Waltercio Caldas nació en Río de Janeiro en 1946, y ha vivido y vive sobre todo allí. Su obra se ha expuesto con abundancia en Brasil y también en Europa. La exposición reciente de la Galería Lelong fue la primera individual del artista en los Estados Unidos.
La muestra de Lelong consistía en siete u ocho piezas. La más interesante, es una de All of a sudden..., (De repente...) Se trata de una mesa hecha de varillas de acero muy finas, con una cubierta de cristal sobre la cual se dispersan otras varillas rojas cuyos extremos apuntan en dirección a las paredes. En las paredes hay una serie de puntos distribuidos anárquicamente, también rojos y también de apariencia cristalina. La mesa, sus varillas y los puntos en las paredes componen un pequeño drama, en el cual sucede apenas lo siguiente: unos rayos (¿de luz?), desprendidos de las varillas que están sobre la mesa de cristal, han impreso puntos rojos en las paredes. Ese es el evento que este objeto narra. Eso es lo que pasa en este objeto, piensa uno cuando lo ve. Pero la evidencia del evento se disuelve de inmediato, y uno se ve invitado a preguntarse: ¿Qué pasa, realmente? ¿Qué está pasando allí? ¿Qué le ha pasado a ese objeto?
Una pequeña obra de pared que colgaba, más bien inadvertida, en un rincón de la galería tiene el título de De Chirico. Es interesante que esta obra estuviera allí, como presidiendo la muestra, pues establecía una clave de lectura suya. Pues hay mucho de De Chirico en Caldas, particularmente en una obra como All of a sudden...: algo de la atmósfera de secreto, de escena secreta, de vida en rincones del mundo abandonados. Pero, además, De Chirico es un italiano, y había mucho de italiano en la obra de esta muestra: De Morandi, por ejemplo. Algunas de las obras expuestas en Lelong eran citas más o menos distorsionadas de Morandi. Me refiero a unas construcciones de varillas que dibujan grupos de vasijas. Caldas parece que estuviera hablando de De Morandi cuando, refiriéndose a un cuadro de Mondrian, en una entrevista, dice que «su superficie late aterradoramente, pero no hay nada detrás de ella».
Esta es, quizás, una buena descripción de lo que Caldas se propone realizar: superficies o líneas (en su escultura no hay prácticamente volúmenes) que latan, que pulsen, que vibren. En eso el artista brasileño está muy próximo a Alberto Giacometti. Pero estar próximo a Giacometti es estar próximo, en primer lugar, a una escultura que se propone menos como cosa de volúmenes que como cosa de líneas. Y, en segundo lugar, a un trabajo que busca activar el espacio que hay entre las cosas, y hacer latir o vibrar ese espacio. Lo que hace una escultura, en la concepción de Giacometti, que Caldas hereda, es demarcar un fragmento de espacio, una parte de espacio vacía. Pero la parte que así queda demarcada se vuelve inabordable, de modo que merced a ella se produce esta situación curiosa: que uno se queda mirando un vacío desde la distancia.
Eso es lo que pasa, por ejemplo, en All of a sudden...: que el fragmento de cuarto que resta entre las varillas y sus emisiones en las paredes se vuelve inaccesible, de un modo que invita, que fuerza incluso, a mirarlo. La escultura se queda, en este caso, con un fragmento de nuestro espacio, constituye una ausencia y desestabiliza nuestra posición en ese espacio. Hace temblar el espacio (y, más específicamente, lo hace temblar aterradoramente).

Cuando Waltercio Caldas logra eso, lo logra con una enorme eficacia (con tanta eficacia, diría, como el mejor Anish Kapoor o el mejor Tony Cragg, para mencionar a sus contemporáneos europeos más afines). No siempre, claro está, lo hace. En la muestra de Lelong, eso sucedía indiscutiblemente, desde mi punto de vista, en All of a sudden y, quizás, en un pequeño objeto de metal y plexiglás azul que se llama Whispering Giotto. (Cuando eso no pasa, es muchas veces porque la composición queda sobrecargada por las referencias a la historia del arte, de la literatura, de la música, a las cuales Waltercio Caldas es muy propenso).
En los trabajos más brillantes de Caldas, la solidez del objeto es arrebatada por un temblor o una vibración, de modo que parece que se instalará delante de nosotros, de repente. En esos trabajos se cumple esa aspiración central de la escultura moderna, que es reconciliar la consistencia del objeto con la turbulencia del acontecimiento: componer objetos que sean como torbellinos.
REINALDO LADDAGA
