Hecho en México/Hecho en Venezuela

Diana López. La apertura, 1998. Instalación. Dimensiones variables.

Colectivajul 1999 - sept 1999· Por Allan Antliff

Hecho en México/Hecho en Venezuela

Art Metropole

Made in Mexico/Made in Venezuela es una exploración conceptual sobre cómo derribar las barreras compenetrándose con las culturas contemporáneas de las Américas. Las piezas expuestas se ensamblaron de acuerdo con las instrucciones enviadas por los artistas a la galería, vía fax o e-mail, permitiendo así la colaboración a través de las fronteras, sin ninguno de los impedimentos usuales de embarque, seguros, etc. Los aspectos más llamativos de Made in Mexico/Made in Venezuela giran en torno al papel de facilitador que jugó Art Metropole al ejecutar las obras con muy poco —o ningún— costo para los artistas. Esta exposición logra una economía igualitaria en la cual los artistas y el personal de la galería se comprometen en una conspiración compartida para frustrar la capitalización del arte, un logro nada mezquino en el actual ambiente internacional de ganancias y balances finales.

El curador Luis Jacob produjo un catálogo que documenta su intercambio con los artistas, incluida la discusión de planos e instrucciones. Al incrementar el arte expuesto, estos faxes y e-mails nos invitan a considerar el proceso de elaboración vinculado a la creación y presentación de cada obra en Canadá. Al unir la documentación con los objetos mismos, la exposición es un terreno en donde la comunicación es el credo imperante.

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Alí González. El regalo- Exterior, 1998. Instalación. Dimensiones variables. Foto: Diana López.

El artista mexicano Santiago Sierra, por ejemplo, presentó un video en tiempo real del desmonte y subsiguiente reparación de un lavamanos en su estudio de la ciudad de México. El video mismo es un producto de circunstancias documentadas en el catálogo, en el cual nos enteramos de que, debido a restricciones financieras, Art Metropole no pudo ejecutar las instrucciones originales de Sierra para desmontar y reparar un lavamanos en Canadá. La facilidad con la que éste es desmontado tan rápidamente contribuye a un elocuente contraste con su complicado y dispendioso reensamblaje. El paso del tiempo refleja el valor real del trabajo que constituye hacer las cosas mundanas que apoyan nuestra vida diaria, un valor que usualmente se desplaza a favor de una ecuación monetaria.

Sierra trabaja con las condiciones económicas de la obra. Una humorística trascendencia de los rigores del intercambio monetario es el eje de la pieza expuesta por el venezolano Alí González, quien le dio a Jacob minuciosas instrucciones para envolver el interior de cajas de cartón como regalos, con todo y sus moños. Después, las cajas se dejaron abiertas y se desparramaron a la entrada de la exposición. De esto resultan una multitud de contrarios: interiores envueltos de regalos "abiertos" que no contienen nada, niegan juguetonamente el papel de González como obsequiador, y nuestro propio papel como receptores agradecidos. La promesa de regalos físicos que vienen de lejos es desplazada por la función encubierta —e intangible— del arte conceptual como un regalo para ser experimentado, más que poseído.

De hecho, la experiencia es el rasgo comunicativo constructor de empatia que une las piezas de los artistas mexicanos Stefan Bruggemann y Yolanda Leal, y del venezolano Alexander Gerdel, con la obra de Sierra y González. Las instrucciones del catálogo para la instalación de Bruggemann, escritas en letras mayúsculas a lo ancho de una pared —The Event of Writing May Be the Unevent of Reading— señalan la improductiva complicidad del artista con nosotros en nuestro igualmente improductivo papel como lectores. La pieza de Leal registra la respuesta —tanto escrita como fotografiada— que le dio un amigo cercano de Jacob a una pregunta personal hecha por Leal. De nuevo, ni el artista ni los espectadores están presentes para el acto de producción generado por la pregunta. En forma similar, una invitación a producir es el tema de la obra de Gerdel, en la cual se colocaron herramientas eléctricas sobre una mesa, sin que el artista las utilizara, y listas para que nosotros lo hiciéramos.

Las contribuciones de los venezolanos Juan Nascimiento y Diana López, y de Inaki Bonillas, de México, eran interesantes pero menos claras. López exhibió una botella de whiskey Canadian Club sobre un tapete e hizo que se filmara la recepción de la noche de apertura de la exposición; Nascimiento le dio instrucciones a Jacob para crear una pequeña escultura hecha en un palillo de dientes, que se sostiene por sus propios medios, y Bonillas presentó una serie de fotografías de un reloj en diferentes días de la semana y un tablero blanco sobre el que no había nada escrito, filmado a diferentes horas del día.

No hay duda de que estas obras contenían complejos significados, pero cada una, a su modo, descuidó el elemento experimental que une al artista y al espectador y que enriquecía las demás obras.

El llamado a la empatia experimental fue, para mí, el rasgo más satisfactorio de Made in México/ Made in Venezuela. Allí yacían, tal vez, las semillas de un conceptualismo más igualitario, capaz de integrar en sí mismo el potencial creativo tanto del artista como del público.

ALLAN ANTLIFF

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