Exposición Individualjul 1999 - sept 1999· Por Víctor Guédez

María Teresa Torras

MACCSI

La voluntad escultórica de María Teresa Torras se reconfirma mediante la plenitud de la instalación que, bajo el título Código X, se expone en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber. En efecto, aquí el carácter volumétrico de cada elemento se afirma singularmente y contribuye de manera sustantiva con un conjunto abarcador y orgánico, en el cual las dimensiones particulares y la sinergia de la totalidad conviven con una asombrosa vigencia. A nuestro juicio, ésta es la primera y más inmediata cualidad de esta realización, ya que la artista no asume la instalación como una instancia distinta de la conformación escultórica; más bien la concibe como una escala monumental que resulta de la combinación de monumentalidades congregadas.

Sobre la base de ese enfoque estético, María Teresa Torras le otorga a sus piezas, y al conjunto en general, un carácter abstracto y una naturaleza simbólica. Aquí no hay anécdotas ni alusiones, tampoco se identifican elucubrados conceptos ni especulaciones esotéricas. Más bien hay sensibilidades e intuiciones que se combinan con cualidades de disciplina y oficio para generar contundentes resonancias plásticas, y para convocar impactos perceptivos muy plurales. Pero a todo esto se añade, desde luego, el recio temperamento formal que siempre ha acompañado a sus ejecuciones, así como la capacidad emblemática que tradicionalmente ha sellado sus proposiciones.

Exposición Individual: María Teresa Torras — imagen 1
María Teresa Torras. Código X, 1998. Instalación en madera. Dimensiones variables.

Desde un punto de vista descriptivo, debemos subrayar los variados juegos plásticos que son promovidos a partir del recorrido frente a la obra. La instalación tiene la virtud de moverse simultáneamente sobre dos extremos que —más allá de sus aparentes condiciones irreconciliables— se conjugan en un mismo estatuto resolutivo. Para favorecer este ambivalente encuentro, María Teresa Torras traza formalmente una enorme "X", de 144 metros cuadrados, que no disimula una cierta intención minimalista. Sin embargo, sobre los enormes brazos de este elemento geométrico y rectilíneo se colocan 32 módulos (8 dobles y 16 simples) que se recombinan en variadas articulaciones. Cada uno de ellos se deriva del desdoblamiento de sus originarias formas cilíndricas. Es así como el comportamiento perceptivo de dichos módulos ofrece curiosos entrecruzamientos que se traducen en perfiles múltiples, en donde lo plano y lo curvilíneo se integran para ofrecer efectos simultáneos de quietud y movimiento. Estos patrones se nutren de una curiosa sensibilidad constructiva. Surge, entonces, un interesante cruce entre lo esquemático de la X de base y lo estructurado de los módulos que ella soporta. Uno y otro código eliminan aquí sus diferencias para promover la coherencia orgánica de toda la composición.

Pero los alcances ambivalentes de la instalación proliferan al comprobar otras significativas convivencias. En efecto, a la quietud estable y reposada de la X, se añaden las sensaciones dinámicas de los cilindros entrecruzados y fragmentados que parecen rodar sobre los ejes proporcionados por la base. En este sentido, la estabilidad y el dinamismo suman sus efectos para incentivar la curiosidad del observador. También afloran los desafíos de lo simétrico, representado como cruce de partes iguales, que se complementan con los estímulos de lo asimétrico que procede de la distribución y del carácter particular de cada módulo. En el marco de estos múltiples juegos de sensaciones y percepciones, la apariencia fría y aséptica de la X termina por convertirse en simulación de monorrieles sobre los cuales podría fomentarse el desplazamiento de los elementos. Esta concurrencia de sugerencias admite un aspecto lúdico de la resolución, el cual se refuerza con el entrecruzamiento de círculos y equis que dejan de ser opuestos para fusionarse en cada módulo. El encuentro de los extremos se convierte aquí en la síntesis de una paradoja: cada elemento es lo que es como consecuencia de ser dos cosas a la vez, dos cosas que además pueden ser origen o destino de cada pieza. Este juego de ambivalencia también puede expresarse de otra forma: las X no son redondas, pero pueden llegar a serlo por el ingenio de un diseño.

Pero más allá de la acepción lúdica del proyecto, debe rescatarse la carga simbólica que aflora desde el fondo de esta instalación. La identificación y explicación de esta cualidad la plantea claramente María Luz Cárdenas cuando afirma que la obra de María Teresa Torras remite a la "intersección e integración del espacio y el tiempo. Pero, por otra parte, una X está compuesta de cuatro momentos, y el número cuatro contiene un fuerte ascendente simbólico, pues remite a la ordenación del Cosmos en el plano místico e integra los principios activo y pasivo. Cuatro son los elementos originarios de la Creación (tierra, agua, aire, fuego); cuatro, los puntos cardinales (este, oeste, norte, sur); cuatro, las fases de la Luna (llena, creciente, nueva, menguante); cuatro, las estaciones del año (primavera, verano, otoño, invierno); cuatro, los momentos del día (amanecer, mediodía, atardecer, noche); cuatro, las edades de la vida (infancia, juventud, madurez, vejez); cuatro, según Jung, son las funciones de la psiquis (percibir, intuir, sentir, reflexionar)".

Podríamos decir que las nociones de simulación y disimulación, así como de juego y de símbolo, adquieren un estatuto de legitimidad, toda vez que el presentar los contrarios juntos, sin desechar su oposición, es la suprema afirmación de lo simbólico. Por eso, el símbolo siempre genera e incentiva una elevada tensión. A María Teresa Torras no le importa cuál es el origen y cuál es la consecuencia en esos efectos; a ella lo que le interesa es que el arranque y el final de sus resoluciones se confundan deliberadamente en un mismo afloramiento estético. Realmente, todos los aspectos que nutren su obra se condensan en lo que podríamos llamar un geometrismo lúdico y lúcido, en donde los signos se convierten en símbolos de una suprema paradoja: decir mucho, sin pretender decir algo, o promover el silencio con el decir mucho.

VÍCTOR GUÉDEZ

María Teresa Torras, por Víctor Guédez | artnexus