Exposición Individualjul 1999 - sept 1999· Por Elena Oliveras

Silvia Rivas

Museo Nacional de Bellas Artes de Argentina

Las obras que integraron la muestra de Silvia Rivas (1957) en el Museo Nacional de Bellas Artes hablan del tiempo y, al hacerlo, toman en préstamo la imagen del mar. La artista contribuye de esta manera a dar forma a una de nuestras experiencias menos comunicables.

Si nada es más vivo que la experiencia del tiempo, nada resulta más difícil que su representación. "¿Qué es el tiempo?", preguntaba san Agustín. "Si nadie me plantea esa cuestión, yo lo sé, pero si alguien me lo pregunta, ya no lo sé", respondía perplejo.

Cotidianamente estamos atravesados por la experiencia de estar ubicados en un espacio y de vivir un tiempo que fluye. Pero representar ese espacio —una de las obsesiones de etapas anteriores de Rivas— y capturar el fluir del tiempo no resulta fácil.

Dar forma al fluir temporal es detenerlo y, por lo tanto, desnaturalizarlo, hacerle perder sus cualidades esenciales. ¿Dónde buscar entonces las imágenes que, por lo menos, nos aproximen a la representación de la experiencia temporal?

Exposición Individual: Silvia Rivas — imagen 1
Silvia Rivas. De la serie Marcas del tiempo, 1999. Técnica mixta. 90 x 90 cm.

Uno de los lugares privilegiados a lo largo de toda la historia ha sido el arte; precisamente en la posibilidad que posee de hablar de nuestras vivencias informes, a veces confusas, estriba uno de sus mayores poderes. Los trabajos de Silvia Rivas, pertenecientes a las series Marcas del tiempo, Imagen y semejanza, Objetos absurdos y Objetos semi-rreversibles, vuelven a mostrarnos esa rara posibilidad de las obras artísticas de dar imagen de lo que de por sí no la tiene. Por eso, son eminentemente simbólicos.

Rica en asociaciones, la imagen del mar da cabida a dos términos opuestos: la vida y la muerte. Porque si el mar alberga muchas formas de vida, no es menos cierto que sus movimientos atemorizan y remiten al acecho de la muerte.

El agua también es sinónimo de vida y poderoso agente de destrucción. Como tal ingresa en los trabajos de Rivas de principios de la década de los años noventa. Las series que exhibió en la Fundación Banco Patricios (1992) y en Santiago de Compostela (1993) fueron las primeras manifestaciones públicas de esa mitología personal.

Si en los años ochenta Rivas opta por la pintura, los noventa señalan su ingreso decidido en el campo de la fotografía. La fotografía como medio siempre me interesó, aunque no la había incorporado directamente a mis pinturas. La había utilizado a veces como punto de partida; luego me pareció innecesario reproducir la imagen fotográfica y decidí incorporarla porque era suficientemente expresiva en sí. Esta incorporación me llevó a utilizan otros soportes distintos de la tela en el bastidor.

Al partir de la fotografía, Rivas juega hoy, metafóricamente, con los múltiples elementos cercanos al mar. Lo confunde con la arena o con las babas de un animal, ligándolo, respectivamente, con el viento y el cuerpo.

Al protagonismo del mar se suma, en su obra más reciente, el del capullo de seda (representado o a veces directamente presentado); es semejante a un útero materno o a un huevo del que nace la vida. Pero ese blanco y suave contenedor es, como el mar, receptáculo de vida y de muerte. En otros momentos de un proceso evolutivo, podría convertirse en una mortaja. Los hilos de seda que, tensados, intentan demarcar zonas de tierra y de mar traen, asimismo, a un primer plano de la percepción la cuestión cada vez más incierta del límite entre las cosas.

De ninguna manera los trabajos de Rivas podrían ser considerados feministas. Sin embargo, parte de un sentimiento de lo fluido asociado a lo femenino, diferente de lo sólido tradicionalmente conectado a lo masculino. De esta manera, remite una y otra vez al cuerpo, nombrándolo a través de sus elementos líquidos; saliva, babas, flujos.

En la cuidada y extensa selección de obras que acaba de presentar el Museo Nacional de Bellas Artes, se han incluido objetos translúcidos y trabajos de técnica mixta sobre papel, tela, hierro y acero. En su totalidad, dan prueba de la influencia enriquecedora de la fotografía en la producción de la artista.

Impresa sobre soportes emulsionados, la fotografía ha sido sometida a veladuras y opacamientos. De apariencia generalmente pictórica, sirve a la connotación de ambigüedad y poesía que sella toda la obra de Rivas, rasgos que contribuyen a hacer de ella una de las figuras más atrayentes de la generación de los noventa.

ELENA OLIVERAS

Silvia Rivas, por Elena Oliveras | artnexus