Una conferncia del profesor Robert Farris Thompson sobre el mundo kongo en África y en América inauguró formalmente la más reciente exposición de José Bedia, en el Museo de Arte de la Universidad Internacional de Florida. La charla, en la que brillaron los conocimientos y el carisma del profesor Thompson, fue el preludio perfecto para presentar esta exposición, en la que Bedia incluyó más de 40 obras de su autoría, pertenecientes a su colección personal.
Las telas, los dibujos en papel, los cuadernos de bocetos y la instalación realizada especialmente para la ocasión confirmaron su gran capacidad creativa. El carácter retrospectivo de la muestra, combinado con una serie de charlas, visitas guiadas y tertulias, en las que participaron alumnos, profesores y público en general, hicieron de esta exposición un evento excepcional.
El hecho de que la muestra fuera presentada en un campo universitario fue un gran acierto de la directora del museo, Dalia Morgan. El ambiente académico hizo que, más allá de la simple contemplación, se desarrollaran procesos comunicativos que enriquecieron y facilitaron el análisis del trabajo artístico de Bedia. Tanto la curaduría como las actividades que se organizaron paralelamente facilitaron la lectura de una obra que, si bien es simple en su forma, es bastante compleja en su interpretación.

La posibilidad de generar diálogos multidisciplinarios a partir de diversos intereses académicos dio pauta para que se revaluara el criterio religioso-estético con el que generalmente se aprecia la obra de este artista. Carol Damian, directora del departamento de artes visuales, realizó una visita guiada en la que hizo énfasis en el aspecto estético y la temática religiosa. Richard Sugg, profesor de inglés y humanidades, dictó la conferencia titulada "Arquetipo, cultura y psique:símbolos y mito en la obra de José Bedia", en la que sugirió una aproximación más literaria. Ronnie Feinstein analizó la obra dentro del discurso primitivista en el arte contemporáneo del siglo XX.
Todas estas aproximaciones son igualmente válidas. La obra de Bedia se presentó como un producto cultural artístico que permite múltiples lecturas desde distintos puntos de vista, sean éstos estéticos, religiosos, antropológicos, históricos, literarios, etc. Sin duda, la exposición enriqueció y confirmó las distintas interpretaciones que sugieren los investigadores interesados en este artista.
La muestra en sí incluyo una excelente selección, que incluyó en la primera sala siete acríbeos sobre lienzo. El cuadro más importante fue, sin duda, Isla sola (1997), una tela oscura horizontal donde aparecen enfrentados un perfil humano y un barco que se va a pique, cerca del cual hay un hombre nadando. Cada uno de los símbolos tiene múltiples connotaciones . El perfil simboliza al ser humano en general, al héroe cultural, tema de obras anteriores, incluida una serie de dibujos realizados en 1984, que también hace parte de la exposición. El perfil es también una isla, un mundo aparte, como lo indica el nombre de la obra. Un laberinto trazado dentro del perfil es un bosque cuyo centro se encuentra a la altura del oído. Según los mitos kongo, el conocimiento entra por el oído (al no tener una tradición escrita, el conocimiento se transmite por vía oral). Uno de los temas principales del cuadro es el viaje, simbolizado tanto en el laberinto como en el barco. El hombrecito que sobrevive al naufragio ve la isla como una doble opción: o deja la isla, o recurre a ella para salvarse. El venado, inspirado en la tradición india americana, es, de alguna forma, el alterego del hombrecito. Ambos realizan un viaje. Cuando la travesía del hombrecito se trunca por el naufragio del barco, la solución es regresar a sí mismo.
Entre los demás cuadros se pueden describir algunos brevemente. Nkunia Brava (1998), por ejemplo, muestra un paisaje rosa-tierra, un ambiente árido en el que dominan arbustos cubiertos con espinas. Entre sus ramas aparecen figuras humanas y animales, cuyo significado se entiende en el contexto de los ritos tribales que Bedia maneja. Por ejemplo, el único animal que está fuera de la selva es el cienpiés, que tiene un papel particular en los ritos kongos. En la parte inferior de la tela aparece una mujer doblando las ramas de los arbustos sin espinarse. Esta deidad sincrética o Mpungo tiene poderes sobre la naturaleza.
En otra obra, Nganga Ngombo (El brujo, 1997), la figura central es un chamán con dos cabezas, iniciado en la tradición palo monte (lleva cruces blancas en los hombros). Los dos perfiles simbolizan su habilidad para recibir energía de otros seres humanos o animales, según la tradición nahualte. En el cuadro de Bedia las cabezas están conectadas con líneas dactilares que se convierten en laberintos. Algunos animales, principalmente perros y pájaros. Los perros, al igual que los caballos, representan el estado de posesión en la tradición palo monte (en el momento de trance, se dice que el chamán está "montado"). Por otra parte, los pájaros representan el viaje físico por los cielos, o el vuelo mágico al otro mundo. Tanto los perros como los pájaros son asociados con el chamán, tanto en palo monte como en varias tradiciones tribales alrededor del mundo.
El pascola (1996) ilustra un ritual indio yaqui que se celebra en México durante la Semana Santa. El domingo de pascua, el pascola anuncia la resurrección de Cristo. Su atuendo lleva flores y una máscara atada a la cabeza, tal y como está representado en la imagen del cuadro. La cuadrícula que sirve de fondo está hecha con huellas dactilares y da a la obra una textura que recuerda el trabajo de cestería de los campesinos mexicanos. El tono rojo del fondo hace referencia a los colores fuertes del folclor mexicano, y quizás podría relacionarse con el tema de la pascua, la muerte de Cristo, en el contexto de la celebración.
Aunque las demás obras tienen su encanto y su magia, sin duda alguna la instalación Mi coballende (1999) constituye la pieza más importante de la exposición. Inspirada en san Lázaro, santo sincrético patrón de las enfermedades en Cuba, la obra está compuesta de un torso dibujado en tres paredes consecutivas que forman un espacio convexo. Dentro de este espacio, y como continuación de la figura, aparecen varios elementos hechos con materiales naturales.
El torso del santo, pintado en una esquina (el cruce de líneas es un espació espiritual en el contexto kongo), está marcado con símbolos de iniciación o firmas. Sus brazos se extienden en foma de zigzag hacia las paredes adjuntas, sosteniéndose mediante el uso de tres muletas que simbolizan su dificultad para caminar. La mano derecha es una cabeza de perro, animal que generalmente se asocia con san Lázaro por ser su única compañía y su guía. Del cuello del perro sale una soga de la cual cuelgan botellas de aguardiente, bebida utilizada en los ritos asociados con el culto a la deidad.
Debajo del torso de san Lázaro se encuentra una silla o trono con otros objetos relacionados con el culto. La silla es además el sitio del cual se ha levantado simbólicamente el santo, representado tridimensionalmente por unos pantalones kaki (color asociado con la deidad) rellenos de ramas secas y plantados al suelo por un par de zapatos planos.
San Lázaro, generalmente representado como un ser solitario, indigente, herido y con dificultades para caminar, aparece en este contexto como un ser poderoso y absorbente. Al jugar con las distintas dimensiones de la instalación y al utilizar la perspectiva asiática, la cual coloca el punto de fuga detrás el espectador (las líneas de fuga están sugeridas por las muletas), Bedia invierte las proporciones y hace que el público se sienta completamente absorbido por la deidad. El torso cóncavo de san Lázaro rodea físicamente al espectador, que se siente abrumado no sólo por la presencia imponente de la imagen, sino además por el aire de espiritualidad que se respira.
Mi coballende es una de las instalaciones más imponentes que ha realizado Bedia hasta ahora. No es necesariamente un altar, ni un objeto religioso como él mismo explica, aun cuando claramente tiene una fuerte carga religiosa. Finalmente, el contenido es lo que más le interesa. La esencia de la deidad, los elementos propios del ritual (las botellas de aguardiente, el agua, el trono y el tabaco), y la rica simbología asociada con el santo deben ser interpretados como elementos formativos de un producto cultural donde prima el lenguaje estético.
FRANCINE BIRBRAGHER
