Nacido en México en 1938, arquitecto, devoto poeta y lector, no podemos olvidar que Castañeda nace durante la Guerra Civil Española (1936-1939), lo cual produjo una numerosa migración peninsular hacia México, cuyas situaciones personales y objetivos eran diferentes de los de aquellos que conquistaron el continente americano en el siglo XV. En el conjunto de inmigrantes del siglo XX figuran grandes pensadores y artistas en varias áreas. La oleada española es tan fuerte que hasta llega a marcar la pronunciación galaica en jóvenes ya nacidos y educados en México. Sin que esto nos lleve a definir a Alfredo Castañeda como un pintor español, en su obra hay algunos rastros de ese impacto en la cultura mexicana del momento: los que escaparon de la guerra alcanzan en México la capacidad de soñar en un nuevo continente; la ritualidad con la fe católica se intensifica y se ejercita de manera diferente; la educación en escuelas que comparten estos niños estrecha los lazos por sobre las distancias del océano; poetas, músicos y pintores se estrechan en un largo abrazo del que no todos se desprendieron. Hoy, viviendo Castañeda en España, manifiesta el lento equilibrio de las migraciones, que se ejercita por los conquistados hacia la tierra de los conquistadores. Este y otro tipo de asociaciones establecen una larga lista que excede este espacio, pero aportan datos para la reflexión. En el mismo sentido, aparece la comprensión de un leitmotiv en la pintura de este autor: lo que parece ser deterioro, destrozos, cosas que se diluyen, son en parte esa capacidad de convertir el deterioro en sueño. Sublimar el dolor en belleza, la muerte en renacer, el dolor en reimplantación, son algunos de los hechos que alimentan en Castañeda el esbozo de esa delicada sonrisa que vemos en Nuestro sueño, 1999. En ocasiones con los ojos cerrados, otras veces con los ojos enfocados en nosotros, en el más allá o en búsquedas interiores, el pintor ejercita su destreza técnica, compositiva y creativa anclada en las miradas del gran Velázquez. Debemos atender aún más al tema de la composición en su obra, ya que integra pares de opuestos a partir de un eje en cruz que navega del centro del cuadro hacia los lados, y hacia abajo o hacia arriba de un casi inexistente horizonte.

La composición no es un medio para la imagen, sino que está estrechamente entrelazada con la expresión del autor y las direcciones simbólicas que nos envía. Obras simétricas y asimétricas en las que Castañeda —como un chamán— ubica a sus personajes en un muy específico punto para dar lugar al desarrollo de la ceremonia. Como devoto de la historia del arte y en especial del alto renacimiento, de la armonía flamenca, crea un espacio de contrastes y afinidades donde la serenidad se pasea del brazo cortesano de un estilo barroco contemporáneo.
Nadie pasa por México o por España sin "contagiarse" de algo del espíritu barroco. Como si uno dijera que en cada obra de Castañeda, cuando todavía la materia está húmeda, entra un duendecillo que la incentiva en detalles irónicos, misteriosos, paradójicos, dinamizándola sin alterar la tersura con que está concebida y pintada.
En Our Dying (Nuestro morir), 1999, óleo y lápiz sobre papel, el artista no integra los conceptos tradicionales mexicanos ni los europeos en el tema de la muerte. El fluir está presente en esta pieza, así como en todo el contexto de su obra. No específicamente a través de Heródoto, sino de diversas filosofías que el artista visita en sus lecturas constantes. Al escribir sus iniciales —A.C.— observamos que equivalen a un acuerdo internacional de clasificación histórica: antes de Cristo. Este importante tema se señala aquí, se desarrollará oportunamente; mientras tanto, los lectores tienen la opción de comenzar a hacer sus asociaciones.
Asimismo, al tratar los diversos temas, como el de la muerte o la justicia, el artista no los enfoca de manera trágica. El suspende la situación en un momento de tensión elegante, el desenlace está detenido, congelada la opción de que suceda algo más allá que pueda alterar la armonía. Hasta en el plano de los autorretratos hay un acercamiento y un congelamiento. Castañeda traza figuras identificables casi como autorretratos, aunque no los confirma como tales. El uso de pateros o diseños en módulo también está presente en esta muestra, integrándose a la herencia mozárabe que habita su decálogo de conocimiento. Cuarenta obras agrupables en cinco subsecciones constituyen la exposición neoyorquina: pinturas de mediano formato, cuatro pequeñas piezas a partir de objetos —tres cubiertas de libros y "un vidrio"—, y pequeños trabajos sobre papel, con mayor énfasis en su técnica e imagen habitual: los elementos se diluyen y la suavidad es casi un abismo al que se llega aun por sobre el vidrio y el marco del cuadro. Como emblema de su hacer, la portada del catálogo es una pieza de mayor tamaño que recuerda a las predelas o tablas de altar. En ésta, el Cordero Místico evoca el Sacrificio de Isaac y viceversa, en una ratificación de su fe religiosa y filosófica, sostenidas por el arte flamenco y el barroco.
Crea un placentero juego visual de orden laberíntico; una situación lleva a la otra y nos devuelve a la anterior, a una pasada o a algo comparablemente muy actual. Respecto a la presente muestra, el artista dijo: "Esta exposición se llamará Our I and My We (Nuestro yo y mi nosotros) porque yo pienso que somos mútiples seres y tenemos identidades colectivas". De esta manera, Mary-Anne Martin, el artista y su esposa, Alejandra Yturbe y Mariana Pérez-Amor, celebraron el 30 aniversario de la primera vez que Alfredo Castañeda expuso en GAM —Galería de Arte Mexicano—, de la ciudad de México, con la siempre recordada Inés Amor.
GRACIELA KARTOFEL
