La muestra que presenta Héctor de Anda en la Galería Pecanins combina el trabajo pictórico con la fabricación de ensamblajes que, como es frecuente en el artista, tratan sobre el espacio interior. En primera instancia se trata de un espacio esencialmente doméstico: en dos muros contiguos se exhiben dos grandes pinturas de una mesa y una silla. A diferencia de las transformaciones que en manos de Héctor de Anda sufrían las puertas y las ventanas (Umbrales, Galería Pecanins, 1995), estas dos representaciones son más bien sombras de la presencia de esos objetos indispensables en cualquier espacio de habitación. En ambas pinturas predomina el negro —un giro de 180 grados respecto a la insistencia del artista en el blanco—, lo que hace aparecer a la silla y a la mesa, casi por ausencia, como presecias veladas.
Esta veladura se manifiesta también en la instalación Scalestrix, en la que numerosas sillas miniatura son envueltas en alambre que se ha dejado oxidar. Ahora las encontramos a todas colocadas una detrás de otra, como esperando a los espectadores miniatura que han de ir a sentarse en ellas.
Sin embargo, la pátina de la oxidación nos indica muy bien que nadie llegará a ocuparlas, y otra vez la silla funciona como el signo de la ausencia.

Significativamente, el espectáculo que nadie presenciará está conformado por otra instalación: la pieza La horma de mi zapato está conformada por tres sillas mucho más pequeñas que las anteriores, pero cuyas patas han sido alargadas hasta alcanzar la altura de una persona, mientras las sostienen tres pares de hormas de madera. En una primera impresión, la visión es bastante cómica, como si las sillas pudieran, contra su naturaleza, comenzar de pronto a caminar. Sin embargo, inmediatamente reconocemos que cualquier movimiento rompería el frágil equilibrio de esas sillas en las que de todos modos nadie puede sentarse. Irónicamente, la adición de los falsos pies tiende a quitarles movilidad; se trata de tres sillas que aunque sumamente pequeñas, se encuentran muy bien plantadas, fijas, alzándose sobre el resto como una especie de jueces que aunque pequeños, mantienen una presencia apabullante frente a las filas de sillas vacías que los observan.
Las pinturas que acompañan a las instalaciones han sido terminadas todas con una infinidad de círculos de algodón empapados en pigmento y adheridos sobre los lienzos. La pintura-pintura, es así semiescondida por estos objetos petrificados a base de pigmento, y que conforman una especie de trama amplificada que toma el lugar de la representación y los collages que esconden. Así, la exposición trata en general de una serie de objetos cuya historia ha sido velada precisamente por la pátina del tiempo —por ejemplo, los Confesionarios—, objetos que están sin estar, ausentes, porque son incapaces de mostrar toda su historia: esto es especialmente claro en las hormas de zapatos y las sillas. Una suerte de ruinas que, sin embargo, han sido congeladas en un momento preciso de su estado de descomposición: han sido petrificadas. Esta reflexión sobre la historia de las cosas, y lo que queda de ellas, sobre lo fragmentario y lo ruinoso, tiene como corolario a la instalación-ambientación Vivir en el bosque. Se trata de unos cuarenta postes que funcionan como el eje que sostiene una infinidad de piezas de barro repintadas de blanco, y que se van acumulando unas sobre otras hasta conformar estos árboles pétreos, estáticos y completamente blancos que llenan una sala de la galería.
Las petrificaciones que propone De Anda restituyen el sentido de belleza de la ruina. Se trata de piezas que nos permiten evocar lo que no está, precisamente porque sólo en nuestra imaginación podemos recrearlo. Las pátinas y veladuras de las que se sirve el artista, ya características en series como Falsos retratos (Galería Pecanins, 1997) y Umbrales, funcionan como filtros que nos permiten percibir la belleza en la historia de lo que ha pasado, dejando apenas una huella que, cuando se mira con atención, puede revelarnos las maneras como ésta habita el espacio doméstico y cotidiano.
ISSA MARÍA BENÍTEZ DUEÑAS
