Mujeres que instalan en Honduras

Iraida Icaza. Manos de Zoraida, Serie"13".1996. Impresión a color. 193.54 x 39.87 cm. Cortesía: Mónica Kupfer.

Colectivajul 1999 - sept 1999· Por Rosina Cazali

Mujeres que instalan en Honduras

Organización Mujeres en las Artes

Sin duda, las exposiciones exclusivas para mujeres ya no están de moda. Aludiendo a la importancia que ha tomado el concepto de lo "políticamente correcto", las actividades sólo para uno de los dos sexos quedan en cuestión o se les prejuzga como asunto que se desarrollará como una afrenta de principios ortodoxos, y evangelizadoras en torno a los conflictos de género. Sin embargo, la organización Mujeres en las Artes, con residencia en Tegucigalpa, Honduras, quiso jugarse el riesgo. En marzo realizó el primer encuentro de mujeres artistas, MUA Instala 99.

¿La importancia de decidirse sólo por mujeres? La respuesta es obvia. Si el arte de Centroamérica aún permanece con un pie en la invisibilidad para el resto del mundo, es aún más alarmante saber que predomina el esquema de no reconocer la contribución de las mujeres a la cultura. Una anécdota sucedida a la artista guatemalteca Isabel Ruiz ilustra bien el caso. Cuando fue invitada a participar en una exposición de arte de Guatemala en España, que solicitaba se mantuviera una visión políticamente correcta, donde el número de hombres igualara al número de mujeres, el curador de la exposición decidió invitar a Ruiz para cumplir con el requisito, mas no por el reconocimiento de su calidad artística.

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Isabel Ruiz. Diálogo/Monólogo, 1999. Instalación con carbón, sillas quemadas, clavos. Dimensiones variables.

Sin embargo, acciones como ésta, que carece de toda equidad, tienden a desaparecer. En los últimos años han aumentado en número y calidad las propuestas de artistas, curadoras, historiadoras y gestoras culturales. La actividad organizada en esta ocasión es prueba contundente de ello. MUA Instala 99 viene a sumarse a las iniciativas indispensables para la apertura de un espacio vital para las mujeres, donde se revisen y discutan estas carencias y se dé pie a estrategias que aseguren en el futuro la visibilidad de las mujeres en el arte, la investigación y el diálogo, así como la reunión de la documentación sobre lo que están realizando en materia de arte contemporáneo; lo cual ha sido, desde su formación, uno de los principales objetivos de Mujeres en las Artes.

Bajo el principio de que la obra de arte es una de las evidencias fundamentales que tienen las mujeres para constatar la importancia de su rol en la construcción de la memoria de una sociedad, se realizó una serie de exposiciones de artistas de Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua, Costa Rica, Panamá, Cuba y Puerto Rico. Asimismo, actividades de teatro, danza, presentaciones de video y cine, y un ciclo de ponencias que ilustraron diferentes intereses intelectuales. Más, en su desarrollo, carecieron de la profundidad y coherencia necesarias para estimular una discusión sobre los temas centrales que propuso MUA Instala 99.

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Regina Aguilar. Tragénica, reprogénica, errogenética: expresión máxima del control sobre la humanidad, 1999. Instalación. Dimensiones variables. Pinacoteca Arturo H. Medrano, Banco Central de Honduras.

Sin duda, lo realmente memorable fue el recorrido por los distintos recintos de la ciudad de Tegucigalpa, que abrieron sus puertas para recibir la obra de las artistas centroamericanas y caribeñas. La organización de las exposiciones se decidió por una representación individual, más un grupo de tres creadoras por país. Así, la selección de Costa Rica, a cargo de Virginia Pérez-Ratton, incluyó una magnífica retrospectiva de Priscilla Monge. Fue la oportunidad para encontrar piezas clave de su trayectoria, como los pantalones de toallas sanitarias, los bumeranes de insultos, y toda aquella parafernalia femenina que Monge elabora como estrategia transgresora frente a una sociedad autocomplaciente. Pero fue también un encuentro con el vídeo Lección de maquillaje, que, en el transcurso de sus imágenes, conduce a una reflexión sobre la violencia doméstica aplicada hacia las mujeres, y en forma inevitable desencadena un sentimiento elegíaco.

La muestra colectiva de Costa Rica, alojada en la Galería Portales, define un interés central por el cuerpo, a pesar de la presencia de tratamientos distintos, como las pinturas de Emilia Villegas, las xilografías de Sila Chanto y la obra de Karla Solano, quien juega con la transparencia y proyección de sus imágenes. La escogencia de estas tres artistas responde a la voluntad de mostrar a un grupo que define una ruptura en su contexto de origen. Según indica Virginia Pérez, son parte de una generación de creadoras que asume una posición reflexiva frente al objeto artístico y al proceso creativo en sí, inmersas en la realidad que Iris circunda, pero que paralelamente se cuestionan la pertinencia de su actividad artística en el marco de la globalidad.

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Priscilla Monge Pantalones, 1997. Toallas sanitarias. 120 x 65 cm.

La representación individual de Nicaragua correspondió a Patricia Belli. Hasta hace poco, la obra de esta artista sobresalía por el uso de materiales blandos, especialmente textiles y trapos que daban una referencia inmediata de la ropa de segunda que viene a nuestros países como desecho y "donación" del Primer Mundo. Pero hoy ha ganado mayor profundidad al introducir sus objetos y esculturas en los laberintos de la poética cotidiana. Esta la ha dotado de ese espacio de conflicto necesario, que provoca tensión al mismo tiempo que evoca ideas y conexiones ineludibles entre la vida de todas las mujeres.

Con una diferencia técnica radical en relación con el trabajo de Patricia Belli, las artistas nicaragüenses Patricia Villalobos, María José Álvarez, Claudia Gordillo y Celeste González utilizan la fotografía para documentar o sugerir el proceso de reafirmación y lucha en contra de la discriminación social, racial y sexual que atraviesa en la actualidad la mujer nicaragüense. En el trabajo de Gordillo y Álvarez, es obvia la tradición de Manuel Álvarez Bravo, donde se documentan los hechos y el espíritu antropológico de quien porta una cámara, la máquina "cazadora de cabezas" o excelencia. Pero, sin sacrificar el ángulo intimista, estas mujeres, que preferentemente retratan mujeres, a través de una obra que denota madurez técnica y de concepto, subrayan el valor de la complicidad y el conocimiento mutuo que se establece entre las autoras y sus modelos. Lo cual, más que captar una serie de rostros impersonales, da como resultado el enriquecimiento y dignificación de las mujeres nicaragüenses.

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Patricia Belli. La casa doméstica, 1999. Instalación con objetos diversos. Museo Nacional, Antigua Casa Presidencial, Tegucigalpa.

La selección de las artistas panameñas, a cargo de la curadora Mónica E. Kupfer, nos presenta un panorama fresco e interesante del arte contemporáneo de Panamá, a través de la obra, con referencias a la imaginería popular, de Victoria Suescum, las esculturas elaboradas en vidrio de Isabel de Obaldía y la obra fotográfica de Iraida Icaza. El buen ejemplo de fotografías de Icaza, donde aflora la poética personal de la autora, tanto como su pasión por la naturaleza, es un raro encuentro con la minuciosidad de un científico que colecciona objetos preciosos, y con el purismo técnico. En este sentido, la obra de Icaza coincide con la de Sandra Eleta, quien usa las técnicas clásicas de reproducción de la fotografía para registrar la extraordinaria belleza de la gente y la selva que corre a lo largo del río Chagres, un importante afluente para la vida de los panameños y parte imprescindible en la conformación de su historia. A riesgo de parecer una obra tradicional, la obra de Eleta viene a ser una lección de conocimiento profundo de su país, especialmente a través de su video Por los caminos del Chagres Emberás, hijos del río.

Las obras de instalación de las artistas guatemaltecas Diana de Solares, María Dolores Castellanos e Irene Torrebiarte contrastan con la de Isabel Ruiz, lo cual, como argumento recurrente, implica un homenaje a los caídos en la guerra en Guatemala, y se construye con materiales rústicos como el carbón, los clavos y la madera quemada. En el caso de De Solares, Castellanos y Torrebiarte, las preocupaciones coinciden en el tema de la casa, la deconstrucción de sus significados y las metáforas construidas a través de la intimidad de sus habitantes con este espacio físico y mental. La obra de María Dolores Castellanos nos remite a las pre concepciones de sutileza y fragilidad aplicadas a la mujer, a través de cuatro recipientes de azúcar expuestos a los efectos del tiempo y la intemperie. La instalación de Irene Torrebiarte, empapada del principio de Lao Tse donde lo no existente del medio de una olla es lo que realiza su efectualidad, y la distribución de pequeños conjuntos de almohadas en los lugares menos esperados, nos obliga a percibir el espacio en forma distinta, y a sugerir cómo éste hace parte de nuestras vidas. Diana de Solares parte de la mirada de Bachelard sobre los valores de una casa: los positivos de protección, y los oníricos, que implican el aburrimiento, la soledad y la ensoñación. Una serie de imágenes fotográficas de objetos cotidianos, o de niñas dispuestas en cajas de cartón que el espectador debe de abrir y cerrar a su antojo, recuerdan ese primer universo que todos tuvimos durante la niñez, y evocan un nexo con el pasado, el presente y el futuro de todo individuo.

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Sandra Eleta. El cangrejero, 1998. Impresión fotográfica en gelatina de plata. 7,8 x 7,8 cm. Cortesía: Mónica Kupfer.

La reunión de las obras de las cuatro artistas en el Museo del Hombre Hondureño —dato curioso e irónico— produce un interesante diálogo entre visiones irreconciliables sólo en apariencia, pues proceden, al fin y al cabo, del mismo contexto. Como uno de los aspectos más interesantes del conjunto, las analogías y correspondencias se hacen tan claves como los contrastes.

En el edificio de la Galería Nacional de Arte se alojó la obra de Marta Eugenia Valle, de El Salvador, única artista participante por su país, quien presentó una serie de dibujos de gran formato y objetos realizados en materiales poco convencionales. Uno de los más logrados consiste en un soporte de tela metálica que sostiene un fragmento de musgo natural. Este contraste entre la frialdad de los materiales industriales y la frescura de un elemento extraído de la naturaleza sugiere lecturas interesantes y provoca connotaciones inmediatas, pero de gran riqueza. Sin embargo, algunas de las piezas, elaboradas a la sombra del ya gastado recuerdo de Frida Kahlo caen en la obviedad.

El panorama del arte de Centroamérica y el Caribe se complementa a través de las participaciones de Lidzie Alviza, de Cuba, y de María Perales, de Puerto Rico. Por Honduras, Johanna Montero, Alejandra Paredes y Regina Aguilar, quien merece una especial mención. A pesar de que la obra de Regina Aguilar tuvo fallas técnicas y, en este caso, no es de las piezas más logradas de la artista, su valor reside en el riesgo de introducirse a las nuevas prácticas artísticas, y su voluntad de explorar y discutir temas complejos como la nueva cultura de la clonación, la genética y la penetrante influencia de la tecnología en la vida del individuo; aun desde países como los nuestros, donde se convive diariamente con lo impredecible y se digiere la alta tecnología en forma sui generis. Dentro de las actividades colaterales de MUA Instala, la presencia de los cortos de cine y el video muestran la poca exploración que se ha hecho en este medio, pero también la riqueza que se vislumbra a través de contadas experiencias, como la producción de Luna Films de Nicaragua, No todos los sueños han sido soñados, dirigida por María José Álvarez y Martha Clarissa Hernández. Asimismo, la producción de Pituka Ortega-Heilbron, una de las poquísimas mujeres activas en el campo de la cinematografía en Panamá, quien presentó el corto titulado El mandado, una producción de ficción que aborda el problema del abuso infantil y los valores sociales. Isabel Juárez y Beate Neuhaus, del colectivo Luciérnaga de Guatemala, el video Alcemos la voz, Alejandra Pérez de Costa Rica, La caja de los besitos, y Marisela Bastillo y Lourdes Ochoa, de Honduras, el cortometraje Alto riesgo, dueño de una dinámica y coherencia asombrosas.

El impresionante contraste entre una ciudad recién afectada por el paso del huracán Mitch y una organización pulcra y llena de entusiasmo dio la pauta para encontrar en Honduras una energía positiva. Sin duda, ésta es una de las claves en el proceso de autoafirmación de las mujeres en una sociedad centrada en la autoridad masculina. Pero, haciendo a un lado los discursos de tinte feminista, podemos decir que el aporte fundamental de la actividad fue reunir tantas formas de ver a las mujeres, y sacar a la luz ese sentimiento común e hilo conductor de nuestras pasiones y sentimientos, dudas y sueños, de realizar la obra de arte como si se emprendiera un ritual.

ROSINA CAZALI

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