En su afán por romper barreras y transgredir convencionalismos, el arte contemporáneo está desplegando su impulso hacia una especie de diáspora en busca de nuevos soportes y medios innovadores. Con base en esta expectativa, Nela Ochoa diseña una videoinstalación denominada Lejana, cuya arquitectura resulta del cruce de diversas disciplinas.
El texto de un cuento de Julio Cortázar proporciona el eje alrededor del cual la artista realiza un video en
donde las imágenes y las sentencias verbales se alternan en conjunción con expresiones propias de la música, la danza y el teatro. Para incrementar la resonancia persuasiva de estas pautas, organiza el espacio con criterios plásticos que envuelven al espectador en una tensa, desafiante y conmovedora atmósfera. La proyección se vale de dos pantallas separadas por un gran espejo central que permite reproducir la presencia y conducta de la audiencia. Este espejo también refleja la figura de un maniquí con la andrajosa indumentaria de Alina Reyes, quien es el personaje central del cuento aludido, y cuya actuación es asumida por Nela Ochoa, tanto en el video como en el mance con el cual se inauguró la obra en el Museo Alejandro Otero.

La relación de todos los medios literarios, visuales, auditivos, escénicos y plásticos se distancian e independizan de cualquier criterio de subordinación, para promover una extraordinaria sinergia espacial y ambiental. Es así como las sensaciones fluyen para acompañar el relato de Alina Reyes, quien recoge en un diario un dramático tránsito hacia una condición de extrema indigencia y carencias. En medio de este contexto, la artista recurre igualmente a testimonios autobiográficos al intercalar frases recogidas en viejos diarios, que permiten incrementar el sentido de alteridad y otredad, así como el de vivencia y simultaneidad, y el de iden tidad y ambigüedad, que señalan la esencia de los conceptos que nutren el desenvolvimiento de la obra.
Las interpretaciones e interpolaciones que hace Nela Ochoa a partir del texto de Cortázar, así como las resoluciones ambientales y las integraciones de multimedios que logra, se combinan magistralmente para promover diversos impactos emotivos, potentes efectos reflexivos e intensas resonancias intuitivas. En medio de estos sentimientos, pensamientos e intuiciones surge un entramado simbólico que no admite subestimaciones ni desgloses. En efecto, la juventud alegre, en contraste con la deteriorada mendicidad, produce una tensión de superlativa connotación anfibológica. Con palabras de Mario Trevi, podríamos afirmar que "El aferrar a los contrarios juntos, manteniéndoles en su oposición, es la operación simbólica por excelencia". En este caso, se promueven las conjugaciones de diversos contrarios, con lo cual se genera una especie de delirio esquizofrénico: somos lo que no somos o no somos lo que somos, sino lo que hemos llegado a ser por nuestra condición contraria. O de otra manera: somos lo que somos por saber lo que son otros y lo que tenemos de los otros, y por evitar lo que son otros.
Quizá, la pregunta esencial que desea discutir la artista es, precisamente, la de la identidad. El yo como soledad, el yo más otro como pluralidad, o el yo igual a otro como alteridad. El yo como ilusión gramatical (Nietzsche), y el yo como metáfora, el yo como parásito... en fin, ello como espejismo. En este punto, deberíamos recordar que, no por casualidad, en el rostro del maniquí que recibe de espaldas al público, hay un espejo en donde los espectadores sienten la tentación de confrontarse para interiorizar la apariencia de la precariedad física y del desconsuelo psicológico. Es posible que a toda esta intención, Nela Ochoa haya agregado el siguiente aforismo de Christian Boltanski: "El artista es aquel que sostiene un espejo donde todos los que se miran se reconocen, pero cada uno ve una imagen diferente".
La identidad nunca puede encerrarse sin conocer la otredad y la alteridad. Tampoco puede concebirse independientemente de la simultaneidad y de la ambivalencia, porque con Pascal podemos recordar que "la naturaleza humana es una mezcla de muchas naturalezas". La identidad es la consecuencia de verse a sí mismo después de ver al otro desde el otro, con el otro, frente al otro, por el otro y para el otro. Además, "para ser sí mismos necesitamos desprendernos de nosotros mismos para ser allí donde aún no somos" (Massimo Desiato). Definitivamente, con Jaspers podemos enfatizar que "yo no soy solo".
Pensamos que el texto de Cortázar es un pretexto para exponer el contexto y el intertexto de la identidad. Por eso, esta videoinstalación pudiera tener como subtítulos: "El símbolo del yo" o "El yo como símbolo". Incluso, esta intención se reafirma por la carga vivencial que asumió la propia artista durante la ejecución misma del video: asumió el papel de Alina Reyes y asimiló sus sensaciones de manera vivencial. Con ropaje andrajoso y sensación indigente, se paseó por lugares públicos, y fue así como pudo recoger las imágenes de desprecio, subestimación y abandono. Nadie vive lo oído ni lo dicho, sólo se vive con los acontecimientos que tocan la carne del cuerpo y la esencia del espíritu. Esta vivencia se intensifica mediante evocaciones autorreferenciales que, al decir de
Zuleiva Vivas, permiten que la artista "se descubra ante nosotros, abra sus diarios, deseche mordazas de tiempo y espacios, amplíe visiones de su interior... y decida conducirnos a ciertos territorios oscuros de la realidad y la ficción". En este proceso de desinhibición y de audacia, Nela Ochoa ratifica que su obra no pretende comunicar un relato ilustrativo ni describir asépticamente un acontecimiento. Su interés es más de carácter simbólico y conceptual. La fuerza simbólica la encuentra en el proceso de revelar y enmascarar, de esconder y manifestar, de simular y disimular. Ella sabe y cree, como Jung, que "un símbolo sólo está vivo mientras esté preñado de significado; más, cuando ha dado a luz su significado, el símbolo muere". A esto añade la profundidad conceptual que procede de intensas y secretas preguntas. Frente a esta intención, no queda otra opción que la de aceptar el planteamiento de Collingwood, cuando dice que "se puede comprender realmente un texto (u obra) sólo cuando se ha entendido la pregunta a la que responde". El problema es que, en el mundo de la estética, el arte de preguntar es el arte de seguir preguntando.
VÍCTOR GUÉDEZ
