Una década de existencia cumplió la bienal del Museo de Arte Moderno de Bogotá. La participación de los dieciséis artistas invitados supuso un generoso espacio para los distintos trabajos, que en su gran mayoría usaron la instalación como vehículo. El evento reunió opiniones de varios críticos en torno al pulso que ofrece como característica el arte colombiano más reciente.
La muerte, la violencia, el humor y la cotidianidad se podían ver equiparadas a los paradigmas de la arquitectura, las costumbres y las diversas opciones de lo alegórico. El único premio recayó sobre un trabajo que trata la vejez y la muerte. Una videoinstalación donde la imagen proyectada y la fuerza del espacio y los objetos colaboraban en la evocación de la condición humana en su perpetua soledad. Los emblemas: cama, almohada y campana se ofrecían como señales de una existencia incomunicada. El artista Rolf Abderhaldan fue fabricando su idea a partir de las cartas a Theo y del cuadro La habitación, de Van Gogh. Este último se utilizaba como imagen evocadora proyectada en la pupila del ojo humano, que se ofrecía como último recurso enseñado por el video proyector.

El jurado destacó también la presencia de Alicia Barney, quien expuso tres obras que se referían al erotismo, a la esencia del hombre, y a la sangre como elemento específico de la violencia, la enfermedad y la muerte. Igualmente, se mencionaron las obras de Guillermo Quintero y Jorge González. El primero realizó un gran muro con hojas de tabaco, proponiendo una arquitectura apabullante, de especificaciones minimalistas, pero de intrincadas especies en sus entrañas. El ambiente se impregnó de un fuerte olor a hacienda tabacalera. Por su parte, Jorge González proponía el pastel, uno de los medios dibujísticos más frágiles y delicados. Sus retratos de doble lectura se percibían como iconos clásicos y de imponente aspecto. Al recibir una mirada detenida se iban revelando fuertes y de un expresionismo contenido. Frontales y de perfil, los rostros enseñaban imperfecciones en la piel y manchas como huellas del azar, la agitación y las extremas vivencias. El carácter ambiguo colaboraba a dar un clima de misterio e intriga que son características de estas imágenes.

También usaron el videoinstalación Clemencia Echeverri y Luz Mercedes Arango, ambas recogiendo imágenes de la cotidianidad. El rito de la muerte de animales fue tratado en el cuarto sangriento de la primera, y siete imágenes, para cada día de la semana, ocuparon las preferencias de la segunda.
Un crepúsculo sangriento propuso Patricia Bravo, con un ejército de nombres de las muertes violentas en Medellín. Sus fotografías murales eran conmovedoras en su condición de poética macabra. En contraste, la obra interactiva que recogía información y debía ser habitada por el espectador, de Carlos Blanco: con sus tres grandes caracoles inflables color naranja que habían recorrido la dudad y se cuadraban finalmente en el museo.
Los trabajos de Beltran Obregón y Luz Angela Lizarazo apuntan nuevamente a la pintura y los objetos como especulación válida. Para Obregón, la realidad se exalta al ser repetida e insistente; también es posible dislocarla al jugar con el muro y la estabilidad del soporte. Lizarazo prefiere lo privado como señal de lo íntimo en sus trabajos sobre la feminidad y las vivencias. Los objetos prisioneros en burbujas o los bordados sutiles de sus lienzos nos enseñan una opinión sobre el ser y su complejidad.

La bienal también ofreció performance (Guillermo Marín), ambientes (Juan Luis Meza y Juan Mejía) o reflexiones como las de María Teresa Canales dislocando la escala y creando gigantes micromundos.
Este evento, el último del siglo, apostó sigilosamente a las posibilidades que encontró ciertas en el ejercicio del arte nacional. Vivimos en la época de las redefiniciones. Es preciso asumir al tiempo la condición propia que necesariamente hace parte de un todo, llámese internacional, intercontinental o global. Somos también lo que aspiramos a ser, lo que deseamos y lo que de alguna manera se espera de nosotros. No podemos ignorar los procesos de hibridación y apropiación. Igualmente, hay que tener en cuenta como parte del proceso los neologismos, la resignificación, las invenciones, las dudas sistemáticas, la simulación o lo paradójico como fenómenos a los cuales está abocado no sólo el artista, sino el hombre de este final del milenio.

En esa conyuntura, a la que hay que sumar la condición de periféricos, se articulan los discursos plásticos que dan como resultado los lenguajes y metalenguajes. Lo cierto es que la década de los noventa ha merecido contener la incertidumbre en distintos órdenes, pero a la par con la dictadura de lo tecnológico, amparada en la era del fax, la Internet y el correo electrónico.
Para nosotros, éste ha sido inevitablemente un tiempo de guerra. Solamente que tenemos la perspectiva histórica que determina los momentos más críticos y sombríos del acontecer humano, vinculados a la más portentosa creatividad. Confiemos en que el caos y la insoportable indefinición de los augurios sean un camino cierto para una especie de sendero luminoso.
MIGUEL GONZÁLEZ

