En el ambiente artístico de Buenos Aires ya es historia conocida e incluso mitologizada: la originalidad de los artistas que expusieron en el Centro Cultural Rojas a principios de la década, acabó transformándose en moda.
En 1989, en un pasillo que desembocaba en el auditorio del Centro Cultural Rojas —una institución dependiente de la Universidad de Buenos Aires—, Jorge Gumier Maier comenzó a organizar exposiciones con algunos artistas que conocía por sus muestras en discotecas y bares.
Durante los ocho años que trabajó en el Rojas, Gumier Maier transformó ese pasillo en una galería, y a sus artistas, en las promesas del arte argentino contemporáneo. La curaduría general fue a la vez caprichosa y lo suficientemente contundente como para alcanzar legitimidad en el circuito de galerías, unidad en el discurso de la crítica y seguidores por doquier. Se trató, simplificando un poco las cosas, de una tendencia que exaltaba una estética ligada al kitsch y a lo doméstico, y la afirmación del arte como extravío de significados, como lugar para la belleza de las pequeñas cosas.

Sin embargo, la línea del Rojas no fue tan dogmática: aunque transversalmente, participaron en ella artistas consagrados en la década de los años sesenta por su combatividad política, como Pablo Suárez o Roberto Jacoby, y algunos artistas que trabajan en una línea más decorativa y preciosista, como Marcelo Pombo o Benito Laren.
En su conjunto, aunque finalmente haya logrado conquistar espacios legitimados incluso comercialmente, en sus comienzos el arte del Rojas fue tildado peyorativamente de light. Light significó, para los críticos, liviano, falto de todo ardor político, no comprometido con las problemáticas de su época. Gumier Maier enfrentó a sus contrincantes preguntándose con irónica elegancia: ¿Por qué esta
insistencia en reducir lo artístico a una actividad sensata, inteligente y alerta? ¿No lo estaremos confundiendo todo con una agencia de consulta para el estudio y la comprensión del mundo contemporáneo?
A fines de 1997, en el punto más alto de su prestigio como curador, habiendo realizado una muestra antológica del arte del Rojas titulada El tao del arte, Jorge Gumier Maier renunció a su cargo. Su sucesor fue Alfredo Londaibere, también artista, quien actualmente sigue programando la galería.
La muestra que Román Vitali (1969) expuso en el Rojas en abril es la segunda que este artista rosarino exhibe en la galería. La primera fue curada por el propio Gumier Maier. La muestra más reciente corresponde a la segunda etapa de la galería, pero tiene la cualidad de representar uno de los puntos más brillantes de una tendencia o un estilo que parecía estar agotándose, o al menos, dispersándose.
Desde hace años, Vitali trabaja casi exclusivamente con dos materiales: cuentas de plástico y luces. Las cuentas son pequeñas bolitas plásticas de colores translúcidos que, cosidas, se utilizan para confeccionar bisutería.
Vitali convirtió este material en una técnica delicada y obsesiva: enhebrando como un artesano las cuentas, hasta conformar una malla texturizada y brillante con la cual materializa ideas y sobre todo emociones.
Entre las obras más figurativas, presentó una pequeña y tierna casa que irradiaba luz, de la que salían, como pelos o estallidos, hilos de fibra óptica brillante. Había un enorme florero sobre una mesita, con abultadas flores rojas casi decó —evidentemente, una de las leyes del material es que en general el cosido de la trama determina una cierta geometría en el diseño—; una línea de cipreses movidos por la irrupción figurada de un viento que dejó sus copas regularmente torcidas; una gran lágrima celeste, y una gota roja, del tamaño de una cabeza, de diseño escalonado.
Cada una de estas figuras aparece cargada con una intensidad propia. La pequeña casa remite inmediatamente a una catástrofe, el florero asume y exalta su carácter decorativo, y la línea de árboles es, a pesar de su delirante artificiosidad, tremendamente melancólica y evocadora.
Una de las novedades de la exposición es que incluía una serie de obras que representaban personajes en estado crítico. El problema es una mujer con la cabeza incendiándose, en la que las llamas se apoderan de su pelo y sobrepasan la figura, como manchas rojas en la pared. La promesa es una mujer con las manos en posición de oración, parada sobre un pequeño pedestal frente a un espejo circular. Su cabellera está hecha con tiras de mostacillas amarillas que caen como un manto seis veces más largo que el cuerpo de su dueña. También hay una figura de hombre cuyo cuerpo está cubierto de motas celestes de las que salen larguísimos hilos transparentes como electrodos o algún extraño dispositivo médico.
En cada una de estas obras el exceso hace al drama y el sujeto aparece empequeñecido por las desmesuradas proporciones de ese drama. Todo tiene, sin embargo, un tono quieto, más triste que catastrófico, y tiene la forma delicada de un objeto-joya. Aquí radica la ambigüedad del operar de Vitali: incluso en las obras más abstractas, como los tubos fluorescentes recubiertos de una erupción generalizada de cuentas de colores, la estrategia es expresarse a través de los adornos, es decir, a través de una idea de belleza de cotillón que pierde su ingenuidad a medida que Vitali le va dando forma de tragedia.
INÉS KATZENSTEIN
