Exposición Individualabr 1999 - jun 1999· Por Erena Hernández

Raúl Corral Varela

Fototeca de Cuba

Por haber recibido el Premio Nacional de Artes Plásticas en 1997, la Fototeca organizó en octubre-noviembre una retrospectiva de Corral, y la Editorial Aurora, de Italia, le imprimió un catálogo, un magnífico libro que recoge su amplia y hermosa producción fotográfica, y que fue presentado en La Habana por esos días.

Las imágenes de Corral pusieron en mi mente lo que entendí era una demostración de algo sobre lo que he especulado (también mentalmente) y que tiene que ver con lo siguiente: en fotos suyas como Beautyrest, Wash and wear, Blue jeans y otras de estas serie, se conjugan la denuncia social sobre la pobreza de antes de la revolución (la de ahora), y la denuncia acerca de la vertiginosa norteamericanización de la vida cubana en los años cuarenta y cincuenta; pero Corral lo hace 1. desde la síntesis; 2. desde el humor y la ironía, y 3. desde el respeto a su semejante pobre.

Exposición Individual: Raúl Corral Varela — imagen 1
Raúl Corral Varela. Caballería, 1960. Fotografía en gelatina de plata. 30 x 40 cm.

Esos tres elementos marcan una diferencia. Mi especulación se ha basado en que existe mucha fotografía latinoamericana (no siempre hecha por latinos) que carece de esos acentos en los que Corral es un maestro. Y, aun la hecha desde la buena fe, no puede salirse de la mirada paternalista (por lo tanto, siempre desde arriba). En sentido general, en la fotografía latinoamericana el pobre (léase, mayoritariamente, indios) es objeto, por muy esteticista o por más artística que sea la foto (ya que, se sabe, existe una diferencia entre ambos términos). Quizá tiene que ver con un problema de clase. Los fotógrafos suelen ser gente acomodada (hay que tener dinero para hacer arte desde la fotografía y hacer carrera), y Corral, cuando retrató pobres, lo era casi tanto como ellos, y había sido casi igual de pobre antes de dedicarse a fotógrafo, lo que le valió hacerse experto en apreciar imágenes de negativos (como sólo podía comprar el rollo, tirarlo pero no imprimirlo, colocaba el negativo en un tubo de la lámpara de su cuarto y lo veía ampliado en un tamaño que le-permitía disfrutar la imagen).

Así, con sólo retratar dos niños desnudos dormidos en una hamaca, la espalda con camisa agujereada de un hombre, y la parte de unos pantalones, usó el método de dar el todo por la parte, y el crítico Alejandro G. Alonso habló de la sinécdoque como propósito artístico reiterado en su trabajo.

Cuando la revolución tomó el poder en 1959, Corral, que era militante comunista desde los trece años, tuvo la oportunidad de pasar a la historia de la fotografía cubana con imágenes devenidas clásicas: La caballería, La boda del miliciano, El sueño, Al Turquino con Fidel, Declaración de La Habana, Girón. todos los años sesenta, el momento romántico de un proyecto social de nuevo tipo, cuando la ilusión y la fe hacían olvidar las dificultades y se miraba sólo hacia el futuro luminoso ("¿Volverán las oscuras golondrinas...?")

De los ochenta, precisamente otra década reconocida por muchos como de las mejores, sobre todo en el terreno artístico, son las fotos dedicadas a la escuela, al campo, método cubano sui géneris de enseñanza (ahora cuestionado), donde se combina el estudio con las labores agrícolas, recurso pedagógico que aspira a sembrar el sentido de responsabilidad ante el trabajo en los adolescentes. De esa etapa son además sus imágenes sobre Nicaragua y su época de esperanza en el sandinismo como alternativa para lograr justicia social.

Lo épico y lo lírico, la epopeya y lo cotidiano, lo grandioso potenciado en el detalle... pares opuestos que han sido constantes en toda la obra de Corral, donde los títulos le han servido también para aumentar sentido. Por encima de todo eso, lo mejor de Corral es que por muy dramática que sea la imagen, él siempre ha sido capaz de dejar que tras ella se perciba el optimismo.

Como Corral se hizo con la práctica, entrenó su ojo, adquirió cultura visual, aprendió solo a componer, a hacer encuadres de diseño geométrico, el sentido del ritmo, del uso de la luz para definir volúmenes y dar apariencia escultórica a sus imágenes... En ocasiones, su trabajo adquiere la "consistencia" de lo pictórico, que se percibe en la atmósfera, en la composición; en otras, el uso de imágenes contrapunteadas que parecen puestas en escena. Unas veces es la instantánea en pos de lo espontáneo, en otras es el impacto.

Aunque fue fotorreportero, nunca fue el hombre que estaba con su cámara en el lugar y el momento precisos. Detrás de cada imagen suya, además de la destreza del oficio, están la ternura y la sinceridad de quien cree firmemente en lo que hace, y eso, en esta época de escepticismos, es fundamental.

ERENA HERNÁNDEZ

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