Cinco continentes y una ciudad

Europa. Vista general de la instalación. Izquierda: Georges Rousse (Francia); Fondo: Rosa Brun (España).

Colectivajul 1999 - sept 1999· Por Germaine Gómez Haro

Cinco continentes y una ciudad

Museo de Ciudad de México

Para sorpresa de muchos, y habida cuenta de los golpes atizados por la inestabilidad económica que ha abrumado a nuestro país en los últimos tiempos, resulta muy alentador verificar que la ciudad de México cuenta en la actualidad con una inabarcable cartelera de eventos culturales de primer orden. En el terreno de las artes visuales, los museos presentan una amplia variedad de exposiciones internacionales de arte antiguo, moderno y de vanguardia. En materia de arte contemporáneo, si bien no contamos con una Bienal como la de La Habana o São Paulo, en meses pasados se instauró el primer Salón Internacional de Pintura, auspiciado por el gobierno de la ciudad de México, cuyo titular, el ingeniero, Cuauhtémoc Cárdenas, prometió asegurar su edición anual. Se designó como sede el hermoso palacio novohispano de los Condes de Santiago de Calimaya, debidamente remozado y acondicionado para acoger muestras de arte contemporáneo, después de haber albergado por varias décadas las colecciones permanentes del anacrónico y destartalado museo de la ciudad de México. Cinco continentes y una ciudad se tituló este primer Salón que sorprendió por su ambiciosa propuesta curatorial, acompañada de un magnífico catálogo de 360 páginas. La exposición fue diseñada y organizada por la artista Marta Palau, quien, a su vez, invitó a seis curadores para llevar a cabo la ardua selección de 31 artistas, 15 mexicanos y 16 provenientes de diferentes países del resto de América, Europa, África, Asia y Oceanía. Un gran trabajo de equipo que apostó por la compleja configuración de una pluralidad de ideas y criterios estéticos de difícil amalgama en el contexto de una sola exposición. El resultado, como es de suponer, consistió en una muestra ecléctica que, aunque de pronto resultaba desconcertante, a fin de cuentas fue de gran interés y muy loable por su indiscutible audacia.

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África. Yinka Shonibare (Nigeria).

Si bien la gran mayoría de los artistas extranjeros invitados tienen renombre internacional, en el ámbito mexicano, éstos eran poco o nada conocidos, con lo cual se justifica plenamente su inserción en un Salón de esta naturaleza y se hace patente la necesidad de presentar en nuestro país el trabajo de creadores multivariados que hagan correr aires nuevos entre nuestra densa atmósfera de las artes visuales. Lo difícil —y hasta absurdo— del caso es suponer que tan sólo tres o cuatro artistas puedan representar todo un continente, por lo cual una muestra de esta índole se debe tomar como una simple probadita del ¡reprehensible menú del arte contemporáneo universal.

Ardua labor la de los curadores encargados de seleccionar a los representantes de sus continentes. El imponente catálogo —por cierto, de bien cuidada edición e impresión— incluye un texto de cada especialista, a manera de presentación de la sección que tuvo a su cargo. Ahí se hace un esbozo general del trabajo de cada uno de los artistas y se lo ubica dentro de su contexto histórico-estético; sin embargo, en mi opinión, los curadores no se comprometen a argumentar su selección: queda la duda y la curiosidad de saber en qué marcos referenciales se basan para la difícil elección de tres artistas entre los cientos que conforman el Corpus de un continente.

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África. Izquierda: Godfried Donkor (Ghana). Fondo: Ellen Ghallagher (Afroamericana).

En el caso de México, Palau designó a Rita Eder y Sylvia Pandolfi, renombradas investigadoras y curadoras cuya selección, empero, ha dado mucho de qué hablar, pues el espectador inquisitivo quisiera saber cuál fue el marco teórico de referencia, así como el criterio empleado en tan ecléctica curaduría. Entre los 15 artistas mexicanos —o residentes en México, como es el caso del belga Francis Alÿs y el holandés Jan Hendrix— prevalece en su mayoría el interés por trabajar la pintura en su soporte tradicional. El ejemplo más contundente en este campo sería el inmenso lienzo del oaxaqueño Sergio Hernández (1957), titulado Carnaval, una pieza monumental de 342 x 600 cm. que hace alarde de la magnífica calidad técnica que este artista ha alcanzado en su lenguaje pictórico. Hernández es reconocido por la riqueza matérica y el excelente empleo del color en sus obras alusivas a todo ese universo mágico-mítico inherente a su tierra natal. Cabe mencionar el sitio estratégico que se concedió a esta impresionante pieza, ya que por sus dimensiones y fuerza expresiva se le designó una sala entera para su exposición. En el extremo opuesto a Hernández, Boris Viskin (1960) y Miguel Castro Leñero (1956) participan con piezas inmersas en la figuración minimalista que han trabajado en los últimos tiempos y que, en el contexto de esta muestra, se enlazan entre sí con ciertos rasgos comunes. Jorge Rocha Linares (1963) pinta escenas un tanto sórdidas que aluden a la deshumanización y angustia existencial de personajes que remiten a los de Edward Hopper, aquí caracterizados en un tono kitsch postmoderno. Gerardo Suter (1957) es ampliamente conocido como uno de los mejores fotógrafos mexicanos. Aquí nos muestra un aspecto de su trabajo reciente, una instalación y video donde experimenta la interacción de diferentes medios y recursos técnicos para proponer un discurso entre fotografía y pintura.  Francis Alÿs (1959), de origen belga y residente en México desde hace unos diez años, es uno de los artistas conceptuales más propositivos con que contamos en la actualidad. Su inteligente ironía sobre los procesos artísticos y el concepto de autoría y originalidad en la obra de arte lo han llevado a muy variadas experimentaciones en diferentes campos de acción. El video animado que se eligió para esta exposición —que se presentó también en la última edición de ARCO en Madrid— me pareció poco sugerente e incluso hasta dulzón, en comparación con otras obras en las que definitivamente atrapa por su sagacidad y agudeza. Estrella Carmona (1962) sorprendió hace algunos años con su pintura vigorosa y expresionista, un tanto apegada a los cánones de Orozco y al dinamismo de Siqueiros. Sus pinturas se han centrado en el tema de la deshumanización a través de la tecnología, la industrialización y los horrores de la guerra. Aquí se presentan cuatro obras recientes que conjuntan sus cualidades habituales, pero quizás denotan cierto estancamiento formal. Magali Lara (1956), siempre fiel a sus metáforas orgánicas alusivas al yo subjetivo, presenta seis pinturas de gran formato en las que percibimos una elevación en su tono de voz: se escucha ahora la voluptuosidad de sus colores brillantes en trazos gestuales, más libres y abiertos, en oposición a la sutileza casi caligráfica que caracterizaba su obra anterior. Sus delicados haikus pictóricos han dado paso a poemas de mayor aliento, en los que los empastes y la línea fulgurante dan cuenta de una búsqueda por explorar territorios desconocidos. 

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Asia-Oceanía. Derecha: Shahzia Sikander (Paquistán); Fondo: Imants Tillers (Australia).

Me parece fascinante el trabajo de Mónica Castillo (1961), como se pudo comprobar en su exposición en el Museo Carrillo Gil, Yo es un otro. Desde sus inicios, Castillo ha explorado todas las formas imaginables del autorretrato en su profunda meditación centrada en su yo interior. Con aguda inteligencia e ironía se ve a sí misma y se representa una y otra vez en toda suerte de formatos y técnicas. En esta muestra vemos dos pinturas sobre tela elaboradas con base en emplastes de óleo aplicado directamente del tubo, creando un sorprendente juego óptico. También se presentan dos especies de máscaras tejidas a gancho en las que la artista ironiza con su Rostro desfigurándolo y fragmentándolo, como una forma de afirmación y, a un tiempo, negación de la identidad. Laura Anderson (1958) se mueve libremente e interactúa en diferentes territorios, como la instalación, la escultura, la pintura y el arte objeto. Gran parte de su trabajo se caracteriza por el empleo de materiales orgánicos que nos hablan de su gusto por proponer un diálogo entre el hombre y la naturaleza. La obra aquí presentada ofrece un doble juego visual y conceptual: se trata de dos series de retratos en los que Laura integra un collage de hojas de orquídea para recubrir la superficie del lienzo dejando al descubierto, en una de las series, solamente el rostro del personaje, mientras que en la otra queda a la vista el busto pintado a la manera del retrato clásico y, en este caso, el rostro queda oculto tras las mismas hojas. Ambas series, de fuerte carga poética, funcionan como confrontación conceptual entre las nociones de representación y sugerencia, de configuración de códigos y deconstrucción de la imagen. Para finalizar con la sección de artistas mexicanos, mencionaremos el espléndido trabajo de Jan Hendrix (1949), artista mexicano por adopción, quien nos ha legado una aportación de suma importancia en el campo de las artes gráficas. Su imponente políptico Script, un mosaico monumental integrado por 574 fragmentos de paisajes orientales impresos en papel de Nepal y armados en una secuencia bien integrada en un todo armónico, que a la vez permite que cada pieza actúe individualmente como una obra independiente. Atrapan la sencillez y sutileza de su trazo fino y elegante y la multiplicidad de evocaciones que de cada pieza se desprenden. Por su calidad de factura y su esencia poética, estas obras de Hendrix me recuerdan las sutilísimas imágenes del pintor chino-francés Zao-Wou Ki.

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América. Derecha: Beatriz González (Colombia). Fondo: Arturo Duelos (Chile). Izquierda: Adriana Varejão (Brasil).

En cuanto a la sección internacional, un gran acierto fue invitar a cuatro curadores distintos para hacerse cargo de cada continente: el cubano Gerardo Mosquera se ocupó del resto de América; la española Rosa Olivares, de Europa; la coreana Yu Yeon Kim, de Asia y Oceanía, y el nigeriano Okwui Enwenzor conformó la sección africana; cabe señalar que este último ha sido seleccionado como curador de la próxima edición de Documenta, en Kassel.

Entre los 15 artistas que representan los 5 continentes percibimos un mosaico de propuestas divergentes y resoluciones transdisciplinarias que dan cuenta de una multiplicidad de lenguajes que se derivan del pictórico; como se mencionó anteriormente, a pesar de tratarse de un Salón de Pintura, se dio acceso a otros géneros que convergen con el pictórico, sin ser puramente plásticos, como es el caso del espléndido video del sudafricano William Kentridge (1955), quien presenta una serie de dibujos impresionantes proyectados en disco láser. También interesado en el dibujo y la gráfica, el artista Godfried Donkor (1964) nacido en Ghana, realiza una serie de serigrafías retocadas con óleo en las que su reflexión se centra en la preocupación por la identidad, la raza y el cuerpo, así como en el mecanismo de percepción que se da a través de la relación entre el cuerpo objetivado y la mirada del observador. Ellen Gallagher, nacida en los Estados Unidos en 1965, también articula su trabajo en torno al tema racial, en esta ocasión haciendo uso de su consabida iconografía del rostro negro estereotipado a partir de un par de ojos saltones y los gruesos labios colorados. Aquí presenta dos trabajos disímiles: una larga caña de madera de unos 4,5 m de largo en cuya superficie se repite en secuencia consecutiva la abstracción de este rostro negro. El tono de esta pieza, Love Parade, resulta eficazmente lúdico, mientras que su pintura Eleganza, que hace honor a su título, es una pieza de gran calidad, tanto en su factura como en su conceptualización. Al parecer, Gallagher aplica hule, papel y esmalte en sus pinturas de gran formato, logrando una calidad translúcida muy peculiar y de gran atractivo visual por su misterioso poder de evocación. Yinka Shonibare (1962), artista nigeriano que trabaja en Inglaterra, se sitúa en la intersección entre la cultura africana y la europea, y su trabajo revela en forma explícita la posibilidad de simbiosis del arte culto y el popular. A medio camino entre la investigación etnográfica y el ejercicio minimal- conceptual, Shonibare utiliza diferentes léxicos de la iconografía popular africana, en este caso las tradicionales telas de batik que se usan para los atuendos tradicionales, para crear un metalenguaje irónico y alegórico sobre la hibridación cultural.

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América. Izquierda: Boris Viskin (México). Fondo: Sergio Hernández (México).

La sección americana conformada por Gerardo Mosquera presentó al chileno Arturo Duelos (1959), a la colombiana Beatriz González (1938) y a la brasileña Adriana Varejão (1964). El trabajo de Duelos se caracteriza por configurar una suerte de compendio de símbolos religiosos, ocultistas, ideológicos y emblemáticos que aparecen en sus composiciones a manera de clasificación taxonómica de signos crípticos descontextualizados, provenientes de diversas regiones y tradiciones. Beatriz González presenta dos tipos de obra totalmente distinta entre sí: por una parte, la colombiana recurre a la representación postpop de una escena basada en una conocida fotografía de un ex presidente de su nación flanqueado por su "corte celestial", impresa industrialmente en serigrafía en un enorme telón instalado a todo lo largo de un muro, a manera de cortinaje escenográfico. Como contraparte a esta pieza monumental, Mosquera seleccionó la serie de Las Delicias, diez retratos sobre tela de 25 x 25 cm cada uno, que fueron hábilmente colocados en lugares estratégicos del museo, fuera del contexto específico de la exposición. Resulta que se le ocurrió al curador cubano integrar estas obras pequeñas entre la museografía de las salas permanentes donde todavía se exhiben algunas piezas del mobiliario de la colección del museo de la ciudad. Me parece un detalle ingenioso y divertido pues, en realidad, estas pinturas, curiosamente, funcionan de maravilla entre los vestigios coloniales y decimonónicos. De los tres americanos, en mi opinión, resalta por su audacia el trabajo de Adriana Varejão. Heredera de la fuerte carga de la tradición barroca brasileña, esta artista transgrede la noción de pintura lacerando el cuadro o, aún más, destazándolo para dejar correr la sangre por las heridas abiertas. En Meat à la Taunay, nos presenta una alegoría ácida en la que vemos una pintura convencional de un paisaje violentada por una gruesa capa de óleo que da la impresión de una mancha de sangre coagulada, y alrededor del cuadro cuelgan sobre la pared unos platos de porcelana que contienen unos trozos de carne de res artificial, también sangrantes. Una especie de sensualidad de lo grotesco atrae hacia estas obras, al mismo tiempo sugerentes y repulsivas.

El conjunto de artistas que integran la sección de Asia y Oceanía resulta el más ecléctico. Byron Kim (1961) y Cho Duck-Hyun (1957) son dos artistas coreanos cuyos trabajos, radicalmente opuestos entre sí formalmente, se llegan a entrever en su intención conceptual. El primero presenta una pieza que me parece fascinante: Synecdoche ("nombrado por la figura estilística donde la parte sugiere el todo, o viceversa") es una obra inmensa integrada, a manera de mosaico, por 304 pequeños lienzos de 25 x 20 cm, cuya superficie es recubierta en su totalidad por una capa plana de pintura aplicada uniformemente. Lo interesante es que cada pieza alude al color de la piel de diversos individuos de diferentes grupos étnicos, los cuales posaron para el artista. Abstracta sólo en su apariencia, esta pintura encierra un complejo código de significados que hacen referencia a su contexto cultural colonial. Por su parte, Cho Duck-Hyun atrapa de inmediato con sus grandes pinturas exaltadas de escenas de protestas públicas en Corea (huelgas, manifestaciones políticas, luchas sociales, etcétera), que proponen la relectura de una realidad cambiante que está sepultando en forma implacable el pasado inmediato. Por la calidad de su trazo (grafito y carbón sobre tela) y la búsqueda de realismo en sus composiciones, estas pinturas asemejan enormes impresiones fotográficas. El artista chino, auténtico calígrafo contemporáneo, elabora una metáfora sobre la interpretación, traducción y lingüística para cuestionar la fusión de las culturas occidental y oriental: a través de una computadora, el visitante puede traducir su nombre occidental a caracteres del ideograma chino. Shahzia Sikander (1969) es una artista de origen paquistaní que elabora una pintura preciosista siguiendo la tradición de las "miniaturas" de Paquistán y la India. Sus obras fusionan ese estilo perfeccionista e ilusionista con conceptos modernos que nos hablan de sus cavilaciones interiores. Pinturas intimistas, en las que la figura femenina es el centro y eje de composiciones intrincadas donde se descubren referencias a la imaginería musulmana, hindú, persa, europea, mexicana y celta. Alwin Viros Reamillo (Filipinas, 1964) y Juliet Lea (Gran Bretaña, 1966) trabajan al alimón y se dan a conocer como Reamillo y Juliet. Sus pinturas plantean una crítica feroz a la tríada gobierno-iglesia-militares en Filipinas, metáforas sarcásticas de la nación como cadáver devorado por los gusanos de la opresión, la corrupción y la violencia. El curador habla de "una bizarra confusión de iconos" que hace alusión al mélange resultante de la influencia de los cuatro siglos de dominación española, la opresión de la bota estadounidense y el control japonés.

Para terminar, nos referiremos a la sección europea conformada por la ibérica Rosa Olivares, cuya selección llama particularmente la atención por tratarse de tres artistas que trabajan al margen de la pintura, o por decirlo de otra manera, presentan obra íntimamente ligada a la tradición pictórica, pero no propiamente representativa de ésta. Rosa Brun, también española (1955), elabora composiciones abstractas postminimalistas en las que su discurso lacónico se da a partir de los materiales empleados, en este caso, madera y láminas de metal. El más interesante de los tres me parece el francés Georges Rousse (1947), quien nos muestra una serie de fotografías intervenidas en las que, sin embargo, prevalece, en su esencia, una cierta calidad pictórica. Rousse selecciona espacios arquitectónicos que han sido abandonados o evacuados, como edificios en demolición o casas deshabitadas; elige una de sus habitaciones interiores para fotografiarla y, posteriormente, la trastoca mediante la superposición de elementos pintados. El resultado es una serie de enigmáticos paisajes arquitectónicos de gran atractivo visual.

Una muestra tan ecléctica como la que acabamos de sobrevolar a simple vista de pájaro nos confirma que, a diferencia de lo que se viene pregonando por ahí, la pintura no está dando sus últimas patadas de ahogado. Como bien lo indica su nombre, este Salón fue concebido para destacar, principalmente, el trabajo de artistas internacionales que aún se mantienen apegados a la representación pictórica en estos tiempos marcados por la indiferencia y el desdén hacia las técnicas convencionales. Una de las constantes que prevalece entre estos 31 artistas es la búsqueda de una resemantización del lenguaje plástico. De qué vale preguntarse qué queda por pintar y cómo. Los temas son tan amplios como la especie humana: el reto está en la forma. Lo único que percibo con terror es la idea de una "cultura global", si ésta conllevara a la homogeneización. Mientras prevalezca la individualidad, habrá creatividad y, consecuentemente, originalidad.

GERMAINE GÓMEZ HARO

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