La idea de un Parque de esculturas en Puerto Rico se materializó gracias a la iniciativa y el continuo trabajo del escultor Pablo Rubio, quien se diera cuenta temprano en esta década de que la menor de las Antillas Mayores —tan comprometida con las artes visuales y con una producción artística tan rica— estaba lista para tener un espacio dedicado a esculturas monumentales de artistas contemporáneos.
Después de haber participado en varios simposios internacionales de escultura, y específicamente después de una significativa visita al Parque de esculturas de Seúl, Corea, Rubio decide organizar un simposio de escultura en Puerto Rico, donde viajaría a la isla un grupo de escultores de fama internacional, con el propósito de participar en el simposio y con el compromiso de hacer —en un período bastante breve— una escultura monumental cada uno, fundando así el parque escultórico de Puerto Rico.
La Universidad de Puerto Rico acogió el proyecto con entusiasmo, y se decidió que el Primer simposio internacional de escultura de Puerto Rico se llevaría a cabo en 1993 en el Recinto de Río Piedras de la UPR, y que el Parque de esculturas se desarrollaría en el hermoso Jardín Botánico de la Universidad de Puerto Rico, localizado en San Juan.

Para el Primer simposio se escogieron seis escultores: el venezolano Cruz Diez, el colombiano Ted Carrasco, el español Amadeo Gabino, el cubano (residente en Puerto Rico desde 1962) Rolando López Dirube, y dos puertorriqueños, Luis Hernández Cruz y Carmen Inés Blondet.
Con la ayuda de un entusiasta grupo de estudiantes de las distintas facultades de artes visuales de Puerto Rico, estos artistas construyeron sus esculturas en menos de tres semanas, y la espléndida flora del Jardín Botánico de la Universidad de Puerto Rico tuvo que comenzar a compartir la mirada de cientos de visitantes.
La controversial Eva Hess dijo que para ella el arte era riesgo total, libertad, disciplina ("total risk, freedom, discipline"), y así podemos definir este grupo de esculturas monumentales. De pronto, Puerto Rico, con una tradición de esculturas públicas limitada, entraba magníficamente en la contemporaneidad. De pronto, se había formado un coro de voces donde el geométrico carnaval de colores de Cruz Diez armonizaba con la sobriedad de Amadeo Gabino y las acrobacias de Ted Carrasco; donde la brillante estrella Antares, de López Dirube, escuchaba complacida el paso del viento por el Bosque, de Hernández Cruz, y la Puerta, de Blondet.

En 1996 se celebró el 2do simposio internacional de esculturas de Puerto Rico. Ya en 1995, un interesante jurado (del que tuve el honor de formar parte) había seleccionado —entre muchas propuestas— los proyectos escultóricos de Jorge DuBon (México/Francia), Leopoldo Maler (Argentina/República Dominicana), Soucy de Pellerano (República Dominicana), Claudia Stern (Brasil), Eduardo Moras (Cuba/Puerto Rico) y del puertorriqueño Carlos Guzmán.
Durante las dos semanas que duró el Segundo simposio pude ver y participar en el complejo proceso de la construcción de seis esculturas monumentales muy distintas pero muy provocadoras. Impresionante por su tamaño y su magia geométrica es la obra de DuBon, Al paso del ritmo puertorriqueño (acero), un verdadero juego de ángulos y transparencias. Las cuatro sillas en acero (We, They, You, None) de Maler, con el título de La conciencia empírica, revelan cómo este maestro del performance puede combinar con enorme humor el pop más elemental con un existencialismo delirante globalizado.
El reloj de sol de Stern, Prophesia (30 x 30 x 50 cm), es una meticulosa y elegante creación donde el cobre, el aluminio y el concreto nos recuerdan el misterio de Stonehenge y la genialidad de Heráclito, y sobre todo que el tiempo no para, y que esta nave a la que llamamos cuerpo debe acercarse a la inmortalidad.
Con una sofisticada visión ecológica, De Pellerano utiliza chatarra de automóviles, a la John Chamberlain, para construir Maquinotrón aire-tierra, una atrevida pieza donde el humor y la poesía se complementan haciéndonos entender que lo que comenzó Duchamp a principios del siglo XX ha cobrado nuevas e inimaginables fuerzas.

La obra de Moras, titulada Arquiescultura (plástico y cemento), es una gigantesca ventana/caja/jaula/ que juega muy bien con la luz, el viento y los colores del Jardín Botánico. Finalmente, Cardumen para un jardín (acero corten), los nueve módulos de Guzmán —nueve delfines juguetones—, son una obra llena de movimiento y alegría, y puede ser vista como una celebración de la vida y de lo que se conoce en Puerto Rico como El jardín de esculturas.
Estas doce esculturas, excelentemente integradas a un espacio privilegiado, ponen a Puerto Rico en el mapa de los proyectos escultóricos más ingeniosos e interesantes de los países pequeños del mundo. Esperamos con gran interés un Tercer simposio internacional de esculturas, para que el Parque escultórico de Puerto Rico pueda contar muy pronto con nuevas esculturas.
MANUEL ÁLVAREZ LEZAMA
Profesor de la facultad de estudios generales en el área de humanidades de la Universidad de Puerto Rico.

