliforme. Sin embargo, Toledo nunca ha hecho referencia deliberadamente a ninguna clase de posición ecológica, a pesar de la incorporación en su obra (o la fabricación) de objetos que incorporan espinas de pescado, caparazones de tortuga, conchas y ramajes, sin olvidar la utilización de productos naturales como la cochinilla y el papel amate (corteza natural). Si el punto común entre estos dos artistas, de generaciones tan diferentes, es la toma de conciencia de la materialidad fugaz y poética, así como de la estética de la naturaleza amenazada, la diferencia reside en la proposición plástica de cada uno (Toledo es pintor, grabador, escultor y ceramista) y su manera de "transformar" el objeto natural para darle una dimensión ontológica de obra de arte.
El propósito de este comentario no es el de establecer comparación alguna entre estos dos creadores, ciertamente semejantes, sino más bien el de comprender las filiaciones que esbozan la génesis de la obra precozmente madura de Yolanda Gutiérrez. Lo importante en este respecto es la implicación de la artista mexicana en una militancia ecológica "pacífica" (no violenta), a raíz de la creación en 1995 en la Universidad Autónoma de México de un grupo interdisciplinario que ofreciera una estructura científica a sus intervenciones sobre el paisaje. En México otras mujeres artistas de su generación, como Sylvia Gruner, o de edad mayor, como Helen Escobedo, también comparten esta preocupación ecologista. Esta última ha hecho varias intervenciones in situ, para denunciar las lluvias ácidas (Alemania, 1992), la extinción de las tortugas marinas gigantes (Costa Rica, 1993) o los desechos urbanos (México, 1990) —por citar sólo esas instalaciones— asociando en un solo evento varios discursos donde se revelan las dimensiones ideológica, humorística, estética y poética propias a su obra.
Lo que distingue a Yolanda Gutiérrez de estas posibles fuentes o de estos paralelismos fortuitos y lo que la distingue también de la gestión intervencionista de varios artistas americanos del LandArt y del arte povera, —aparte de ciertas obras de Mario Merz, como Haces de leña, o de Giuseppe Penone, como Soplos de hojas— es la búsqueda estética y poética, apoyada en la permanencia de una ética que refleja su respeto por los productos perecederos de los animales en la naturaleza (nidos, conchas, esponjas de mar). Su toma de conciencia ecológica conforta y enriquece aquella de Toledo, que parece más cultural e identificatoria que ideológica o incluso militante.

En el corazón del Jeu de Paume, una obra importante, emblemática, llamada Umbral, ocupaba el espacio principal: 28 pares de mandíbulas de buey (y madera) suspendidas por un hilo invisible, a alturas diversas y simulando el vuelo ("congelado") de extrañas aves sin edad. De esta migración intemporal se desprendía una cierta serenidad, en una flotación inspirada en donde toda violencia, toda crueldad supuesta, toda agresividad, toda idea de muerte, al fin, habían desaparecido en beneficio de un sentimiento de perennidad inducido por la evocación del animal transfigurado. En el entresuelo y en el Espace d'Art Ivonamor Palix, pequeños objetos recreaban e inventaban una naturaleza diferente, algunos a partir de elementos no naturales que evocaban una especie de algodón transparente (Capullo I, plástico e hilo de hierro, 1991), o a partir de fragmentos de cortezas de árboles que recreaban arquitecturas "primitivas" (Semilla de huracán, 1995, ensamblaje de cortezas de tabachin).
La mirada de Yolanda Gutiérrez es inquisidora: hurga, revela y exhuma; es el ojo del investigador, pero también de un mago que ama profundamente la naturaleza. Plumas, conchas, plantas...son escogidas y utilizadas como elementos estéticos asociados a hierbas, huesos, troncos, bambú, que ella sabe reunir y trenzar, antes de extirpar y recuperar los restos de vida (huesos, tripas, mandíbulas), como en Brote (huesos de buey, 1994), o en Entrañablemente (intestinos de cerdo y espinas de agave, 1995). Ella recompone y hace renacer, para crear una naturaleza utópica y poética de una delicadeza excepcional, que desconocemos, que sólo hemos soñado o que se ha perdido, naturaleza que nos devuelve a la simplicidad original cuando formas y funciones eran uno en la armonía nostálgica de un paraíso perdido (El sueño de la rama, 1997, hojas de eucalipto, palma y madera).
CHRISTINE FRÉROT
