María Teresa Pardo, a través de su trayectoria iniciada a fines de los años setenta, ha explorado distintas posibilidades que ofrece el trabajo escultórico, y en cada una de sus etapas se hace evidente un interés por la materia y por las relaciones que los objetos establecen con el espacio que ocupan, bien sea con el muro, con los recintos abiertos o con los espacios cerrados, tal como sucedió con el trabajo realizado durante su estadía en Barcelona en 1989, cuando adelantó estudios en la escuela de Bellas Artes de la universidad de dicha ciudad. Durante su estadía realizó el proyecto titulado Viaje, conformado por dos instalaciones, en el que encontramos algunos rasgos que permiten comprender las características de su trabajo actual, titulado Memoria, exhibido en la sala 1 del Museo de Arte de la Universidad Nacional, durante el mes de abril. Estos elementos comunes son la utilización del sonido, en aquella ocasión el canto de las ballenas, la atmósfera oscurecida de la sala y la presencia de pequeñas barcas que también podrían ser semillas, que se realizaron en yeso.
En ambos trabajos encontramos una serie de motivaciones que podríamos denominar de orden romántico, en la medida que son motivados por un sentimiento hacia la naturaleza que María Teresa Pardo comparte con aquellos hombres que a comienzos del siglo XIX padecieron profundamente la escisión radical que la cultura y las formas de vida occidentales imponen entre naturaleza y hombre, pero, a diferencia de ellos —quienes concebían a la naturaleza como una fuerza absoluta e imperecedera, como una entidad suprema, infinita y potente—, María Teresa Pardo comparte con los hombres de hoy la plena conciencia de su fragilidad y su inminente destrucción. Los elementos que conforman su actual trabajo están impregnados, en varios sentidos, de romanticismo, en la medida que con ellos se realiza una celebración de la naturaleza, y a la vez se erigen como una posible memoria, como el recuerdo de una cosa pasada, pues la naturaleza se presenta como una entidad que, posiblemente, dejará de tener presencia en el futuro, de manera que de ella sólo prevalecerán sus huellas, que serán el testimonio de una ausencia.

La instalación se realizó en un espacio de forma rectangular, las paredes y parte del piso fueron pintados en un gris profundo, mate, que ayudaba a acentuar el ambiente de penumbra que se lograba con la iluminación, que sólo se dirigía sobre las diez piezas adosadas al muro en el fondo de la sala. Cada una de ellas, que tenían casi la misma altura de la pared, fue realizada con la técnica de mortero reforzado, que implica un trabajo laborioso y lento. Su apariencia eminentemente orgánica recibe su forma y su textura en el momento que se trabaja con la arcilla donde quedan capturadas todas las acciones a las que recurre María Teresa Pardo durante el proceso de modelado que, dado el tamaño de cada una de las piezas, implica actividad manual y manejo de espátulas, y también involucra el peso y el movimiento de todo el cuerpo, de manera que en ellas se recogen los gestos de la artista, y en ellas parecen confluir las experiencias adquiridas a lo largo de su trayectoria, el trato con el material y la forma y su destrucción. Estas piezas poseen el color natural de los materiales, que a veces dejan ver tonalidades rosas, en ocasiones ligeramente verdosas, y se dispusieron siguiendo un determinado ritmo en el que se juega con la longitud y el volumen de cada una, a veces cóncavo, otras veces más convexo.
Jugando con una ligera diagonal, frente a ellas, un poco distanciada y sobre el piso se colocó una barca de tamaño natural, realizada en un material en apariencia muy similar al de aquéllas, pero mucho más liviano; su principal función consiste en albergar en su interior la imagen de un video estructurado en dos tiempos de 15 minutos de duración cada uno. En el primero se recogen imágenes acuáticas filmadas por María Teresa Pardo en las playas del parque Tayrona, que se inician con una visión panorámica del mar, que se va reduciendo hasta captar sólo el ciclo de nacimiento y muerte de la ola sobre la arena, secuencia y que se repite una y otra vez, que es interrumpida con las imágenes, captadas con cámara fija, del movimiento del agua dulce y cristalina de un río, que permiten ver la vida que fluye y habita en él. Después de estas imágenes, el video regresa al ciclo de la ola que viene y va; al finalizar los 15 minutos, la imagen se diluye mientras el sonido del mar, que ha estado escuchándose todo el tiempo, se va silenciando hasta quedar como una lejana música de fondo al canto de un indígena huitoto que eleva su voz pidiendo que después de la cosecha, la tierra recupere todo su vigor. Mientras esto ocurre con el sonido, en el video sólo queda como imagen un chorro de luz violácea sobre la barca; después de otros 15 minutos, se retorna a la imagen inicial.
Quien se iba acercando a la sala era recibido desde lejos por el rumor del agua, que se constituía en una invitación a entrar; una vez que el espectador ingresaba al interior de la sala, se hallaba sumergido en una atmósfera en la que el sonido dejaba de ser rumor para convertirse en la presencia contundente del agua, que invadía la sala. Según el espectador se colocara en distintos ángulos, podía vivir experiencias diferentes. Si se ubicaba en una esquina de la barca, podía ver cómo fluía constantemente el agua sobre la barca, mientras en la pared del fondo estos enormes cascarones se unían con sus ondulaciones al ir y venir de las olas, con ellas al ir y venir del tiempo, y, en la observación atenta de su forma y textura, se advierte que sobre su superficie ha pasado una y otra vez el agua como fuente de vida y de transformación. Muchos permanecieron largo rato observando tan sólo el video, que en sí mismo ofrecía una experiencia completa. Quien optaba por acercarse al muro posterior podía experimentar de forma directa la contundencia del material utilizado, la densidad y el peso de cada pieza, que pueden entenderse como una especie de fósiles o de cáscaras en las que se preservan huellas, vestigios de una vida que fue y ya no está, son presencias que llevan en su forma y su superficie la impronta del tiempo, con lo que se está haciendo énfasis en la idea que guía el sentido de la instalación (la memoria, en los términos enunciados, es el recuerdo que, en virtud de su materialidad, se constituye en huella). Habitar la instalación de María Teresa Pardo da sentido al término memoria en una de las acepciones que de ella da el diccionario: aquella potencia del alma por medio de la cual se retiene y recuerda el pasado.
MARTA RODRÍGUEZ
