Es cierto que la inminencia del fin de siglo se ha vuelto un lugar común a la hora de reflexionar sobre cualquier materia. Pero es inevitable que la referencia resulte funcional a la hora del balance de ArteBa, la feria de galerías que tuvo lugar en Buenos Aires entre el 21 y el 30 de mayo pasado. Nacida en 1991 como un modesto emprendimiento que nucleaba —o, más bien, desperdigaba— a las principales galerías porteñas en el popular Centro Cultural Recoleta, ha logrado convertirse en estos últimos años del siglo en una referencia insoslayable para el público y el coleccionismo argentinos. Casi una década que le sirvió para consolidarse mutliplicando espacios de exposición y formulando ajustes precisos y oportunos en cada una de sus ocho ediciones. Los cambios progresivos concretados, después de un largo período de vacilaciones, la colocan finalmente de cara al futuro, con un espacio cada vez más ordenado y una estética en vías de depuración que da cuenta de los cambios en el arte de las últimas décadas y sus ecos en el mercado.

Hasta ahora, ArteBa ha sido una feria casi exclusivamente argentina, con algunos participantes internacionales que no llegaron a modificar sustancialmente su perfil mayoritariamente local. Sin embargo, todo parece indicar que las condiciones están creadas para el salto que se espera de ella: convertirse en un referente regional. ArteBa es la única feria con una presencia fuerte en el Mercosur, y se puede decir que la proyección cultural y económica a ese ámbito es su perspectiva natural.
Créditos no le faltan. Unas 120 mil personas la recorrieron durante la semana que duró su última edición, y las ventas concretadas rondaron los 5 millones de dólares. Puede que estas cifras no sean relevantes para otros encuentros similares con reconocimiento internacional, pero decididamente tienen su peso en la geografía del cono Sur. Seguramente servirán de tarjeta de presentación a la hora de gestar la articulación necesaria con las principales galerías de Brasil, Chile y Uruguay.

Por ahora, sólo el arte uruguayo ha tenido una presencia sólida y sostenida a través de la Galería Sur, de Jorge Castillo, y Cecilia Torres de Nueva York, ambos promotores del constructivismo rioplatense en la figura de Torres-García, la Escuela del Sur y sus seguidores. Brasil y Chile permanecen aún como un gran agujero negro en este proyecto regional de ArteBa.
Si la etapa organizativa de la feria pareciera haberse cumplido con su último traslado al nuevo predio de exposiciones de la Rural, ubicado estratégicamente en un lugar de fácil acceso en la geografía de la ciudad, lo que queda para el futuro es definir el perfil con relación al programa expositivo que caracterizará la feria.
En este sentido, el recorrido de la última edición sirve para ilustrar los cambios de cara a lo que fue y lo que vendrá. Si bien muchas galerías mantuvieron el tono conservador que les aportó buenos resultados económicos hasta el momento, es evidente que los vientos de cambio afectaron unas cuantas que de a poco fueron incorporando a sus espacios obras de artistas que participaron en los movimientos de vanguardia, de los años sesenta a la actualidad.

Ruth Benzacar ha sido pionera en esta política y en esta oportunidad exhibió, junto una serie de los Monumentos inútiles del escultor Aldo Paparella, dos instalaciones: La difunta Correa, una obra de Berni de los años setenta, y La Nigromante, un trabajo de Jorge de la Vega, de 1965. Con más suerte que en el pasado, cuando exhibió en soledad las instalaciones de La fiebre amarilla de Clorindo Testa, la galerista logró vender estas dos obras de riesgo en un monto cercano al millón de dólares. La difunta Correa, que alude a una devoción popular e integró la gran retrospectiva del maestro que se vio en el Museo Nacional de Bellas Artes en 1997, pasará a integrar ahora el futuro museo que la coleccionista argentina Amalia Lacroze de Fortabat abrirá próximamente en la zona de Puerto Madero. Este fue uno de los primeros puntos rojos en el registro de ventas de ArteBa 1999. Como en los dos últimos años, la preinauguración organizada por el Merchant Bankers Asociados sirvió de puntapié inicial en materia de ventas. La política de darles prioridad a los clientes de esta institución ha dado muy buenos resultados. Así, antes de que la multitud de la noche de inauguración se lanzara a inundar los pasillos de la feria, muchos galeristas ya habían concretado varias operaciones que justificaban su presencia allí.

Entre los espacios más destacados por la calidad del montaje y la obra exhibida cabe mencionar el de Alvaro Castagnino, que llevó trabajos de León Ferrari, Pájaro Gómez y Nora Correas; el de Diana Lowenstein, con obra de Silvia Rivas, Eduardo Médici, Sergio Bazán, Tulio Romano, Óscar Páez y el cubano Pepe Franco, y la Fundación Klemm, que exhibió a Remo Bianchedi y Juan José Cambre, dos artistas de la generación de los años ochenta, junto a los jóvenes Marcelo Torreta y Wendel, de notable éxito entre los coleccionistas de la nueva generación.
Otro logro de esta última edición de ArteBa fue la incorporación de varias galerías nuevas dirigidas por gente muy joven. Del Infinito, que abrió el año pasado sus puertas en un elegante espacio de Recoleta, es una de ellas. Su stand exhibió una muy buen selección de objetos y pinturas de Juan Andrés Videla. Las otra es Altera, que opera en la zona balnearia de Pinamar, en un espacio diseñado por el eminente arquitecto Clorindo Testa, y llevó al centro de exposiciones de la Rural obra de Gustavo López Armentía. La tercera es Gara, una irreverente galería del barrio de Palermo Viejo, dedicada desde hace dos años a poner en escena artistas emergentes. En esta ocasión exhibió pinturas de Florencia Bothlingk, Nushi Muntaabski y Daniel Herce, junto a unas interesantísimas fotos de Raúl Flores. El conjunto le valió una invitación a participar en la próxima edición de ARCO en Madrid.

La fotografía continúa siendo la gran ausente en ArteBa. Si bien el año pasado el stand de Arte x Arte dedicó un importante espacio a los trabajos del guatemalteco Luis González Palma, hasta ahora son muy pocas las galerías que han dado cuenta del protagonismo de este medio en la producción artística contemporánea. Quizá sea éste uno de los síntomas más claros del conservadurismo que todavía sobrevuela buena parte de las opciones que ofrece la feria. Lo cierto es que no hay un trabajo hecho sobre el coleccionismo, y en este sentido — habrá que admitirlo—, el mercado no refleja lo que ocurre en el arte argentino de los últimos años.
A diferencia de lo que pasa en otros ámbitos internacionales similares, la mayor parte de los artistas argentinos actuales no tienen un lugar relevante en bienales y grandes muestras colectivas, ni tienen en los stands de la feria la presencia que se merecen.
Sí están, en cambio, y muy bien representados, los clásicos argentinos. Guillermo Roux, en la Malborough; Alfredo Hlito, en Jorge Mara; Antonio Seguí, Alicia Penalba, Ernesto Deira y Josefina Robirosa, en Rubbers, y Blas Castagna, en Van Riel.
El Fondo Nacional de las Artes de Argentina y la Generalitat de Valencia aportaron en esta oportunidad los espacios institucionales de mayor envergadura. Desde hace dos años los valencianos vienen desarrollando en Buenos Aires una activa política de intercambio cultural que tiene en el mes de mayo su momento de mayor brillo. Mientras al Museo Nacional de Bellas Artes llevaron dos exposiciones de Juan Genovés y José María Yturralde, en el amplio pabellón de la Generalitat, instalado en una de las zonas más transitadas de ArteBa, desplegaron una serie de objetos "sensibles" de José Antonio Orts, y una colección de diminutos paisajes abstractos de José San León.
Armada con base en complejos dispositivos electrónicos, que registraban el paso de los visitantes a través de variaciones de luz y color, la obra de Orts fue una de las curiosidades de la feria.
El Fondo Nacional de las Artes, por su parte, optó por un interesante grupo de artistas jóvenes integrado por Karina El Azem, que participó también del envío a ARCO, y Marcela Mouján, Laura Rojas, Numa Mangiante, Silvina Mirasole y Hernán Marina. De todas, la obra más interesante es la de Marina, que trabaja irónicamente con códigos de representación tomados de la gráfica.
Un capítulo aparte merece el joint venture de Ediciones Arte Dos Gráfico de Bogotá y Gráfica Contemporánea de Buenos Aires, articulado por Matilde Marín, la inquieta artista y promotora de artistas. En ese espacio de gráfica y libros latinoamericanos tuvieron su lugar Emma Calvino, Angela Herrero, Juan Carlos Romero, Mabel Rubli, Lihie Talmor y la propia Marín, con un importante eco entre los coleccionistas y el público.
Si bien la mudanza al nuevo predio de exposiciones de la Rural sirvió para ordenar ajustadamente el ingreso de todas las casas de subasta que operan en Buenos Aires con los stands de revistas y publicaciones —el de ArtNexus entre ellas—, esta vez el espacio de escultura, tradicionalmente curado por Nelly Perazzo, no tuvo el despliegue merecido. Más acomodada a las dimensiones de mercado, la escultura tuvo una profusa presencia en varias galerías que ofrecieron piezas de pequeña escala de Enio lommi, Roberto Aizemberg (Laura Haber), Pablo Curatella Manes (Vermeer), Alicia Penalba (Rubbers) y Pájaro Gómez (Álvaro Castagnino).
Que Marta Minujin, una provocadora de los años sesenta, haya sido la invitada oficial a la feria de este año sugiere al menos que muchos son los cambios operados en las preferencias del público y los coleccionistas en estos últimos años. Y, aunque todavía resta mucho por hacer, todo indica que los organizadores de ArteBa han tomado debida nota de las obligaciones que les esperan para estar a la altura de las demandas del siglo que viene.
ANA MARÍA BATTISTOZZI
Crítica y licenciada en historia del arte. Actualmente escribe para el diario El Clarín de Buenos Aires.

