Julio Zachrisson es uno de los artistas panameños más reconocidos en el exterior. Su larga carrera artística, desarrollada principalmente en España donde ha vivido desde 1961, culminó recientemente cuando le fue otorgado el prestigioso —y bien merecido— Premio Aragón-Goya por su labor en el grabado. Su hoja de vida incluye estudios en México, Italia y España, así como múltiples premios y exposiciones en Europa, Estados Unidos y América Latina. Sin embargo, Zachrisson nunca ha dejado de ser panameño. La personalidad extrovertida, el acento y el vocabulario vernáculo que lo caracterizan reflejan sus orígenes, como lo hacen los temas que surgen en sus trabajos artísticos. Es un personaje intenso, con mucho mundo, pero que nunca ha perdido contacto con sus raíces.
Su fama la adquirió como grabador. Las aguafuertes, puntas secas y litografías que ha creado desde los años sesenta son fiel testimonio de una extraordinaria habilidad técnica y de una febril imaginación. Aquellas obras surrealistas, llenas de personajes y de historias, enfocaban temas relacionados con la literatura, la mitología, las leyendas y el folclore urbano de Panamá. El dibujo cuidadoso y el mundo detallado de aquellos grabados poblados de figuras grotescas daban testimonio de las conexiones que existen entre Zachrisson y la tradición artística de España, artistas latinoamericanos como José Luis Cuevas y la realidad social y política de Panamá. Los personajes a quienes Zachrisson ha dado vida con sus trazos inquietos sobre las planchas de grabado son vivos, volumétricos y sexuales, reales pero a la vez imaginados.

Zachrisson también ha creado un cuerpo de trabajo en pinturas sobre lienzo, obras que vimos por última vez en Panamá durante su exposición Obra pictórica, 1984-1993, presentada en el Museo de Arte Contemporáneo hace seis años. Inicialmente, sorprendió la manera como se diferenciaban las pinturas de sus grabados. Los óleos enfatizaban en el diseño bidimensional y en el color más que en el volumen, con colores planos e intensos, bordes definidos y brochazos casi invisibles que dejaban poca evidencia de la intervención del artista sobre el lienzo. Sin embargo, aún estaba presente en estas obras el humor de Zachrisson y su relación con Panamá. Visualmente, las obras recordaban las molas que cosen las indias kunas de San Blas, en las que colores vivos aparecen superpuestos unos a otros, creando bordes que, como aureolas, repiten la forma inicial. Asimismo, las figuras deformadas y los títulos dejaban entrever el sarcasmo y los temas de siempre. Estaban Eva, con su culebrón; la histérica figura de la mujer Despavorida: la Bruja kuna rodeada de gusanos/espermas, y la muy Mal sentada. Los hombres, por su parte, fumaban, comían, componían y tocaban música; y la naturaleza estuvo representada por el loro que en el interior de Panamá llaman Cazanga, y la hoja del Bijao, que en el caso de Zachrisson envuelve a una mujer, en vez de un tamal.
Es dentro del contexto de su trayectoria que se deben considerar las obras recientes que Julio Zachrisson presentó en la Galería Habitante de la ciudad de Panamá a principios de este año. Esta exposición consistió en una serie de trabajos en técnica mixta sobre papel, con los que Zachrisson volvió a sorprender. No se trata ya de grandes lienzos, sino de dibujo-pinturas a color, de proporciones pequeñas, casi personales. Aunque en cada obra hay un elemento central como en sus pinturas anteriores, ahora todo es más sutil. Los formatos son más íntimos, el dibujo más delicado y los colores más discretos. Volvemos a percibir la habilidad de dibujante en los trazos y el uso del claroscuro que recordamos de sus grabados.
A su vez, los fondos dibujados han adquirido más personalidad como participantes del drama de la obra, y las figuras ya no hacen referencia a historias específicas, sino que se han vuelto más bien simbólicas y atemporales. En esta serie, Zachrisson parece estar haciendo honra a la tradición cubista, jugando con la geometría y la prismatización del espacio, y con la interpretación visual desde varios ángulos simultáneos. Varios trabajos incorporan también una sensación de movimiento que recuerda el dinamismo característico del futurismo. Una obra en particular, compuesta de formas amarillas y grises, incluye una figura de cara piramidal, muchas piernas y formas angulares que citan, casi a manera de parodia, la geometrización sintética de Braque combinada con la danza contenida de Severini. Este tributo al arte de principios de siglo, y especialmente a la geometría, es interesante en el trabajo de un artista que hasta ahora ha explorado más bien la sensualidad humana y las formas orgánicas en un surrealismo de su propia invención.
A primera vista, las obras de esta exposición parecen algo oscuras y sencillas, casi anti-monumentales dentro del contexto de la obra de este maestro. No están los populosos e intrigantes ambientes de sus obras gráficas ni los tonos vivos de sus óleos. Ni siquiera vemos el blanco del papel, pues Zachrisson emplea para estas obras fondos de diversas tonalidades. Ahora dominan las líneas rectas y los ocres, grises, rojos cobrizos y amarillos quemados. Además, están ausentes los títulos que en otras ocasiones han servido para magnificar la ironía del mensaje de Zachrisson. Pero quizás no eran necesarios porque para quien se detiene a observarlas de manera tranquila —como en un tête à tête— estas figuras hablan por sí mismas.
Las Figuras de esta última muestra de Zachrisson no son anecdóticas, sino emblemáticas. En la mayoría de las composiciones aparecen uno o dos personajes en el centro de la imagen, a veces como trenzados o con otros seres o sombras detrás. Lentamente empezamos a reconocerlos. Estas figuras esquemáticas montan a caballo, tocan instrumentos imaginarios, nos ofrecen frutas prohibidas, hasta bromean con el espectador. Las extremidades están por doquier y las manos juegan un rol central y divertido. Aparecen entrelazadas o abiertas en actitud de sorpresa, sosteniendo la cabeza, retorciéndose de preocupación, o rebuscadoras y lujuriosas, en casos donde el mensaje erótico del juego de manos es obvio. Julio Zachrisson se habrá vuelto más sutil, pero no ha perdido nada de su gracia.
MÓNICA E. KUPFER
