Unfinished History es una poética exposición colectiva que se centra en el arte de los años noventa, realizada por Francesco Bonami, con mucha seguridad en sí mismo. Presentada en el Walker Art Center por el curador auxiliar Douglas Fogle, Unfinished History, en lugar de tener un formato de estudio enciclopédico, como podría implicar el término history, demuestra la cacofónica cháchara de las voces artísticas de hoy, tal como se filtran a través de la lente enfocada del curador. Mientras muchas exposiciones internacionales parecen estar acostumbradas a presentar al artista como representativo de un lugar o cultura particulares, esta exposición puso un énfasis amplio y preciso en obras específicas, significativas, que muestran a los artistas en su mejor momento. Al reconocer el frágil conocimiento del presente y la atmósfera cambiante de la sociedad a finales del milenio, la plataforma de Unfinished History intrínsecamente deja espacio para la creatividad curatorial.
En el Walker, el diseño de la exposición hizo énfasis en un enfoque no lineal, tal vez en oposición a la tradicional proposición "Punto A a Punto B" de la mayoría de las exposiciones de arte visual. Al fijar la exposición en extremos separados del espacio (definido por las entradas del museo), en uno de ellos están los italianos (Alighiero Boetti y Maurizio Cattelan), y en el extremo opuesto, Bodys Isek Kingelez y Gabriel Orozco.

El colocar Mappa (1992-1993), de Boetti, y Novecento (1997), de Cattelan, cerca una de otra, dice mucho del arte italiano en la segunda mitad del siglo XX, más allá de las divagaciones líricas de Clemente y Cucchi, y con un oído afinado para todo lo que la revolución tecnológica ha traído aparejado. Con la ilustre historia del arte italiano, el desafío de crear hoy objetos estáticos puede parecer un poco débil. Tanto Cattelan como Boetti (el único artista fallecido de la exposición) frecuentemente tuvieron éxito trabajando interactiva e interculturalmente. Boetti empleó mujeres afganas para que tejieran los tapices de Mappa, subrayando los límites mundiales establecidos por el hombre con el detalle esencial de la bandera de cada país. Las imágenes de la serie Ordine e Disordine, de Boetti, basadas en textos clásicos, bordean las orillas verticales de la tela, mientras escritos en árabe se extienden horizontalmente por los bordes superior e inferior. La obra Stadium, realizada por Cattelan en 1993, puso aún equipo inmigrante africano de fútbol a jugar contra italianos nativos, en un amistoso encuentro de futbolín que evocaba las complejas relaciones cargadas de política entre los nativos y los recientes inmigrantes llegados a Italia. Novecento es un caballo disecado que cuelga del techo con sus largas extremidades hacia abajo. Metafóricamente, la obra ofrece una plétora de asociaciones válidas, pero la mía es la de la naturaleza cíclica de la historia y el carácter parabólico de la exposición como un todo, lo cual permite el flujo teórico circular que puede romperse para ser interpretado luego desde cualquier punto, como una producción oral en permanente cambio.

Ville Fantôme (1996), de Kingelez, y Kitchen Door Maze (1997), de Orozco, son también monumentales en escala y trascendencia. De intrincada construcción en papel, plástico y cartón, Ville Fantôme parece ser un modelo arquitectónico de una fantástica ciudad imaginaria. Con casi veinte pies de largo y ocho de ancho, ¿es Kinshasa, la ciudad nativa de Kingelez? ¿O una ciudad en Zaire, o en el Congo, una historia inconclusa? En parte Las Vegas y en parte metrópolis afrofuturística, la obra está poblada de rascacielos muy separados que suben vertiginosamente y curvilíneos, y achaparrados edificios en colorido detalle. Sobre las fachadas de las torres, los avisos y símbolos de grandes negocios internacionales se disputan el lugar con persistentes nombres franceses. Kitchen Door Maze también hace referencia a ciudades, pero desde el sello característico de ambigüedad existencial de Orozco. Puertas de doble vía nos conducen a un laberinto de coloridos espacios, mientras que cada dirección opcional que se tome lleva a un pequeño dibujo sobre un boleto de tren europeo: Turín, París, etc. Entrar al espacio amarillo y anaranjado brillantes de la instalación es un misterio que atrae como un acertijo que alude a un acentuado sentido de posibilidad en medio del caos.
Además de estos objetos a gran escala hay excelentes salones de videoinstalaciones de Doug Aitken, Pan Sonic y Shirin Neshat. Turbulent (1998), de éste último, es una hazaña que extiende los límites del video como medio, aparte de su instalación. Dos pantallas opuestas presentan a un hombre y luego a una mujer. El hombre se dirige a su público masculino y canta una canción, y a medida que los aplausos se van apagando, la voz de la mujer llena el salón, mientras él se voltea para escucharla. Para ella no hay una audiencia, porque no se le permite tenerla. Por supuesto, la obra de Neshat llama la atención hacia el tema de la represión femenina en todo el mundo, pero los sonidos, la luz, los contrastantes tonos de gris y los movimientos de la cámara hacen de ésta una fuerte y maravillosa declaración. Exhibida como project room el año pasado en ARCO, en Madrid, Turbulent ganó un premio. La obra también fue presentada simultáneamente en Minneapolis, Londres y Nueva York el otoño pasado.

Wing Young Huie, quien reside en Minneapolis, convierte este asunto global en algo local, y es el ingrediente esencial que hace de esta exposición un éxito rotundo. Sus fotografías a gran escala muestran el mundo que rodea el Walker Art Center y, aunque la estructura internacional de Unfinished History es evidente, los retratos de Wing explican parcialmente por qué todas estas obras hablan juntas con tanta fluidez. Sus fotografías muestran la increíble diversidad de una ciudad pequeña como Minneapolis, en donde nativos africanos, asiáticos y euroamericanos son el pueblo. Ciudad de México, Milán, Kinshasa: artistas contemporáneos que, aunque responden ante todo a asuntos y temas de una inmediatez determinada individualmente, se ocupan de muchos aspectos similares alrededor del mundo.
Sin embargo, lo que la mayoría de la gente ha dado en llamar exposiciones "internacionales" de arte hace alusión a cierto grado de condescendientes sandeces. Imagínense un museo haciendo una exposición titulada Francia: 5000 años. Eso no está sucediendo; pero si en el título aparece China o la extravagantemente ridícula mención de la contribución artística de un continente en un lapso de 5.000 años —África, Suramérica— , entonces la gente la consideraría como una proposición que vale la pena, por absurdos que sean tales sentimientos. Aunque estos detalles se relacionan directamente con grandes instituciones específicas que han existido por muchos años (la exposición del Guggenheim de objetos africanos estuvo acompañada de una exposición general de 50 años de fotografía africana), son evidencia del dilema entre la representación visual y el despliegue exótico. Cuando Unfinished History conlertuaWza obras de una variedad de artistas en igualdad de condiciones, exposiciones como China:5.000 años amplian viejos estereotipos de pueblos no occidentales como intuitivos y desconocedores de su producción más allá de su propio sistema de valores culturales. Aparte del valor estético, algunos artistas contemporáneos están más propensos que otros a ser blanco de tales pensamientos, especialmente cuando, en el pasado, la representación internacional ha sido limitada, si no inexistente. Por ejemplo, la obra de un excelente artista como Kcho encaja fácilmente en un estereotipo occidental de lo que un artista cubano crea: esculturas de botes de madera apilados que representan (¿qué más podrían representar?) la huida de Cuba, lejos de la desagradable historia de comunismo y embargos de los Estados Unidos. Las sombrías imágenes proyectadas de William Kentridge del apartheid en Sudáfrica a través de los ojos de un privilegiado hombre blanco han cosechado mucha popularidad internacional, al igual que los autorretratos de Mariko Morí, de cariñosas y sumisas mujeres japonesas. Asimismo, los performances de mujeres desnudas en vivo de la artista italiana Vanessa Beecroft han sido elogiados por la crítica aunque parecen actuar como artificios de moda y nada más. Entonces, mientras el mundo del arte muestra más diversidad, ¿cuándo está simplemente comodificando la cultura?
En su ensayo para el catálogo, Bonami plantea este punto con una mordaz e hipotética pregunta con relación al estado actual de la investigación curatorial. Inspirado en el título de la autobiografía de 1978 del corresponsal extranjero Edward Behr, "¿Alguien aquí ha sido violado y habla inglés?, pregunta: ¿Alguien aquí ha sido violado y sabe algo del minimalismo?"
En otras palabras, "cuénteme su historia de dolor, cuénteme cómo lo oprimí, pero dígamelo en mis propias palabras, de modo que pueda entenderle sin temor". El Otrorizado Otro. Y no lo planteó a partir de la idea tradicional amo-sirviente, sino en la muy existencial creencia de la moral humanitaria universal. El capitalismo genera opresión, y todos podemos escoger el camino a seguir. La naturaleza crítica de la pregunta es notable por su honestidad y es un halago para la experiencia de la exposición.
FRANKLIN SIRMANS

