Al apoyarse en ese paisaje que nos es común y a la vez totalmente personal, privado y único —las líneas de las manos—, la artista Teresa Gazitúa (Santiago, 1941) desarrolla un trabajo generador de imágenes grabadas, tanto en dos como en tres dimensiones.
Las palmas de las manos, de sus manos, los cientos de líneas, surcos y rayados, esa trama evocadora de dimensiones que escapan a la realidad y que, según algunos, es un mapa de la vida humana, contiene el origen morfológico de los trabajos ahora presentados. La investigación viene de años atrás y tiene resultados concretos anteriores, como el bello libro de la artista. Sus palmas están a la vista, son dos dibujos de algunas líneas, de 1998. Los trabajos actuales son un desarrollo más amplio del mismo tema, una elaboración sofisticada de la primera aproximación de hace ya algún tiempo.

Todo comenzó con una impronta de las manos entintadas, como si se tratara de una matriz. Luego la impronta se registró fotográficamente y se amplió. Tratada así, la configuración volumétrica de las manos desaparece y el foco de atención converge hacia uno o varios pequeños cruces de líneas —blancas sobre negro en la imagen impresa—, es decir, invertidas respecto a la forma viva que las origina. La inversión es doble, tanto direccional como lumínica o tonal. Es un primer paso hacia la radical abstracción que sustenta el lenguaje de la grabadora, el cambio de registro que va de lo orgánico a lo propiamente estético, del mundo de la biología al mundo de la expresión plástica, de la realidad física a la conceptualización sígnica. El punto de partida autorreferencial se diluye en el tratamiento que se hace de él. En el fondo, este análisis minucioso de una realidad ontológica, de ese ser peculiar que es Teresa Gazitúa, o de una parte de ella como son las palmas de sus manos, es un proceso de desconstrucción de la misma realidad, un proceso que persigue la elusiva realidad del arte.
Sobre la imagen impresa mediante registro fotográfico, la artista procedió a seleccionar algunas zonas, señaladas con pequeños rectángulos claros como campos de acción. Son áreas de cruzamientos, confluencias, nudos, podríamos decir, que le interesan particularmente. Y de esos mínimos núcleos, retrabajados con extraordinaria capacidad de síntesis, surgen las composiciones completas de los grabados. Dos o tres minúsculas líneas contienen la dinámica suficiente para generar poderosas configuraciones que fácilmente podríamos asumir como inspiradas en paisajes a escala sobrehumana. Y es que estos grabados sobre papel o sobre madera, pese a sus modestas dimensiones, parecen concentrar fuerzas evocadoras de un mundo mucho más amplio que el de su realidad física. ¿Habría una evocación recóndita, quizá involuntaria, de la cordillera chilena? A lo largo de su carrera, la grabadora se ha referido al paisaje muchas veces, en forma más o menos explícita.
En los trabajos actualmente expuestos, las formas son pocas. Y digo formas y no planos porque, especialmente en los trabajos sobre papel, la capacidad de sugestión espacial va mucho más allá de los tenues relieves que genera la presión ejercida por la prensa. Los intaglios de las matrices aparecen no sólo como imágenes planas, sino como verdaderos relieves. El espacio —que no la superficie— es elemento plástico fundamental en estos grabados.
Gazitúa no procede según la ortodoxia de cualquiera de las prácticas de grabado, en parte, porque le interesa desarrollar una investigación que aprovecha las posibilidades técnicas más novedosas, y además porque considera como muy agresivos los métodos tradicionales de mordido de la plancha mediante soluciones ácidas. Esto contrasta con el quehacer milenario del entallado, el grabar, el producir una huella permanente sobre una determinada superficie mediante el uso de un instrumento duro que altera la calidad misma de esa superficie. En los grabados sobre papel, las improntas o estampados finales son la resultante de verdaderos collages de diferentes matrices, e incluso de diferentes materiales, como acrílicos grabados directamente con buriles y punzones, o un fotopolímero trabajado con agua y luz. En sentido estricto, no existen planchas o matrices únicas de las composiciones que son la etapa final del trabajo. Las configuraciones toman forma poco a poco, y sólo las unifica físicamente el proceso de edición. La artista edita personalmente. Cada trabajo pasa una única vez por la prensa.
Los grabados en tres dimensiones cuestionan, en primer término, lo que significa una obra de arte grabada. El uso generalizado de llamar grabado a una estampa oculta muchas veces los orígenes mismos de esta manera expresiva. Los grabados se realizaron sobre objetos volumétricos, piedras, huesos, cerámicas o piezas de orfebrería, muchísimo tiempo antes de ser la estampa plana producto de una impresión. Quizá sea éste el sentido que busca rescatar Teresa al manejar soportes que son formas tridimensionales, volúmenes constituidos por bloques de madera de pino finger-joint. La forma elegida es la de un paralelepípedo de dos caras cuadradas y cuatro rectangulares, en medios cubos. Como en los grabados sobre papel, la artista ha trabajado tres tamaños. Los bloques son soportes, no matrices. Y el grabado está hecho mediante la impronta de matrices metálicas al rojo vivo. Matrices lineales, forjadas en varilla de hierro de construcción. Teresa intentó primero el cobre, pero le resultaba demasiado blando para su propósito. El hierro calentado imprime, graba su huella en la madera blanda. De paso, quema algo de las zonas inmediatamente aledañas, confiriendo cierta coloración al soporte. El gesto es definitivo e inapelable. Mientras dure el soporte, durará la huella, como en el ganado marcado a hierro. Teóricamente, el gesto se puede repetir para crear ediciones de varios ejemplares. Pero esto no es lo que más le interesa a la grabadora; de manera que estas piezas vienen a ser grabados únicos y no múltiples de una estampa.
Los surcos que se ahondan quemados en los bloques de madera contienen, retienen, atraen el espacio, lo llaman hacia ellos, son centrípetos, es decir, funcionan en dirección contraria a la de los grabados sobre papel, donde las formas parecen salirse de los pequeños cuadrados que son su continente físico. Las varillas candentes están aplicadas sobre varias caras del bloque, sugiriendo un recorrido y la manipulación hipotética de cada pieza. Cada plano, perpendicular a los planos aledaños, obliga a un desplazamiento visual, a un quiebre, como el viraje de un camino que vamos descubriendo paulatinamente.
Aparte del lenguaje esencialmente lineal, la cualidad común de estos trabajos sobre papel o sobre madera es la extraordinaria capacidad de síntesis, la economía de medios, ese hacer de cada trazo un contenido significante. Teresa Gazitúa persigue las esencias. Virtud que sobrepasa, con creces, la innegable belleza plástica de sus creaciones.
MARÍA ELVIRA IRIARTE
