Exposición Individualjul 1999 - sept 1999· Por Marta Rodríguez

Olga de Amaral

Galería Diners

El lenguaje de Olga de Amaral ha permanecido sin mayores transformaciones en los últimos años, pero, así mismo, el interés y el gusto que se suscita ante la exquisita factura de sus piezas también permanece invariable, es decir, el hecho de volver a encontrarse ante sus tejidos sigue siendo una experiencia gratificante e impactante. Una de las características más persistentes de su trabajo radica en el diálogo que su obra establece con la arquitectura, rasgo que seguramente se debe al carácter mismo del tapiz que está concebido para pender o cubrir un muro. A este respecto, resulta pertinente lo que alguna vez comentó el arquitecto Rogelio Salmona: "La arquitectura se encuentra presente en toda la obra de Olga de Amaral. Arquitectura elaborada por el gesto ancestral del oficio repetido, insistente, obsesivo. Arquitectura enriquecida por la comunión con el paisaje andino, por la sutileza y la profundidad del color de la tierra minuciosa, apretada, ágil. Obra elaborada con materiales que se reconocen en el entorno, que comunica la emoción por lo sutil de la elaboración y que se imagina en el espacio, lo ilumina, divide, transparenta. Arquitectura que se complementa con arquitectura".

Exposición Individual: Olga de Amaral  — imagen 1
Olga de Amaral. De la serie Estelas doradas, 1996. Detalle de la instalación. Dimensiones variables.

Y es justamente a partir de las filiaciones que su obra establece con el muro y con el espacio arquitectónico como se puede analizar la instalación que hizo parte de su última muestra realizada en la Galería Diners durante los meses de febrero y marzo, cuando se exhibieron, con el nombre de Estelas, bosques y umbras, una serie de piezas de distinto formato en las que se afirma de forma rotunda el carácter sacro y ceremonial que ha caracterizado su producción a lo largo de esta década.

El recorrido de esta muestra que alternaba piezas provistas de un rico y refinado cromatismo, con otras trabajadas en tonos oro, culminaba en una sala longitudinal que se oscureció parcialmente; en ella se suspendieron aproximadamente doce piezas, siguiendo la estructura del espacio, algunas de ellas tejidas con materiales dorados que les conferían una presencia luminosa, radiante, con otras trabajadas en fibra oscura que actuaban en calidad de sombras, o a manera de ausencias. Este conjunto ofrecía a quien se acercaba a la entrada del recinto una poderosa y austera imagen, en la que el tiempo parecía detenido. A causa de la penumbra, las características táctiles de la obra de Olga Amaral se camuflaban, dejando ver únicamente la presencia de la tela, y afirmando de forma contundente ese carácter primigenio, ancestral, de muchas de ellas. La disposición escalonada de las piezas de borde absolutamente irregular invitaba a ingresar y recorrer el espacio, propiciando al espectador la experiencia de enfrentarse directamente a estas presencias, cuya altura está concebida a escala del espectador; una vez cerca de ellas, de forma muy sutil, se insinuaba la calidad de su tejido, que no presentaba mayores accidentes. La música andina que acompañaba el recorrido del visitante reforzaba el carácter de estas piezas que, como otras de Olga de Amaral, rozan un rigor minimalista que las engrandece aún más.

Esta nueva forma de disposición en el espacio tiene algo de teatral; dicho esto con buen sentido, pone en evidencia una nueva reflexión acerca de su propio trabajo, que tiene ya de por sí una amplia y reconocida trayectoria dentro y fuera del país.

MARTA RODRÍGUEZ

Olga de Amaral, por Marta Rodríguez | artnexus